Valencia, otra de las ciudades invisibles

Con mucho dolor, las tragedias humanas nos recuerdan que la literatura es un espejo claro y refulgente, un viaje al futuro y pasado al mismo tiempo: al pasado visto desde la perspectiva del lector, porque el texto en cuestión fue escrito antes; al futuro porque el autor tuvo la audacia de prospectar de forma maravillosa los eventos que habrían de caer, como un alud, sobre la humanidad.


En Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino, uno se topa a cada momento con este sentimiento arrollador, pero, en las últimas semanas, uno de sus pasajes es el que más viene a la cabeza, una, y otra y otra vez.


En el fragmento, Las ciudades continuas, el autor italiano escribe: «La ciudad de Leonia se rehace a si misma todos los días: cada mañana la población se despierta entre sábanas frescas, se lava con jabones apenas salidos de su 50 envoltorio, se pone batas flamantes, extrae del refrigerador más perfeccionado latas aún sin abrir, escuchando las últimas retahílas del último modelo de radio”.


Hasta ahí nada nuevo: consumismo, capitalismo, la necesidad de tener más y más objetos nuevos, de vanguardia, de moda, pese a que las cosas “viejas” todavía sirven. Sin embargo, cuando Calvino se muestra profético en un libro que publicó en 1972 es cuando, en el mismo pasaje, más adelante escribe: “La basura de Leonia poco a poco invadiría el mundo si en el desmesurado basurero no estuvieran presionando, más allá de la última cresta, basurales de otras ciudades que también rechazan lejos de sí montañas de desechos.

Tal vez el mundo entero, traspasados los con fines de Leonia, está cubierto de cráteres de basuras, cada uno, en el centro, con una metrópoli en erupción ininterrumpida”.


“Cuanto más crece la altura, más inminente es el peligro de derrumbes: basta que un envase, un viejo neumático, una botella sin su funda de paja ruede del lado de Leonia, y un alud de zapatos desparejados, calendarios de años anteriores, flores secas, sumerja la ciudad en el propio pasado que en vano trataba de rechazar, mezclado con aquel de las ciudades limítrofes finalmente limpias: un cataclismo nivelará la sórdida cadena montañosa, borrará toda traza de la metrópoli siempre vestida con ropa nueva.

Ya en las ciudades vecinas están listos los rodillos compresores para nivelar el suelo, extenderse en el nuevo territorio, agrandarse, alejar los nuevos basurales”.
Si aún no te ha evocado nada del presente el fragmento que rescatamos de Calvino, entra a Google y mira las fotografías de Valencia y cómo es que quedó la ciudad después de las inundaciones del 29 de octubre. Ya mucho se ha dicho sobre ello: las bolas de lodo que los damnificados lanzaron contra el rey y al presidente, los más de 220 fallecidos, las personas que salvaron la vida de forma increíble, pero poco se ha mencionado el enorme montón de basura del que vivimos rodeados.


Como Leonia, nuestras ciudades son una amenaza latente de desperdicios que no percibimos porque los estamos ocupando. Pienso en el cuarto de triques de mi padre, que después se convirtió en casi todo un piso porque se aferra a cosas que no quiere tirar, pero que ya no sirven.

En Valencia, tuvo que aparecer el agua para que viéramos cómo hasta lo nuevo, de un momento a otro, se vuelve desperdicio. “Cierto es que los basureros son acogidos como ángeles, y su tarea de remover los restos de la existencia de ayer se rodea de un respeto silencioso, como un rito que inspira devoción, o tal vez sólo porque una vez desechadas las cosas nadie quiere tener que pensar mas en ellas”, dice Calvino; se vienen a la mente rescatistas, voluntarios, personas que ayudaron y siguen ayudando a reconstruir la ciudad española, pero, ¿hasta cuándo seguiremos en un mundo que venera lo que potencialmente sólo es basura?

Publicado por Miguel Alejandro Rivera

Licenciado en Comunicación y Periodismo y pasante en Relaciones Internacionales por la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la Universidad Nacional Autónoma de México; maestrante en Periodismo Político por la EPCSG; autor de las novelas “Peor es nada” (Fridaura 2014), “Ella no sabía nada de Bakunin” (Fridaura 2016), “El amor no es suficiente” (Endira 2018), “Dios te salve” (Fridaura 2021), y el libro de cuentos, “Narraciones del México profundo, cuentos cortos de historias largas” (Fridaura 2019); asimismo, redactó la Constitución de la Ciudad de México para Niños, editada por la Asamblea Legislativa de la CDMX. Ha publicado en medios digitales como Homozapping, Sin Línea Mx, Rebelión.org, y fue jefe de información de A Barlovento Informa. Sus talleres de periodismo literario y creación narrativa, así como sus libros y ponencias se han presentado en distintas instituciones como la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad Autónoma de Guerrero, la Universidad Panamericana, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Coahuila, entre otras, y en eventos como la Feria Internacional del Libro del Zócalo de la CDMX 2016 y 2019, la 3era y 4ta Feria del Libro de San Juan del Río, y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018, así como en la Brigada para Leer en Libertad en diversas ciudades del país. Actualmente es columnista del diario El Día, con el espacio editorial Textos y Contexto; además es profesor de la FES Aragón y de la Universidad Iberoamericana.

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