Por María Elena González
“Si mi sonrisa mostrara el fondo de mi alma
mucha gente al verme sonreír lloraría conmigo”
Kurt Cobain
Miro tu muñeca y siento lástima por ti, de esa lástima que enoja y denigra. Me irrita pensar cómo estarías hoy si no me hubiera ido. Pero el hubiera no existe. Existe la nostalgia que invade el momento y viene acompañado de la culpa, una costra rugosa y pesada que no puedo arrancar, pica. La mesera nos interrumpe con una taza de café. El aroma nos hace sonreír a las dos, soltamos un poco lo incómodo del reencuentro. Un gusano de piel, delgado y rojizo, atraviesa tu muñeca izquierda. No mueves la mano, disparas una mirada ausente por el medicamento que traes en la sangre. Conozco muy bien ese gesto: ojos a medio cerrar, un poco extraviados, una sonrisa avara, y la cabeza echada a un lado. Todo indica que serás indulgente.
Te ves igual, menos distraída. Tu ropa es sencilla, la blusa cuelga de tus hombros, languidece junto a tu cabello que no ha cambiado. Una cicatriz parte tu labio cuando hablas; como tus palabras se partían con el llanto, con esa angustia que golpeaba y escocía tu pecho. Al principio entendía, pero después de meses, tras la repetición de los eventos, no cupo en mí, más que el desespero. Te observo tranquila, flotante. Cercanas pese a los años de separación. Eso intuyo porque la plática sale ligera; se desliza despacito por los recuerdos del trabajo que hicimos juntas y el tiempo que hemos estado ausentes. Te llamé por teléfono dos semanas atrás para pedirte que me concedieras escribir tu historia. Lo hice con miedo, con la idea que me perseguía siempre, la de no encontrarte en este mundo, la de saber que tu intento de suicidio se había repetido y logrado. Pero no fue así. De inmediato dijiste que sí.
Diario me dolía la cabeza. Era un casco que me apretaba con fuerza, destrozando mi paciencia, mi salud mental. Además, hacía las veces de rebotador de palabras. Ya no quería escucharte, mi cariño por ti pesaba y, aun así, cada tarde al despedirnos el alivio festejaba tu ausencia. Tu fragilidad me enferma. Antes no sabía de tus problemas, de tu vida rota. Y hoy que lo sé todo, que trato de ayudarte a juntar los pedazos de tu historia, sé que es muy difícil pegar a una mujer que ha estado quebrada tanto tiempo.
Hago la primera pregunta. Hablas de tu infancia, del nombre que te pusieron por tu abuela, Eréndira. Del cabello corto desde los cinco años, de tus hermanos y hermanas. El más grande era un cabrón y te molestaba con frecuencia. Del mediano al que le dio meningitis y no volvió a ser el mismo. Escucho atenta. Tengo la impresión de que los recuerdos se golpean uno contra otro como las nueces al abrirlas; saltan pedazos por todos lados. De tus hermanas que hoy están lejos de ti, dices poco. Nombras mucho a Amanda, la cercana, la altiva y fuerte, la que te dio trabajo. Pausas las palabras como si quisieran tomar aire, no por olvido, sino por dolor.
Cinco años tenía, ir a la escuela era impensable, no quería estar lejos de mi mamá. Era una necesidad que me hacía sentir inquieta, me daba mucho miedo que ella enfermara, dijiste. Rascas tu muñeca, es una reacción automática, como si al hacerlo los recuerdos tomaran forma. Hablar de tu familia era regresar a esa época que arrojaba respuestas, pero que también generaba preguntas. Lloraba mucho, la nariz se me tapaba y me impedía respirar, el pecho se oprimía, mis piernas hormigueaban. Me chupaba los mechones más largos de mi cabello, por lo que decidieron cortármelo, parecía un niño. Tomas otra pausa, acercas la taza a tú rostro para que el café caliente tus facciones. Te escucho, y me doy cuenta de que eras una pequeña insegura, y que tu mamá lo era más. Tejo las palabras una por una en mi cabeza para entenderte.
