Princesa

Por: Itzel Escalona

Pocos saben lo que es tener una persona como Rebeca en su vida, una niña rebosante de alegría, capaz de hacerse intima amiga de las plantas y las piedras del patio de su casa, incluso me atrevería a apostar todo el dinero que hay en mi bolsillo a que le arrancaba carcajadas a cada uno de sus compañeros con sus historias y anécdotas que contaba durante el recreo. Pero dentro de su mente, entre todas las canciones que se había aprendido de memoria de sus artistas favoritos, las tablas de multiplicar que su madre la había obligado a repetirlas una y otra vez hasta el cansancio, y la maqueta del sistema solar que debía llevar la próxima semana a clase; se encontraba un pequeño ser, un monstruo que ni siquiera ella misma conocía, pero que comenzaría a alimentarse de cada comentario o burla que recibiría sobre su cuerpo.

Sonó el despertador. Cinco minutos más, aún hay tiempo. Rebe se levantó repentinamente por el portazo que dio su madre al salir de la habitación, y en menos tiempo de lo que dura un pestañeo se puso el uniforme. Ropa, era solo eso, un trozo de tela de un color horrendo que debía llevar cada lunes para hacer honores a la bandera. Tomó un vaso de su leche con chocolate que le había preparado su mami, y fue a alistar su mochila y su lonchera cuando un suspiro que denotaba sorpresa la interrumpieron de sus actividades, era su madre. ¿Qué no había hecho? La tarea la había terminado anoche, había boleado sus zapatos, había devorado su desayuno

¿Qué había molestado a su madre esta vez? Ay no, tal vez había encontrado la hoja que arrancó de su cuaderno donde decía que no había terminado ese resumen de historia. ¡Mira nada más Rebeca, esa falda ya no te cierra! ¡Pero ni creas que te voy a comprar otra! Rebe no le tomó mucha importancia, seguramente su madre se había enfadado como cada vez que se les hacía tarde.

Era domingo de reunión familiar y Rebeca tenía que aprovechar esa oportunidad para usar ese pantalón que tanto le gustaba, un poco ajustado, pero desde sus ojos se le vía espectacular. “Mija, este pantalón te queda apretado. Ese es talla doce, y si sigues así la siguiente ya no es para niñas de tu edad” “Te crecieron las piernas” “Como que te ves más llenita, ¿no?” “Ya tienes mucho brazo, hay que hacer un poco de ejercicio”. Fueron las primeras palabras que salieron de la boca de sus tías al verla. Ella, apenada, solo esbozó una ligera sonrisa. Hace una semana ese ser que habitaba en su mente tenía un tamaño similar al de una gota de lluvia, pero ahora parecía una gran ola que estaba a punto de ahogarla.

“No quiero comer, mami. Voy a jugar” esas palabras fueron bautizadas como el primer pretexto para evitar la comida. Observó a las niñas que platicaban cerca del área de juegos, la mayoría con el abdomen plano y unas piernas tonificadas, no eran como las suyas. ¿Por qué su cuerpo no se parecía al de ellas si tenían la misma edad? Quizá ella era el problema.

Estos estándares de belleza atacan a todos por igual, según el National Health Service (Servicio Nacional de la Salud) el 90 por ciento de quienes tienen anorexia son mujeres, pero también puede afectar a los hombres. Este trastorno es causado probablemente por una combinación de factores biológicos y sociales, incluyendo: la presión social por estar delgado con el fin de tener atractivo, la historia familiar (genética), el tipo de personalidad y las relaciones familiares.

Las excusas para evitar el alimento se volvieron parte de su rutina en los últimos dos años. En cada comida tenía inventarse otra diferente, y no era tan difícil porque la voz de ese monstruo en su cabeza sabía escoger las palabras perfectas para persuadir a su madre. “Es que acabo de comer en la escuela” “Me tengo que quedar a ensayo de gimnasia” “Estoy muy llena” Sabía que no era correcto negarse a la comida que su mami con tanto esfuerzo había preparado, pero los halagos y las felicitaciones por su repentina delgadez la impulsaban a seguir haciéndolo. El brillo de sus ojos se esfumó lentamente como la llama de una vela ante un fuerte viento, dejando a su paso una oscuridad enigmática como la del abismo en el que estaba a punto de caer.

