El ritual de los domingos

Por Marcos P. López

            Parecía ser un domingo cualquiera. Común como muchos otros en la vida. 

Esa mañana, mi abuelo materno nos mandó, como solía hacerlo casi cada domingo, a comprar pulque a una casa donde lo vendía los fines de semana. Nos llevaba varias calles para llegar a ella. En el trayecto nos divertíamos tocando timbres y echando a correr o pateando botellas de plástico. Esos días la cubeta que mi abuela usaba para ir por leche a la Conasupo toda la semana, cumplía otra función, que era la de llenarse de pulque. De regreso, pasábamos a la tienda a comprar un Jarrito rojo o una Lulú para curarlo. Por lo regular, íbamos dos o tres nietos para turnarnos a cargar la pesada cubeta y el refresco.

Una vez en manos de mi abuelo, después de beber varios vasos, vertía en ella el refresco, obteniendo así un delicioso y espeso líquido rosado; nos invitaba un vaso y nos regalaba un peso a cada uno por haber cumplido con tan placentera labor para él. 

Después de algunas horas, cuando se acababa el pulque, nos mandaba varias veces a la tienda a comprar caguamas: «Pero díganle al de la tienda que las quiero como nalgas de muerto, que él ya sabe cómo me gustan». Yo no entendía a qué se refería con eso, y cuando se lo decía al señor de la tienda, él sólo reía y decía: «Ah, que don José». Fue hasta muchos años después que comprendí lo que quería decir con esa frase, y al igual que al señor de la tienda, me dio mucha risa. Hasta la fecha, cada vez que tengo una caguama en mano, la recuerdo.

Todo  transcurría con la normalidad de un típico domingo familiar, con la casa llena de hijas, yernos, nueras, hijos y nietos, hasta que después de las cervezas pidió compraran carnitas para la comida y destapó una botella de tequila que al parecer tenía escondida y mi abuelita Carmen no sabía de su existencia: «Ay, José, pero si todo eso te hace daño», dijo mi abuela, “de dónde sacaste esa botella y, ¿carnitas?, cómo crees que carnitas”. 

Mi abuelo, fiel a su manera de decir mucho con los ojos, sólo la miró y le sonrió como pidiendo comprensión y complicidad. A mi abuela, también fiel a su abnegada educación y costumbres de rancho, no le quedó más que aceptar, nadie mejor que ella sabía que a José no se le podía contrariar. Y afligida, se sentó a pedalear su vieja máquina de coser. 

Mi abuelo era un tipo rudo, hermano de un par de matones  de su rancho en Guanajuato. Sus palabras eran órdenes, nadie respingaba porque era peor. Aparte de la reprimenda verbal, sacaba la máquina mecánica de cortar cabello y dejaba pelón al más respondón. Pero también tenía su lado tierno, por así decirlo y, una caricia, era un pellizco doloroso que él disimulaba ser de un mosquito. Quizá no sabía cómo acercarse o mostrar cariño, pero lo intentaba. 

Al poco rato, para sorpresa de todos, el tío Juan llegó con las carnitas, las tías, incluyendo a mi mamá y abuela, lo miraron con desaprobación y le cuestionaron que con qué dinero las había comprado, a lo que el tío simplemente contestó: «Disfruten, hombre, disfruten y ya». Le  gustaba ver contento a su viejo, algo que poco sucedía y no quería desaprovechar la ocasión, últimamente se la pasaba enojado, triste y gritoneando a todo mundo, además de que a él igualmente le encantaba la fiesta y con el viejo de buen ánimo, podía aprovechar para echarse unos tragos también. 

Mi abuelo llamó a la mesa y, aunque de a poco, todos alcanzamos uno o dos tacos de deliciosas carnitas. Para completar, entre las tías y tíos se cooperaron para comprar chicharrón, jitomate, cebolla, cilantro, aguacate, y se armó el taco placero. 

Toda la familia se veía contenta, sobre todo mi abuelo, quien en medio de la comida, comentó: «Cómo me gustaría escuchar unos norteños ahorita como en las fiestas de antaño». Mi papá, quien también llevaba varias cervezas y tequilas, pidió a mi tío Juan lo acompañara a la esquina del mariachi por unos, mi tío pretextando que él ya había ido por las carnitas no quiso ir y lo acompañó mi tío el Flaco. «Pero con qué dinero Marcos», preguntó enojada mi mamá, «que yo sepa no tenemos ni pa’ la semana». Mi papá, ya entonado por el alcohol, sólo atinó a decir: «Yo sé lo que hago vieja, además, es tu papá, hay que darle gusto al gusto, la vida pronto se acaba», y salió acompañado de mi tío el Flaco por los norteños. Ya después le aclaró a mi mamá que los norteños eran clientes suyos, que les pagó una parte y la otra se las pagaría con chambas. 

