Por Miguel Alejandro Rivera / Textos y Contextos
Si el sexenio de el presidente Andrés Manuel López Obrador fue un sufrir para la oposición, que se prepare porque el de Claudia Sheinbaum, que se les antojaba previamente más conciliador, terminará por definir las bases de lo que la izquierda en México llama la Cuarta Transformación.
Además de las 24 gubernaturas, que en un país de 32 entidades ya es arrollador, el tema del Legislativo es el que más molesta a la derecha y, cómo no, pues el sistema que sus mismos integrantes alimentaron durante años es el que ahora los sepulta en el espectro político.
Se sabe que en las estructuras de América Latina, el presidencialismo rige de forma contundente a los Estados, de ahí fenómenos como el de Nicolás Maduro, que va por un tercer mandato, o el de Luiz Inácio Lula da Silva, que parece ser el único líder de izquierda capaz de aguantar en la espalda al progresismo de Brasil.
En México la alternancia es relativamente nueva y el giro a la izquierda aún más. López Obrador, un conocedor de la historia nacional, no traicionó las bases de la patria y renunció a ser un Porfirio Díaz 2.0, por lo que, sin problemas, logró posicionar su Plan C.
Su sucesora, Claudia Sheinbaum, gozará de una aplanadora legislativa como las que tuvieron el Partido Revolucionario Institucional y Acción Nacional durante décadas. A quienes estuvimos presentes en las Cámaras durante los sexenios de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto, nadie nos va a contar cómo ambos partidos disfrutaban de su enorme mayoría en el Congreso para aprobarle al presidente en turno todo lo que se le antojaba. ¿No a Peña Nieto le pasaron sin problemas sus más de diez reformas estructurales en materia de Educación, Energía, Telecomunicaciones y demás?
Pero ahí nadie se quejaba ni los opinadores ni los empresarios ni los editorialistas ni los jueces ni nadie a quien le conviniera esa estructura y que, por lo general, domina el espectro de la opinión pública… Qué cómodo es cuando uno mira las cosas desde arriba, cuando tiene la ventaja, cuando es el ganador.
Durante prácticamente todo el siglo XX, el PRI tuvo el control del Congreso; después, en el siglo XXI PRI y PAN se organizaron para apoyarse mutuamente y, durante todo ese tiempo, jamás les interesó que la gente comprendiera las bases de la de la división de poderes propuesta en el famoso Espíritu de las Leyes de Montesquieu. Entre menos supiera la sociedad del proceso gubernamental, para el Estado era mejor, y así todos vivíamos en un caos desastroso que bien a bien nadie entendía.
Tuvo que llegar la izquierda de la mano de Morena para que la derecha creyera prudente que los mexicanos debemos entender qué significa sobrerrepresentación, qué significa plurinominal, qué significa reforma y qué significan un sinfín de conceptos que hasta ahora tenían secuestrados.
Lo mismo pasa con el Poder Judicial: nunca antes se había hablado tanto de su estructura, su quehacer y, gracias a las reformas propuestas, del enorme costo económico que significa esa élite que permanecía más a gusto en la sombra.
Según el medio ABC, en España un juez tiene un salario mensual de entre 2 y 3 mil euros, es decir, más o menos 45 mil pesos en promedio; en México, un magistrado percibe al menos 200 mil pesos, más de lo que gana que el presidente, y eso sin contar el montón de prestaciones que tienen y a las cuales, obviamente, la mayoría de los mexicanos jamás tendrán acceso.
Por eso la caída del sistema político, económico y social que durante décadas impulsaron, les pesa tanto a los opositores; esa frustración que los mexicanos sentimos cuando en 2012 se aprobó que el salario laboral por hora pudiera ser de siete pesos, la sienten ellos con todo lo que se viene en “el segundo piso de la cuarta transformación”.
En noviembre de 2012, Andrés Manuel López Obrador presentó su libro No decir adiós a la esperanza; yo estuve ahí y escuché cuando el hoy presidente dijo, palabras más, palabras menos: “Disfrutemos el camino, aunque ganemos, seis años no van a ser suficientes, se necesitan al menos tres sexenios para lograr los cambios que necesita el país”. El sexenio que comienza en octubre, el de la primera presidenta de México, marcará la mitad del camino del proyecto de izquierda que pensó el fundador de Morena, pero, la clave será 2030, cuando ya la ultraderecha muy probablemente, se obstine en aparecer en la boleta electoral.
