Por: Nathaly González Guevara
Allá por los 90´s cuando tenía unos 12 años de edad y recorría las cinco cuadras que separaban mi hogar del de mi abuelita, no había mucho que ver: treinta y ocho casas, tres tiendas, seis árboles, un terreno con un zaguán gigante en el que yo pensaba que vivía una familia de gigantes, un pequeño taller de bicicletas, una verdulería y un recién inaugurado mini local con un rótulo que decía “Fuente de sodas” en letras esponjadas y coloridas, lo cual era verdaderamente novedoso en mi colonia.
Un día por gracia de la vida tenía en mi poder $10.00 pesos y entonces decidí pasar al localito pintado de rosa mexicano y ¡vaya sorpresa!, yo pensaba que las fuentes de sodas se caracterizaban por la venta de una amplia variedad de refrescos, pasteles, postres, etc., pero para mi desencanto sólo vendían hot dogs a $3.00 pesos, hamburguesas en $15.00, tortas de jamón en $10.00 y refrescos (tan iguales a los de cualquier tienda) en $5.00 pesos; para no quedarme con el antojo pedí un hot dog sin chile ni cebolla, nada fuera de lo común.
Por alguno de esos mismos días, al pasar a tres casas de la fuente de sodas, observé que alguien había derribado una ventana y la pared de una sala que daba hacia la calle y entonces se podía mirar al interior: se alcanzaban a observar unos libreros blancos, una luz opaca y amarilla colgando del techo y una pequeña alfombra. Pensé que quizá iban a levantar una pared nueva.
Visitaba a abuelita con regularidad, me gustaba la paz de su casa y lo tierno de su persona. En una de esas idas y venidas, observé que en la sala sin pared se encontraban varios niños más o menos de mi edad sentados en la alfombra con libros entre sus manos; cada día pasaba yo más lento para ver lo que hacían las personas de esa casa, ya se estaban tardando en poner la pared nueva y en cambio habían colocado una cortina de acero como la de la fuente de sodas.
Una tarde (bendita tarde) al pasar por la sala sin pared, una peculiar mujer de piel muy blanca, facciones marcadas y sonrisa amplia me dijo “-¡Hola! ¿Te gustaría entrar a nuestro club de lectura? -“ Por un momento no supe qué responder, pues mi mamá siempre me prohibió hablar con extraños, titubeé.
-Mira, ellos son vecinitos. Puedes venir a la hora que quieras entre las tres de la tarde y las siete de la noche, puedes leer el libro que quieras y es gratis, sólo debes venir con el permiso de tus papás.
Yo no sabía lo que era un club de lectura, en mi colonia, insisto, una fuente de sodas y ahora y Club de lectura eran simplemente sucesos inusitados.
Ni en mi casa ni en la de abuelita teníamos libros, salvo los que el gobierno nos daba en la primaria; llegué muy emocionada a contarle a mi mamá la idea de pertenecer a un Club.
Al otro día llevé conmigo a mi pequeña hermana, quien tenía entonces diez años; saludé a la bonita mujer de piel blanca que un día antes me había invitado y le pregunté que si podía llevar a un hermanito más, me dijo muy contenta que sí, que todos éramos bienvenidos. Dentro de unos días nos entregó unas fantásticas credenciales que nos identificaban como miembros del Club de lectura “El gato con botas”, así es: con credencial y toda la cosa.
A partir de ese día dividíamos el tiempo: leíamos un ratito y después corríamos a visitar a abuelita.
Los libros eran en su mayoría para niños, algunos despastados, otros con creativos dibujos y otros más con muchas páginas; nosotros nunca habíamos visto tantos libros juntos, eran quizá unos doscientos.
Supimos que nuestra anfitriona y presidenta del Club se llamaba Paty, además escuchamos que estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad, y entonces se convirtió en la primera universitaria que yo conociera, porque ni en mi familia ni en mis calles era común que hubiera universitarios, ¿Universitarias? ¡Menos! ¿Ven? Se gestaban acontecimientos importantes en mi colonia.
Una tarde, Paty nos recibió con palomitas, ¡wow! Y seguía siendo como lo dijo en un principio: gratis. Ya no sabía yo qué me gustaba más, si leer los libros o las palomitas gratis.
Seguramente Paty tenía una visión social importante sobre las necesidades de las personas de su entorno –sobre todo, de los niños-, y muy atinadamente tuvo la genial idea de abrir ese espacio, no obstante, las canchas del mercado seguían teniendo muchos más visitantes.
En una de nuestras visitas, al llegar al club vimos una cajita de cartón con algo que parecían fotografías dentro, imaginé que estaba ordenando su álbum familiar, sin embargo, de pronto Paty dijo “les regalo una”, me pareció raro que alguien regalara sus fotos, pero no me negué a elegir una; me senté con mis hermanos a revisar la caja con la duda de si era una foto para cada uno o sólo una para los tres, escogimos una.
Nos gustó la imagen del señor canoso con bigote y lentes y un cigarro en la boca, en mi casa no se fumaba y por ello nos causó mayor curiosidad. Le dije a Paty que esa nos gustaba, que si podíamos tomarla, me respondió con aquella amplia sonrisa suya que sí.
Mientras caminábamos a casa miré la parte trasera de la fotografía, en letras impresas decía:
No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
Abajo traía el nombre de Jaime Sabines, en aquel momento supuse que probablemente era alguien famoso.
Además de prestarnos sus libros, de regalarnos palomitas y postales y a veces hasta refresco, Paty también nos enseñaba a jugar ajedrez, esto era simplemente extraordinario. ¿Por qué lo hacía? ¿Ella qué ganaba? ¿Algún día nos empezaría a cobrar? ¿Por qué se vestía tan extraño y a la vez tan increíble?
En la primaria pública a la asistíamos mi hermana ganó el campeonato de ajedrez, -siendo que en casa ni siquiera teníamos uno-, pero ello fue gracias a sus clases en El gato con botas.
La aventura del Club duró varios meses; no recuerdo haber hecho amigos, sólo puedo ver imágenes borrosas de niños sentados en silencio en la alfombra, de Paty invitando siempre sonriente y entusiasta a todos los que pasaban y de mis hermanos parados frente a los libreros escogiendo el siguiente libro.
A más de treinta años de distancia, cada que recuerdo aquellas acciones les incremento el valor y mérito de Paty, de quien años después supe que era una especie de luchadora social, mujer revolucionaria para aquellos años y para éstos aún, que intentaba aportar en pro de su comunidad, generar un cambio; ella no lo sabe, porque jamás volvimos a hablar, pero varios niños (ahora adultos) le guardamos enorme gratitud por su visión y aportación.
Paty, además de palomitas, postales y refresco, nos dio también la oportunidad de conocer y explorar libros que de otra manera no habríamos tenido a nuestro alcance, al derribar aquella ventana y su pared derribó también quizá el prejuicio y nos hizo partícipes de situaciones que quizá de otro modo jamás habríamos vivido.
Gracias a esa sonriente mujer que nos hizo experimentar lo cálido de una agradable lectura por las tardes, es el amor por los libros que hoy en día profeso.
Ojalá en todas las colonias de nuestro México existieran muchas más Patys.