Me hice cargo de mamá a los diez años, continúas. Ella padecía depresión, siempre se sintió sola. Perdió a su madre de pequeña y su papá era muy malo. Creo que por eso no trataba bien al mío, pensabas que él, sería igual. Mi madre enfermaba seguido, era un juego entre las dos para sostenernos una a la otra.
Avanzas en el tiempo, sigues una línea frágil que trazas con cuidado, para no caer en el olvido. Amanda era ladina, dices esbozando una mirada fría, le daba vuelo a la hilacha. Cuando tenía quince años se embarazó, fue la primera vez que mi papá lloró, pero mi mamá estaba muy enojada, tenía migraña, problemas gástricos, de pies, artritis reumatoides; por ahí sacaba toda su angustia. A mis diecisiete años ya la llevaba yo con el psiquiatra y le compraba sus medicamentos, mis hermanos no ayudaban, cada uno hizo su vida.
Duele escucharte. Ser tan chica y llevar una carga tan grande. Puedo entender lo que viviste a esa edad, pero no tu pasado inmediato, por el que estamos aquí sentadas. No puedo dejar de sentir en mi estómago acidez cuando hablas. Aunque trato de controlarme me doy cuenta de que verte indefensa me sigue lastimando. No hay cambio en ti después de tantos años. Comparo la imagen que en mi cabeza se forma de cuando eras niña y la que tengo enfrente y veo muchas similitudes. Los recuerdos de cuando te conocí, cuando entraste a mi
negocio y me platicaste por primera vez la historia de tu divorcio, la infidelidad que llegó a tus días, tus emociones cayendo a un abismo. Todo lo cargas en tus hombros pequeños, en la calma viscosa de tu voz. Los jugos gástricos de mi estómago suben por el esófago con rapidez, me pasa cuando el estrés avisa que llega. Respiro hondo.
¿Cuándo conociste a tu esposo? Pregunto para hilvanar tu historia. No quería casarme con él, dices enojada. Las palabras salen rápido de tu boca, como si las escupieras. El día de mi boda estaba arrepentida, pero no había nada que hacer. JJ se convirtió en mi todo. Proveedor, protector y padre de mis hijos. Trabajábamos juntos en el negocio que comenzó mi papá. Era muy estresante. Un año después del nacimiento de Roberto, empecé a tomar medicamentos. Mi existencia era como una vertiente, todo pasaba muy rápido y era agotador. Mi papá murió antes de que me casara, estoy segura de que él no me hubiera dejado hacerlo, me conocía muy bien. Me hice cargo de mi madre, ella era una mujer muy débil, su depresión no la dejaba. Me hacía cargo de ella, de mi familia, de mí misma. JJ no me ponía atención, pasaba horas en la oficina, llegaba muy tarde y me encontraba dormida. Me cansé de esperarlo y de esperar sus caricias, su comprensión, se olvidó del afecto y yo comencé a buscarlo en otro hombre. Un hombre que me ayudó a sentirme mejor, amada y relajada, al menos un tiempo; además era mi psiquiatra y eso me daba seguridad.
Cierras los ojos, frunces los labios; lo haces cuando te sientes descubierta, cuando se te corta la respiración por momentos. Es un código que me anticipa la necesidad que tienes de atención, de ser sincera, aunque incomode. No sabía de esto, hace tiempo me dijiste que JJ te había sido infiel, y hoy después de todo lo que ha sucedido, no me sorprendes con la fría verdad de que tú lo fuiste primero. Es lo que menos me importa. Siempre supe que a veces mentías. Buscabas excusas para justificar tu manera de ser, echando a otros la culpa de tus acciones. Hoy que estoy enterada de todo y a pesar de que te sé culpable, me siento más culpable yo por entenderlo a él. Pero no puedo evitar el aceptar que tuvo sus razones para abandonarte. No es fácil estar con una mujer depresiva que no quiere salir adelante y que busca pretextos para seguir dopada y no enfrentar la realidad. Esto lo sé muy bien, mucho tiempo me quemó la calma que le ponías a todo.