En su primer año de preparatoria era la envidia de todas sus compañeras, su cuerpo se convirtió en un modelo a seguir. “¿Como le haces para tener un cuerpo tan perfecto´?” “Dinos tu receta” “Que guapa te ves” eran los comentarios que recibía. Rebeca no podía ceder ante tantas tentaciones y golosinas que le ofrecían a lo largo del día, por eso se encargaba de llegar temprano a la escuela para dirigirse a la cafetería y después escabullirse entre los baños para beber hasta el último trago de esas cuatro botellas de un litro de agua que había comprado. No debía gastar tiempo en tomar un poco de aire, debía hacerlo rápido para que nadie la descubriera. Su siguiente paso era sacar su sándwich de su mochila, partirlo, quedarse con una porción y desechar el resto. Daba ligeras mordidas, tan solo para que se marcaran sus dientes en el pan porque su intención no era pasar bocado. No podía tirarlo completamente entero. Su madre tenía que saber que por lo menos lo había probado, necesitaba una evidencia.

Cristales rotos por la culpa que asechaba su alma palpitaban al borde de sus pestañas desahogando el dolor que crecía cada día en su pecho. Su conciencia no la dejaba tranquila, no debía desperdiciar los alimentos, pero más grande era su pesar cuando un trozo de comida estaba entre sus dientes.

Su madre sabía que algo no estaba bien, pero creía que tampoco era algo tan grave. Sus clavículas, su mandíbula, sus pómulos marcados prominentemente y la ausencia de su menarquía hacían evidente su desnutrición. Unos meses bastaron para que la señora de la cafetería la siguiera hasta los baños y descubriera sus hábitos de cada mañana. El director de la institución tuvo que suspenderla durante un tiempo; todas las mujeres le tenían cierta admiración y tratando de llegar a ese nivel de “perfección” habían caído en el mismo precipicio.

Había tocado fondo, pesaba treinta kilos debajo de su peso normal, por lo que su familia la llevó a un centro de rehabilitación esperando solamente un milagro. Su vida básicamente había terminado, no podía ir a ningún sitio sin estar monitoreada por su madre. Su cabello comenzó a caerse, sus uñas parecían tener moretones, sus dientes estaban decalcificados y a pesar de que estaban en pleno verano, un fuerte frío que solo ella percibía hacía temblar a su débil cuerpo.

La muerte rondaba por esos solitarios pasillos, cerca de la habitación donde diariamente una aguja traspasaba su piel tan frágil para administrarle suero, era la única alternativa para que su organismo no lo rechazara. No importa los ánimos que trataran de darle sus familiares, la aceptación de su cuerpo ya no estaba en tus manos.

La NHS declara que esta enfermedad es muy compleja y que normalmente requiere atención médica especializada (atención psicológica y psiquiátrica tanto para los familiares y el mismo paciente, además de un nutriólogo resultan ser los mejores aliados). Debido a que hay mucha ignorancia sobre este tema, las personas no saben lo grave que puede ser unas simples palabras dirigidas a un paciente en recuperación.

Habían pasado dos años desde que asistía a rehabilitación. Ella no se parecía en nada a comparación cuando había iniciado su tratamiento. Semanas antes de que por fin le dieran el alta, su grupo de apoyo realizó una actividad. Rebeca tenía que delinear el contorno de su cuerpo sobre un lienzo enorme de papel, se recostó y así lo hizo. Al levantarse del piso y mirar su silueta, notó que la suya era mucho más grande que las de sus compañeras de terapia. “¡Muchas felicidades, Rebe! Te ves mucho mejor” escuchó decir a una psicóloga. Solo ese comentario bastó para que la dismorfia se apoderara nuevamente de sus pensamientos. Sintió una gran decepción y volvió a caer.

Publicado por Paradigma

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