Por: Isa Romero Tapia
Gael era un corredor nato, verdaderamente veloz; como una fiera.
Todas las tardes al regresar de la escuela me disponía a realizar mi tarea. Mi escritorio daba a una gran ventana. Así que, tenía toda la vista de la calle para mi solito. Miraba el pasar de los autos, el caminar de las personas, los árboles, el sol, las nubes, la lluvia y entre otras maravillas más. Pero al que esperaba realmente ansioso y un poco conmovido era a Gael. No había una sola tarde que no lo viera pasar, y claro está, siempre corriendo.
Era joven y alto, de cabello castaño y piel morena. Su altura lo hacía ver con un porte imponente, tenía un gran cuerpo flexible y fornido. Sus piernas eran largas y fuertes, se lograba apreciar la estética muscular de sus pantorrillas y muslos. También —por lo que percataba— era una gran persona. Siempre se encontraba de buen humor y saludaba a todo mundo; los buenos días, tardes y noches. No se le escapaba nadie a quien no dejara de saludar. Tenía la amabilidad de ayudar a quien lo necesitara, ya fuese a una ancianita a cruzar la calle, a una mujer embarazada a cargar su mandado, un ciclista caído, un automovilista varado y hasta la manada de perros que descansaba en una pequeña glorieta dejándole un recipiente con agua y un poco de croquetas. A quien fuese que viera que se encontraba en un problema, él simplemente dejaba de correr y se aprestaba a la ayuda.
Todo el mundo lo apreciaba y le tenían un gran respeto, pero quisiera creer que no tanto como yo lo hice.
Tuve la grata fortuna de hablar varias veces con aquel prolífico corredor. Me platicaba que todos los días se despertaba a las cinco y media de la mañana y se salía inmediatamente a correr durante hora y media. En la tarde hacía lo mismo por unos 45 minutos y antes de irse a dormir por unos 20. Era algo que realmente hacía por gusto. Yo no lograba entender cómo alguien puede correr tanto en un solo día. Le comentaba que estaba al tope de un paro cardiaco al correr durante 10 minutos. Él simplemente reía mientras me daba una pequeña palmada en la espalda. Me decía que corría tanto porque lo hacía sentir libre, lo dejaba ver y apreciar cosas que probablemente otras personas jamás se percatarían en toda su vida. ¿Cómo qué cosas? —le preguntaba—. Me respondió que todas las cosas que uno se puede encontrar al transcurso de todo el recorrido. Esas cosas que no se logran ver, las que esconden algo más que decir con el simple detalle de las mismas. Es por eso que él siempre corría por rutas distintas. Cada ruta nueva era como una vida nueva. Eso decía y su respuesta me dejaba mucho en que pensar.
Una vez le pregunté el por qué no se metía a competencias de atletismo, ya que estaba casi destinado a ello. Me respondió que era algo que ya no se le permitía ni pensar. Tenía una familia que mantener y no podía arriesgar esa estabilidad que les brindaba. Ya no vivía con ellas, con su expareja y su pequeña hijita de cuatro años y medio. Él amaba a su hija demasiado, incluso más que correr. Decía que borraría todos los kilómetros recorridos a cambio de estar más tiempo con su amada hijita… su amada Sofía. Ya no podía estar con ella porque su expareja no se lo permitía, se separaron a los primeros tres años de vida de Sofía a causa de la muerte de su segunda hija a unos cuantos meses de recién nacida. Ya no quise preguntarle más y me quedé en silencio con su respuesta. Pude ver de un momento a otro como su rostro se desvanecía por la tristeza que propagaba al contármelo. Quedamos a flote de una nube incómoda de silencio.
Se dispersó dicha nube comentándome que su sueño de toda la vida era ser un atleta Olímpico. Dedicarse por completo al atletismo, fuese la disciplina que fuese. Él simplemente quería correr para toda la vida y poder ser recordado como el maratonista olímpico John Stephen Akhwari. Su ánimo y ojos empezaban a iluminarse al narrarme la gran hazaña que este corredor había hecho en el Maratón de los Juegos Olímpicos de México 68. No había ganado el maratón, ni mucho menos había quedado en los primeros lugares; ni en los primeros 20. John Stephen Akhwari quedó en el último lugar; en el 57 —si no mal recuerdo—. Todo a causa de un golpe por uno de los tantos corredores al realizar maniobras para un cambio de posición en el kilómetro 19, ocasionándole una luxación en la rodilla derecha, pero a pesar del dolor y la grave fractura que tenía, siguió corriendo.