Cuando llegaron los norteños todo fue fiesta y ya nadie tuvo caras largas. Todos bailaron y cantaron, hasta mi mamá se echó unos caballitos de un tequila que seguía saliendo quien sabe de dónde. Lo más bonito fue cuando los abuelos bailaron Caminos de Guanajuato, su canción, porque los dos son de allá y extrañaban su tierra, mi abuelita al principio no quería, porque decía que no estaba bien que José estuviera tomando. Pero como al abuelo no se le contradecía, terminó cediendo. Tampoco pudo negarse a la petición de toda la familia de que lo hiciera. Los pies hinchados de mi abuelo apenas si lo sostenían, pero aunque ellos no respondieran, era su corazón el que bailaba y  cantaba a su viejita, compañera de tantos años y dificultades. Mi abuelo la miraba de tal manera que sólo mi abuelita sabía lo que le estaba diciendo. Ese día su mirada era especial, tan especial, que al término de la canción lo abrazó con la misma fuerza que aquella noche cuando aferrada al dorso de José, cruzaban a caballo las milpas de maíz y trigo huyendo hacía un futuro incierto en nombre del amor; y soltó el llanto. 

Después de un par de canciones, los norteños callaron. Por más esfuerzo de todos, ya enfiestados, no hubo para más. Pusieron música en la vieja consola, pero no fue lo mismo.

La tarde noche cayó irremediablemente. Por más feliz y agradable que sea un domingo, siempre llega el lunes. Como la tormenta después de la calma. Nosotros vivíamos en Nezahualodo, era septiembre y aún había lluvias, había que llegar a casa y rogar que no estuviera inundada. Las láminas de asbesto estaban viejas y agujereadas. Sobrevivíamos de arrimados en dos cuartos en casa de los abuelos paternos, decía mi mamá cuando se enojaba.

Antes de partir, mi abuelo ya bastante borracho, me llamó y me preguntó si me gustaba mi nombre, si sabía quién me lo había puesto y qué significaba. Le contesté que no mucho porque en la escuela me hacían burla; que seguro mis papás me lo habían puesto, que quién más y que no sabía si tenía algún significado, que ni siquiera lo había escuchado en otro niño. Me abrazó y al oído me dijo que él me lo había puesto, que era un nombre especial por eso ningún otro niño lo tiene, que me sintiera orgulloso de él, que no era un nombre cualquiera como Pedro o Javier, que significaba agua miel que fermenta, o sea pulque, como el pulque que tanto le gusta. Que yo le caía bien por cabroncito y por eso me lo había puesto. 

Despedirnos después de un fin de semana fantástico era doloroso y, no porque no la pasáramos bien en Neza, es sólo que en Cuaute éramos libres todo el día, todos los días, según era más seguro que Neza, pero era igual o peor. Sólo que la banda era más solidaria y alivianada. Eran pocos, pero bien locos. Uno de los líderes era el tío Juan, tal vez por eso respetaban a la familia y a los morrillos nos cuidaban. Crecimos entre drogas, peleas entre pandillas, fiestas sonideras, balazos y música del Tri. Era un pueblo que apenas se estaba urbanizando. Neza era una urbe más añeja y locochona, más salvaje. A la calle no salíamos por precaución de nuestros padres, y no porque nos pasara algo, sino para que no fuéramos a acabar  como la mayoría de los vecinos, drogadictos rateros, muertos o entambados. Nuestra calle se distinguía por estar llena de carros desvalijados y oler a mota y resistol. 

El viaje de regreso cada domingo era un martirio y ese no fue la excepción. Para llegar al Ruta 100 que nos llevaba al metro Poli teníamos que caminar cinco largas cuadras con maletas cargando, cansados de jugar todo el día, casi con lágrimas en los ojos por no querer partir y por la tarea de la escuela que había que hacer llegando a casa. Al menos toda la línea cinco del metro la cruzábamos dormidos mi hermano y yo. En Pantitlán aún adormilados, hacíamos fila para subir a un  guajolotero repleto de gente que nos llevaba hacía nuestra colonia, de dónde nos bajábamos, todavía teníamos que caminar otras tres  calles igual de largas. Ese día en Caute no llovió, pero en Neza se había caído el cielo. A casa llegamos con los pies mojados y los zapatos llenos de lodo. Los cuartos estaban inundados y tuvimos que llegar a sacar el agua y limpiar el desastre. Acabamos tan cansados que ya ni la tarea hicimos. Así terminamos el día y fuimos a dormir. 

En la madrugada mi abuela María tocó la puerta y llamó a mi mamá. Al salir, la abrazó y le dijo que le hablaban por teléfono de la casa de sus papás. 

Publicado por Paradigma

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