Ojos amarillos

Capítulo 6

Tornado

Por: Por Nathaly González Guevara

“Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.”
Jaime Sabines

Anteriormente había escuchado hablar  sobre lo que la depresión llegaba a provocar en algunas personas, pero jamás lo percibí tan cerca. Me creía lo suficientemente madura para soportar aquella separación, sin embargo, saber que mi ex marido ya salía con alguien, fue un golpe verdaderamente inesperado.

Los días me parecían eternos y siempre grises, me sentía cansada, con frío y sin absolutamente ganas de nada; solo deseaba dormir. La única razón para levantarme a las cuatro de la tarde era mi clase de las seis; debía bañarme a las prisas, leer mis notas y tratar de poner mi mejor cara y el mejor de mis ánimos. Camino al Liceo era cuando probaba el primer alimento del día: un café.

Las palabras de Loretta me resonaban una y mil veces en los oídos, ¿Por qué me lo tenía que decir? ¿No habría sido mejor mantenerme en la ignorancia? Bien dicen por ahí que el ser humano sufre más por lo que se imagina que por lo que realmente ocurre.

Por primera vez en su existencia, Braulio se vio en la necesidad de avisarme que ya no había comida ni agua, que su arena le resultaba tan repulsiva que ahora debía hacer sus necesidades en las macetas del corredor; un poco más y él debía recoger la correspondencia bajo la puerta e ir a pagar los servicios.

Fue en alguna de aquellas tardes cuando decidí sentarme unos instantes en el jardín del Liceo antes de volver a casa; me pareció absurdo volver a prisa solo para encerrarme a oler la caca del gato por todo el departamento. Nunca imaginé que aquel breve acto me cambiaría el resto de mis días.

Fue el joven de los ojos amarillos, quien sin saberlo entonces, me rescató de todos aquellos sentimientos, de esa tristeza, de esa apatía al aseo que últimamente me invadía; él, que se decía anarquista y ateo se convirtió en el ángel que me salvó de un inminente hundimiento a lo más profundo de aguas inexploradas y completamente desconocidas para mí.

Llevaba meses sin buscar un vestido especial ni comer nada tan rico, pero aquellas recientes salidas fueron mis primeras salidas por segunda vez. Sin pensarlo y sin planearlo nos reconocimos con tantas similitudes, gustos y afectos, pero también coincidíamos en repulsiones, obsesiones y manías.

Al principio supuse que veía en mí aquella figura materna de la que había carecido (¿complejo edípico?), o tal vez, sentía esa admiración que varios decían sentir (debo admitir que gozaba de cierta fama y reputación en el medio académico), sin embargo, conforme pasaba el tiempo confirmaba que no eran ni lo uno ni lo otro, pero me aterraba pensar en algo distinto porque era tan solo un poquito más grande que los mellizos, ¿se imaginan el escándalo? ¡Bien podría ser el compañero de juegos en línea del niño o incluso el novio de la niña! Ya me imaginaba llegando con él a recoger a mi hija al aeropuerto o en el festejo por la obtención de su grado, en donde indudablemente estaría su padre. ¿Qué pensaría? ¿Que era mi forma de vengarme por haber metido a esa mujer a mi casa? ¿Cómo lo presentaría? ¿Como mi amigo, mi asistente, mi protegido?

Todo aquello me recordó al tornado que se llevó a la pequeña Dorita lejos de Kansas, aunque al contrario de aquel desastre: a mí el tornado me había llevado directo a Ciudad Esmeralda. Todo me parecía ahora tan perfecto, pulcro, en orden y armonía. Él, desde luego, era el enigmático y poderoso Oz.

Cierta tarde, mientras caminábamos por el gran parque de la ciudad me tomó de la mano, y cual colegiala de quince años, sentí una ola de nervios, terror y sorpresa. Lo miré y me preguntó si aquello me molestaba, y pues no, honestamente no, entonces así continuamos caminando.

A partir de esa tarde y en las semanas subsecuentes mantuve un intenso debate ético –moral conmigo misma, yo no podía comportarme como una adolescente, él seguramente estaba confundido, probablemente solo quería probarse a sí mismo que podía… No lo sé. Empecé a padecer insomnio nuevamente, pero esta vez, no era de tristeza, sino de dudas.

Ahora, además de esperarme a la salida de mi clase, también se tomaba el tiempo de pasar a mi casa cada mañana para dejarme un café con leche deslactosada y una galleta con amaranto; me parecía un exceso de atención.

Intenté evadir por algunas semanas el tema del limbo emocional en el que me sentía, sin embargo, como decía mi abuela: “no hay fecha que no se llegue, ni plazo que no se cumpla.”

Una espléndida mañana de sábado quedamos para desayunar en su pequeño piso: lo recuerdo y sonrío. Cocinó huevos duros con ensalada verde, jugo de piña, café y galletitas de cajeta. Me causó gran impresión observar que el mueble que estaba destinado a clóset sólo tenía dos o tres mudas colgando y en cambio era más bien un librero enorme repleto de piso a techo.