Decidido a no abandonar la carrera por ningún motivo hasta sobrepasar la marca de meta. Con vendas en la rodilla, interrumpiendo su carrera a cada rato por el dolor y la frialdad de la noche: fue que logró terminar en 3:25:17 horas. Me decía que este tipo de corredores era lo que lo inspiraban a seguir corriendo, a seguir adelante a pesar de todas las complicaciones que conlleva cualquier situación. Para él, la vida no era un Jesse Owens o un Abebe Bikila, ni un Usain Bolt o una Caster Semenya, más bien, la vida era más como un John Stephen Akhwari. Tratar de seguir adelante a pesar de todo.
Simplemente vivía como un soñador que no puede dormir, estaba obsesionado por el atletismo; lo amaba tanto que cualquier persona podía darse cuenta de ello, pero varias decisiones mal tomadas a lo largo de sus 27 años de vida no lo dejaron perseguir dicho sueño. Ahora —me decía—, tengo que trabajar desde las siete y media de la mañana en el mercado cargando costales para un restaurante de comida china, salir de ahí y dirigirse inmediatamente a ayudarle a Don Paisa con su puesto de tacos. Dejándome prácticamente el tiempo suficiente para seguir corriendo con mi rutina de todos los días.
Cada nuevo amanecer que pasaba significaba que era menor la esperanza para dedicarse al atletismo. Pero todos esos pensamientos se iban al olvido cuando veía a su hijita todos los sábados de cada 15 días. Así que, —decía— no me va tan mal.
Esa fue la última vez que hablé con Gael, no hace más de un mes. Me remite el más sincero pésame al recordar a tan buena persona, porque ahora está muerto. Lo único que se supo del hecho fue que lo mataron en una de sus tantas salidas nocturnas. Había llegado de trabajar, se cambió de ropa, se puso sus tenis para correr y se dispuso a ello. Le dispararon seis veces por la espalda, quedando tendido boca abajo. Murió antes de que llegara cualquier tipo de ayuda. Nadie sabía por qué lo habían matado, toda la comunidad quedó atónita con la impactante noticia.
Conforme pasaba el tiempo los rumores empezaban a merodear. Se decía que estaba metido en un grupo delictivo y ya andaba en “muy” malos pasos, otros decían que era una toma de cuentas por una falta de pago por mucho dinero, al igual que simplemente se había tratado de un asalto. Pero todos y nadie tenían razón porque nunca se supo la verdad tras su muerte. La expareja —que posteriormente nos enteramos de que se llamaba Alma— de Gael, fue quien se encargó del entierro, muchos se ofrecieron en aportar dinero y ayuda, pero toda propuesta fue rechazada. Se dijo que su entierro fue sencillo, solo había estado presente Alma y unos cuantos familiares de ella. Lo que se llegó a una conclusión de que Gael no tenía más familiares. Al parecer solo había tenido a su padre, pero había muerto cuando él tenía 16 años.
No se supo más de Gael, de Alma y de su hijita Sofía. Sencillamente porque ya no se hablaba más de ello. Pero seguía estando en cada uno de nosotros. Pasaron los años y la muerte de Gael se fue olvidando junto con el tiempo.
Por largas noches pensaba en lo que Gael me había dicho; que le gustaba correr porque le hacía ver cosas, darse cuenta de lo que no se puede ver. Creo que he descubierto el mensaje de sus palabras: cuando miras el destello del sol a través de los árboles, la brisa en la cara de ese aire fresco mientras vas corriendo, el rose de la hojas y plantas sobre las yemas de los dedos, el silencio a tu alrededor cuando se está amaneciendo o anocheciendo, el sonido de tus pasos haciendo música con el latido del corazón. Y esa quemazón de dolor en las pantorrillas hasta adormecerlas para al final… dejar una grata satisfacción. Eso sentía Gael: la felicidad más pura e inocente que un corredor puede tener.
