Después de los escombros

Por Paulina Guzmán González

En el terremoto de 1985, mi papá perdió a una hermana, mis abuelos a una hija y yo crecí sin una tía. En mi imaginario, esa palabra no existe. Siempre me refiero a ella como la hermana de mi papá o por su nombre: Mariela.

A las 7:19 am del 19 de septiembre de 1985 las vidas de mi familia quedarían cuarteadas para siempre; la mía, que aún no existía, incluida. El crujir de los edificios, el aullido de las personas, el estruendo de la devastación fue suplido por un silencio que 39 años después sigue sin ser rellenado. Mi papá apenas me contó que no recuerda quién hizo la mudanza del cuarto de su hermana 6 meses después de lo acontecido; mi papá apenas hace 3 meses nos llevó a conocer su tumba.

Entramos a una oficina y mi papá pide informes. No recuerda nada. Dice que ha venido un par de veces, pero que necesita indicaciones para llegar. En el mostrador hay un señor que abre cajones y da clicks en su computadora. De vez en cuando, desde las oficinas que están en la parte de atrás, le gritan para preguntarle algo que sólo él sabe cómo responder. Sus movimientos revelan que ha estado allí toda su vida.

Dejamos que mi papá se acerque a la recepción. Mi mamá, de inmediato, se erige a su lado. Mientras, mi hermano y yo nos sentamos en un sillón café de piel parchado, como si de nuevo fuéramos dos niños pequeños que no pueden hacer nada más que esperar a que sus papás les indiquen qué viene después.

—Mariela Guzmán Ortiz —dice mi papá casi espirando, como si, con cuidado, desempolvara un nombre que él mismo se prohibió pronunciar.

—¿Rosa Mariela?

Su primer nombre me toma por sorpresa y la circularidad con la que los ojos de mi papá regresan a nosotros me indica que a él también.

—No sabía que se llamaba Rosa.

El señor le dicta una letra y un número. Debe leer la confusión en nuestros rostros porque nos señala en un mapa dónde estamos y a dónde tenemos que ir. Mi hermano le toma una fotografía para no perdernos. Mi papá decide fragmentar el tiempo para asegurar unos momentos más alejado de aquello que no quiere visitar. Pregunta si es posible exhumar el cuerpo. Le responden que sí, pero que debe pagar primero un adeudo de 8 años. Pregunta quién es el dueño de la tumba y quién ha pagado el mantenimiento antes. No sabe nada. Después pregunta por mi bisabuela —cuyo cuerpo se encuentra en ese mismo sitio—. Le dan otra letra y otro número. Pregunta sobre la exhumación. El señor repite la misma letanía, casi de memoria y con las mismas palabras que usó la primera vez.

Salimos e inmediatamente mi mano se entrelaza con la de mi hermano. Es como si esa adherencia evitara nuestro desplome. Caminamos sobre piedras agrietadas, cadáveres y hojas amarillas que se fracturan con cada una de nuestras pisadas. Encontramos el número y la letra que nos indicó el señor de la entrada. Apenas son visibles entre los escombros de piedras cuarteadas y filosas, que salen del suelo y se enredan con hojas secas.

—No puede ser que esté así. Si fuera yo, en lugar de ella, ella no lo tendría así —dice mi papá con su tono de siempre: grave y sereno.

La visita es tan breve que no estoy segura de haber hablado con ella. Creo que comienzo a decirle algo: que me habría gustado conocerla, que quisiera extrañarla, pero que en lugar de eso anhelo que siguiera aquí porque tal vez así mi papá podría repartir sus preocupaciones.

—¿Rezamos? —interrumpe mi papá, como si sólo él pudiera hablar con ella.

Dios te salve, María,

llena eres de gracia;

el Señor es contigo.

Bendita Tú eres

entre todas las mujeres,

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,

ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

Terminamos y el tiempo se comprime. Mi papá es quien marca el ritmo y nos indica que es momento de salir. Nuestros pasos son rápidos, como si tuviéramos miedo de que algún cadáver pudiera perseguirnos. Mi papá marca el ritmo y sólo quiere salir de ahí. Buscamos cómo sostenerlo. Mi mamá lo abraza y llora. Yo decido que es mejor dejar que camine solo. Mi hermano, que aún me sujeta con el entrecruce de nuestros dedos, decide algo diferente. Suelta mi mano y agarra la de mi papá. En lugar de sostenerlo hay un derrumbe y, por fin, se permite algo más que la impasibilidad. Mi papá recupera las palabras que perdió hace 39 años y suple por un momento ese silencio irrellenable, exhuma su dolor, “gracias por acompañarme”.

Cada 19 de septiembre cae sobre mi familia como una piedra en nuestros pechos. Su peso jamás me ha permitido saber quién era ella. A nadie; es un secreto de familia. De eso no se habla. Hay un silencio que la entierra y su retrato me llega a pedazos. Intento hacer una reconstrucción, pero nunca lo logro porque sólo hay restos de su historia.

La conocí hace apenas unos años cuando apareció una fotografía en la sala de mis abuelos. Mi papá y ella están parados uno al lado del otro. Es una foto vieja, amarilla y arrugada. Están en un jardín muy verde. Ella, muy derechita, trae puesto un vestido plisado, unas calcetas blancas que le llegan al tobillo y unos zapatitos blancos; mi papá está parado, encorvado y juguetón, con un pantalón beige y una guayabera blanca. Mi papá me ha contado historias sobre la época en la que vivían en Culiacán, en una casa enorme, con un jardín muy verde que tenía árboles de mango y plátano. Cuando habla de Culiacán la menciona poco. Habla de su vida en singular, como si la escondiera, pero sé que cuando vivieron ahí aún eran dos cómplices, que corrían por los jardines verdes y comían mangos recién cortados.

Una noche, mientras cenamos, mi papá se atreve a hablar de Mariela. Mi mamá, mi hermano y yo nos miramos con sorpresa. Nos dice que no recuerda quién hizo la mudanza de su cuarto después de lo acontecido. Lo único que no ha olvidado es que un día sus cosas ya no estaban. No sabemos si responderle algo o si seguir callados. Optamos por la segunda opción. La voz de mi papá suena como siempre. Nada cambia y volvemos a no saber nada más de ella.

Mariela se vuelve impronunciable. En parte, porque mi boca no sabe articular aquello que está prohibido decirse. No sabe cómo moverse ni cómo emitir esos sonidos. Pero también porque temo que cada vez que lo digo el corazón de mi papá y mis abuelos se agrieta de manera irreversible, porque mientras que para mi su nombre carece de significante, para ellos se desborda hasta sofocarlos. Y entonces, como no puedo pronunciarla, la escribo porque lo que más temo es que al no nombrarla, su recuerdo, ya opaco y emborronado, desaparezca por completo.

Publicado por Paradigma

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