La mirada de Don Juan

Por Urbano M.

El día que conocí a Don Juan iba camino a la Plaza Grande para despedirme de algunos recuerdos de mi infancia que en ese momento cobraban forma de palomas al vuelo. Días atrás el gobierno anunció el inminente inicio de las obras que, de acuerdo con sus proyecciones, mejorarían la infraestructura de uno de los mayores iconos de la Ciudad Mérida.

Nos encontramos de frente, junto al puesto de revistas que está en los Portales sobre la calle 62. Al verme Don Juan sonreía con la mirada, y ésta brillaba a la luz del sol, como pequeñísimas galaxias atrapadas al interior de sus ojos. Llevaba una camisa de manga larga y pantalones de tela, ambos con bastante uso. El cabello canoso estaba alborotado. Sonreía abiertamente, por lo que puede observar que no conservaba ninguno de sus dientes. Su barba era rala, como si no se hubiera rasurado durante algunos días.

Al principio me confundió con otra persona, sin embargo, no pude más que devolverle la sonrisa. “¿Tú me tomaste fotos la otra vez?”, me preguntó como tratando de recordar mi nombre al ver que yo no hablaba. Logré espabilarme y tras una breve presentación, le aclaré que era la primera vez que lo veía. Lo que vino después pudieron ser minutos u horas de conversación. Y es que el tiempo pasa volando cuando Don Juan habla. Es un magnífico relator de historias, y todas las suyas son personales. Me contó que nació en Tizimín, yo calculo que hará cosa de unos sesenta y cinco años, quizá más. Quedó huérfano de madre a la edad de diez, creciendo al cuidado de su abuela, una mestiza maya hablante de la que me habló muy poco.

Le sobrevivió su padre, figura imperturbable que lo acompañó al principio de sus aventuras. Vendedor de oficio, se especializaba en el comercio de sandalias en Tizimín y poblaciones cercanas. “No las fabricaba, solo las vendía”, recuerda Don Juan.  Por él su padre incursiona en nuevos emprendimientos que irán desde la comercialización local de Guayaberas, pasando por expandir su negocio recorriendo el país en tren para vender de pueblo en pueblo, hasta finalmente conseguir un puesto en el «Chetumalito» de Mérida.

“Siempre he sido comerciante”, me comenta Don Juan con orgullo.

Actualmente vende tijeras, todas nuevecitas, de excelente calidad y muy buen acero. “Mira cómo cortan. Tienen buen filo”, me dijo mientras probaba a cortarse las uñas. Realmente no las llegó a cortar, por lo que creo que solo es parte del performance que todo buen vendedor debe saber interpretar.

A 45 pesitos cada una, para aquellos que estén interesados.

“Era buen estudiante, siempre se me dieron bien los números y la lectura”, me cuenta escarbando entre recuerdos      que parecen aflorar a través de su mirada. Al finalizar la secundaria, aventurero como él solo, le surgió la inquietud de estudiar agronomía en la Normal de Roque Guanajuato. Consiguió apoyo con un funcionario público de buen corazón, que le extendió una carta de recomendación y dinero para el pasaje en tren. Tras algunas peripecias logró llegar a la Normal y presentar el examen, que obviamente le pareció de lo más sencillo. Por desgracia los resultados solamente le serían enviados por correspondencia hasta después de un par de meses, así que no le quedó más remedio que dar la dirección de un paisano suyo e instalarse provisionalmente en la casa de éste, ubicada en la Ciudad de México. Mientras aguardaba impaciente la carta de la Normal.

Sin aminorar el ritmo de la historia, me contó que, durante su estadía en México, trabajó ayudando a su paisano vendiendo alfombras. “Era buena persona, pero su esposa me odiaba sólo porque le hacía plática a su hermanita. Es que la muchacha y yo ya empezábamos a ‘entendernos’” comenta con cierta picardía.

Un día la señora le armó un escándalo porque los encontró juntos, y Don Juan, que parece ser de esas personas que no se deja de nadie, agarró sus escasas pertenencias y se fue de allí para no volver. Perdió a su enamorada y la tan esperada carta.

Nunca llegó a conocer el resultado del examen.

Me quedé impactado por lo que escuchaba. Sin embargo, Don Juan no se amilana. Y es que a alguien como él le sobran historias y anécdotas, aventuras y desventuras, amores y desamores. Don Juan rebosa vida. Y la vida es como es, ni más ni menos.

Pese a todo, sí hay algo que preocupa a Don Juan. Se trata de una situación de la que se ha enterado recientemente. Va a perder su hogar.

Vive en el centro de la ciudad desde hace quince años. Actualmente reside en la calle 61 entre 60 y 62. Para mayores señas, su domicilio se encuentra en «La Banca sin número» de la conocida Plaza Central, en la Ciudad de Mérida. La mayoría la conoce como Plaza Grande, Don Juan le llama hogar. Ayer pasaron a avisarle que debía desalojar la plaza, debido a las remodelaciones que el Gobierno está por iniciar. No se queja, solo se encoje de hombros, y aunque me muestra su mejor sonrisa desdentada, sus ojos ya no logran brillar como antes.

Como optimista empedernido ya tiene una estrategia: se mudará al Parque Hidalgo. Un sitio tan bueno como cualquier otro, apto tanto para alojar puestos de bisutería como para entretener turistas y fungir como hogar provisional, siempre al amparo de la noche y de la ceguera selectiva que en Mérida cubre la vista de propios y extraños.

Las historias continuaron por un rato. Entre Roque y los últimos quince años transcurrieron muchas vidas, sin embargo, la mirada de Don Juan sigue siendo la de un joven intrépido que salió de casa en busca de sus sueños.

Al final nos despedimos. Consideré que lo apropiado era decir hasta pronto. Nos alejamos el uno del otro, por caminos tan distintos y a la vez tan parecidos. Don Juan se fue caminando por la 61 con paso cansado. Antes de perderlo de vista se detuvo un instante para recoger un cartón, casi nuevo y de excelente calidad, de una pila que algún buen samaritano había dejado junto al «Seven» de Portales.

Por mi parte, caminé con dirección a la Plaza Grande, con más peso del que traía horas antes. Quería despedirme de algunos recuerdos, que ahora tenían un sabor como a los besos tímidos del primer amor, así como grabar otros en la parte más indeleble de mi memoria. Llevaba el corazón apretadito, así como unas tijeras nuevecitas, de excelente calidad, del mejor acero y que, según lo probado recientemente, cortaban muy bien.

Me las vendió un amigo.

Al día siguiente empezaron las remodelaciones.

Fotografías: Urbano M.

Publicado por Paradigma

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