La comunidad creció tanto que ya no había rostros conocidos; a la gente le empezaba a salir cabello gris y arrugas en la piel. Yo terminé migrando de ciudad en ciudad a causa de mi trabajo. Me casé, tuve dos hijos y sin darme cuenta, mi divina juventud ya había terminado hace mucho tiempo.
Les narraba la historia de Gael a mis hijos, lo hacía con frecuencia antes de dormir. Ellos, al igual que yo, también se entusiasmaban. Siempre trataban de imitar los hábitos de Gael, pero fracasaban al trascurso de dos semanas. No podían con tanto rendimiento. Pero lo que no sabían es de que se trataba de un proceso de muchos años. Que si tenían la perseverancia necesaria; algún día lograrían asemejar las rutinas y hábitos de Gael. Les conté por muchos años esta historia que crecieron con ella. Y como es el ciclo de la vida, ellos también crecieron, se casaron, trabajaron y tuvieron hijos, y les contaron esta historia a sus hijos, y posteriormente a los hijos de sus hijos, y esos nietos a sus hijos. Hasta la siguiente generación se quedó con la idea de que yo era Gael y tenía la oportunidad de competir en los juegos olímpicos, pero me habían amputado una pierna. La historia se fue modificando conforme pasaban los años hasta que finalmente se perdió la costumbre. La historia se olvidó y no se contó más, al igual que al mismo Gael. Enterrado para siempre y dejándolo morir en silencio.
Que se pensaría el día de hoy todo lo que tuvieron que pasar las dos mujeres que acompañaron a Gael hasta sus últimos pensamientos: Alma y Sofia. Alma trato de seguir con su vida normal y rutinaria, pero dejando para siempre las visitas de Gael todos los sábados de cada 15 días. Alma solo vivió hasta los 36 años. Un tumor en su seno derecho fue la causa de su muerte. Pero la mayor de todas las desgracias fue para la mujer que más amo Gael… su amada Sofia. Cuando murió Alma, Sofia estaba por cumplir 15 años, no hubo fiesta ni dinero, pero no le interesaba en lo absoluto, solo quería estar junto a su madre todos los días en esa dura y fría cama de hospital. Alma murió y Sofia quedo al cuidado de su tía (hermana mayor de Alma), estaba consumida por una insoportable tristeza, como si fuese de otro mundo que ni ella misma se podía explicar. Su carácter y ánimos cambiaron de por vida. No logro terminar su carrera universitaria de veterinaria, ni de enfermería ni odontología. Los pleitos con su tía se hacían más habituales y exagerados. Hasta que una inesperada decisión la libero de toda esa vida que ella nunca quiso pertenecer. Conoció lugares, personas, noches, sentimientos y placeres junto a su novio y la “negra” (una bella y rugiente Harley Fat boy 1991). Vivian el sueño de la aventura, sin miedo y con el tiempo jugando de su lado al ser dos almas jóvenes esperando, sin temor, su futuro incierto y esperanzador que todo el mundo alguna vez piensa sin profundizar demasiado. Se caso, pero a los dos años se divorció por los maltratos y golpes que recibía por parte de su esposo. Nunca tuvo de nuevo el interés de enamorarse, no tuvo hijos a quien amar y nadie a quien la amara tanto como su padre alguna vez lo hizo.
Termino sus últimos días tirada. Durmiendo para siempre en las afueras de una estación del metro. Al no tener a ninguna otra persona, dedico sus pasiones a los excesos del alcoholismo y antidepresivos. Pero el tiempo y dios se las cobraría muy caro, porque ellos son los únicos que no perdonan. Caminaba y caminaba en las húmedas y solitarias calles de la ciudad de México, descalza y con los cabellos enmarañados preguntaba a cualquier extraño que se topara enfrente las siguientes preguntas: ¿Dónde está Javier? ¿Dónde está mi papá? ¿Dónde está mi mamá? ¿Dónde está mi casa? ¿Dónde está mi tía? ¿Estoy muerta? ¿Así se siente la muerte? Si estoy muerta, ¿Dónde está dios? Murió así, en el frio, sin razón, en la locura de sus excesos… abandonada… No tuvo pensamientos ni recuerdos. Los últimos suspiros de su vida fueron para aguantar el frio insoportable de todo su cuerpo mientras se abrazaba a sí misma y sollozaba en silencio… cerro sus ojos y nunca más se volvieron a abrir. Ella tenía 63 años.
