
Querido Rey:
Te escribo desde el mismo infierno tropical que describiste en tus libros. No sé si esta carta te llegará, pero necesito hablarte, aunque sea a través del humo de los manuscritos quemados y los susurros de los espectros que hoy nos habitan.
Tus palabras me persiguen. Cada vez que escribo «mierda» en una página, recuerdo cómo te acusaron de lo mismo. Yo también prefiero vomitar sangre antes que tragarme el silencio, pero a veces el miedo me corroe, Reinaldo. ¿Cómo hiciste para no romperte? ¿Cómo lograste seguir escribiendo mientras te arrancaban pedazo a pedazo?
Aquí, en esta isla que tanto amaste y odiaste, todavía hay escritores que escriben con las tripas. Pocos, pero hay. Pero rara vez nos encierran: ahora nos borran. Nos convierten en polvo tóxico que nadie quiere respirar. Hoy, como a ti, nos dicen que nuestra literatura «no encaja», «no conviene». Y las editoriales nos dan excusas ingenuas para rechazar nuestros libros. Sin embargo, sigo aquí, garabateando viejos cuadernos, soñando con trascender de algún modo, metiendo ron barato y maldiciendo a los mismos fantasmas de siempre.
Me pregunto si todavía te ríes de ellos. Si miras desde allá arriba —o desde abajo, quién sabe dónde coño estás— cómo repiten los mismos errores, cómo desprecian a los que llevamos el realismo más crudo tatuado en la piel. A veces, en las noches, creo escuchar tu voz entre las sombras: «No les des el gusto de callar, muchacho. Escribe como si cada línea fuera un golpe mortal».
Pero hoy no tengo fuerzas, Reinaldo. Solo tengo esta rabia que no me cabe en el pecho y estas literatura de mierda que nadie quiere publicar. Me dijeron que mi realismo roza lo porno, que no es Alta Literatura. Juro que siento como si me echaran junto a mis libros a una hoguera de «literatura no válida». Incluso en mis sueños percibo el olor a papel chamuscado.
Tal vez por eso esta carta no tendrá final. Porque tú y yo sabemos que aquí ninguna historia termina: solo se interrumpe y se vuelve a repetir. Así que seguiré escribiéndote entre líneas, en los márgenes de las páginas de los libros y en las paredes de los baños públicos, ahí donde los poetas esconden sus mejores versos.
Y si alguien encuentra estas palabras, que sepan que fuimos dos locos hablando desde el borde del abismo; tú desde tu cima inalcanzable y yo desde mi rincón provinciano de mierda.