Desayunamos escuchando el maravilloso The Second Waltz de Dmitri Shostakovich, -mi anfitrión es fanático de la cultura soviética-, hablamos como siempre, de todo un poco, del presente y el futuro, de su padre y del mío; de sus anhelos y de mis sueños aún sin realizar. De pronto, tal y como lo temí desde que me hizo la invitación, soltó la pregunta:

—¿Qué hay de nosotros?

“¿Qué hay de nosotros?” Era una pregunta difícil. Éramos dos adultos que llevaban meses saliendo y disfrutando mutuamente de la compañía del otro, caminábamos, reíamos y bobeábamos, pero indiscutiblemente esto era extraño e inusual. “¿Qué hay de nosotros?” Creo que la pregunta debía ser: “¿Qué será de nosotros?”

En un intento por resistirme a aquello que me parecía completamente descabellado (aunque en realidad me atraía) quise explicarle que lo mejor era continuar con eso que me parecía una excelente amistad, le recordé que había una diferencia de edad de poco más de dos décadas y que por supuesto, era notorio; dije “intenté” porque me salió al paso con un discurso que evidentemente había estado preparando:

—Entiendo tus prejuicios y tu educación, sé que estás asustada, pero no confundida, tu mirada me dice que también sientes algo que no es solo amistad. Yo no le tengo miedo a esto, quiero estar contigo; no me importa la edad, ni que la gente nos mire raro cuando nos tomamos la mano. No, claro que no te veo como mi madre, a ella honestamente ni siquiera la recuerdo; sí, sí creo que muchas personas te admiran en la cátedra (aunque también hay quienes no te soportan), pero hay algo más en ti. Me gustan tu risa y tu seguridad, me encanta ver tus ojos y escuchar tu voz, desearía verte cada día de mi vida cuando despierto y antes de dormir, por favor, déjame demostrarte que esto puede funcionar.

Sentí un déjà vu y él de inmediato lo advirtió, llevábamos más de dos horas sentados en un pequeño sofá de terciopelo verde, no soltaba mis manos, y al contrario, cada vez que hablaba me tomaba con más fuerza.

—No, yo no te voy a fallar. Para mí eres increíble, lo he pensado mucho y no entiendo cómo es que alguien puede perderle atención a alguien como tú. Por favor, vivamos juntos.

 ¡¿Cómo que vivamos juntos?! Yo esperaba un “seamos novios”, sí, por ridículo que parezca a los cincuenta años; pero no, él no quería a una novia, él deseaba una pareja. ¿Y yo qué quería? A mí me gustaría poder platicar con alguien más que Braulio y contarle qué tal ha ido mi día, me encantaría comer acompañada y sentir un abrazo por las noches.

Aquella mañana decidimos vivir juntos. A veces debemos lanzarnos de golpe a hacer ciertas cosas que de pensarlas un poco más podríamos arrepentirnos y perder buenas oportunidades.

Han sido meses de cambios increíbles. Lo primero y que más he temido son las explicaciones, entonces me las he ahorrado, simplemente lo presento por su nombre con todo mundo. Si intuyen la esencia de nuestra relación o no, no es ya problema nuestro, en las cenas, reuniones, conferencias y demás, se nos ve llegar e irnos juntos, con la calidez de sus cuidados y atenciones volcadas hacia mí, pero jamás nadie se ha atrevido a preguntar, salvo mi querida Loretta, quien también nos ayudó a traer las pocas pertenencias de mi huésped:

—Oye, ¿y besa rico?

—Deja tú cómo besa…

Eso es otro tema: Cuando me hace el amor, es simplemente alucinante. Por supuesto, no entraré en esos detalles porque esto no es una novela erótica, pero adoro sentir sus manos tomando mi cara y después explorando cada parte de mí, sus besos en mis hombros y la ansiedad con que me abraza. Siempre que terminamos exhaustos me susurra: “en esta ciudad, usted es como un diamantito en el abrigo de un mendigo”, aún no me aseguro de ello, pero podría jurar que es una frase de Milan Kundera. Me besa en la frente y duerme profundamente, despierta por las madrugadas, me mira un segundo, me besa una mejilla y vuelve a dormir.

He pedido un año sabático en el Liceo para poderle acompañar a realizar su estancia en la Universidad Estatal M. V. Lomonósov de Moscú, en donde ya tenemos reservado un mini piso con calefacción y los muebles necesarios incluidos, no necesitamos más.

Esta mañana estoy particularmente feliz, pues he recibido un mensaje: “Mamita: Ya sé que te vas a la tierra de los zares, ¿y sabes quién va a realizar su primer viaje intercontinental? Perdóname por todo este tiempo en silencio; ¡Por cierto! Mi hermana también va conmigo, ambos estamos muy contentos. ¡Nos vemos la próxima semana! Te quiero. ”

Antes de poder responder el mensaje me ha llegado  uno más: “¡Ah! No debes preocuparte por explicarnos nada, sabemos con quién y por qué vas, y está bien, nosotros aceptamos y respetamos tus decisiones, ahora sí, ¡Nos vemos pronto!

Publicado por Paradigma

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