Por: Edgar Herrera
Los ojos verdes de treinta años enmarcados por arrugas, como la confianza de
su lengua, contaban con rápida transparencia sus tragedias.
Salgo a caminar y busco a gente sin rumbo, salgo temprano, ya puedo
ver la hora con mi reloj nuevo, me lo vendio el Cocas, ¿verdad Cocas? Y
mostró su muñeca con un reloj Casio clásico remendado.
“Ey”, repuso un anciano sentado en las vías.
Pero casi no lo uso… Pero si, busco gente y les pregunto cosas. Acá
nos reunimos diario a las 11 de la mañana para fumar mota y platicar
sobre la vida… ¿Sabes cuánto pueden cobrarme por sacarme esta
muela?, es que me duele desde hace un chingo y quiero sacarmela,
quizá por allá en dónde tú estudias habrá dentistas, a lo mejor la sacan
por veinte pesos, eh escuchado que son muchachos que practican con
la gente, no le hace.”
Su alma resignada contrastaba con el entusiasmo de sus anécdotas, que dicho
a ser de paso, no eran pocas; el ataque que sufrió por un pitbull que mordió su
rostro, una borrachera de tres días, la organización de la próxima fiesta de San
Judas Tadeo de la que se iba a hacer cargo, hasta compartir el hallazgo de su
lugar preferido; un espacio hundido en el piso de pavimento cerca del tiradero,
un lugar vigilado por arañas y culebras en la soledad de la noche. Lo especial
de este sitio humedo: “la tira le saca a entrar.” Eso calma su paranoia cada que
consume piedra.