Conforme avanzó la amistad te prendiste de mí. Eras la punta de un alfiler que comenzó a lastimar, a meterse cada día más profundo y fuerte, desgarrabas mi vida. Te sentía en mi pecho, en mi paciencia, y no te sacaba porque tu inestabilidad me sacudía. Me volví vulnerable, me sentí una copia falsa de tu depresión.
Con mi estado de ánimo fue fácil justificar tu mundo; la casa sucia que olía a heces de gato y contenía un refrigerador vacío, un lugar seco y desvencijado, en el que las raíces de tu enfermedad comenzaban a cubrirlo todo. Hablaban de ausencia y desconsuelo. Nadie sabía lo que sucedía dentro de tu “hogar” y dentro de ti, porque el maquillaje y la ropa cubrían por un momento la tristeza. Eras una historia entre líneas, en donde te desdibujabas y tus hijos también. Y lo peor no era eso, lo peor fue que te creí, me dejé manipular. Hoy siento una frustración muy grande, cavaste un hoyo alrededor de todos para esconder la verdad, tu adicción a las pastillas, convirtiéndote en una mentirosa para conseguirlas. Las tomabas como si fueran dulces. Fluoxetina, citalopram, sertralina. Saltabas de una a otra. Tu cuerpo languidecía, caminabas dando traspiés y la tranquilidad en tu rostro era pasmosa. Ya no sonreías, mostrabas una máscara muda de emociones. Tu mundo se transformó en un gran espejo que devolvía una imagen ajena a ti. Eras la mujer que habían creado los químicos que navegaban en tu cuerpo. Tu rutina se vino para abajo, no dormías, no comías. Te colgabas de quien cayera en tu telaraña, nos metías a todos en tu cueva y nos mantenías pegados a ti porque eras cálida, bella de sentimientos, pero muy enferma. Tenerte a mi lado era extenuante, siempre pendiente de ti, de tus gestos, de tus estados de ánimo. Tomar aspirinas era mi necesidad. Empecé con dos y terminé con ocho al día. Caí en lo mismo que tú, mi cabeza enfermó. Mi mente era un disco que no paraba de girar, me preocupé más por ti que por mi familia. Llegaba a casa de mal humor, cansada y con una agitación anímica que no me daba tregua.
Tu hijo Iván, el grande, era adicto a la mariguana. Tu ansiedad aumentaba cada día y Roberto, el chico, no ayudaba. La relación entre los dos era muy tensa, más aún cuando los gritos de Roberto se estrellaban en tu rostro con fuerza, desde chico tenía muy mal carácter, era el consentido del papá. Iván según ustedes era el problemático por ser adicto, pero en varias ocasiones estuvo a tu lado cuando lo necesitabas, y Roberto no, era egoísta. Muchas veces te gritó en frente de mí, daban ganas de callarlo, de soltarle un golpe para sacarle un poco de respeto hacia su madre. Era odioso, maleducado y soberbio.
El tiempo pasaba para todos. Para mí incluida que me sentía hastiada, enferma de ti. Una realidad dura de aceptar. Tu adicción a las pastillas te transformó. Te volviste una gran manipuladora. Entendí el fastidio que provocabas en tus hijos, incluso comencé a ver a Roberto desde el ángulo de la desesperación que le causaba el ver a su madre inactiva, dopada, frágil y ausente. Sus acciones denotaban la tristeza de saberte tan mal. Roberto golpeaba, insultaba, era un machito que gritaba al mundo el dolor de ver a su familia destruida. Necesitaba cariño, sus poros lo gritaban. Mientras, Iván tenía su propia lucha, pero él era diferente. Era amoroso y preocupado por su progenitora. Y tú, decidiste venderlo todo y vivir sola. Decías que no podías continuar así, no te diste cuenta de que eras la única culpable, los alejaste de tu vida, ya son hombrecitos, pueden solos, fue tu excusa. Y la mía, que comenzaba a aborrecerte.
Me sumergí en tu rutina, pasaba por ti. Te subías al carro hecha un despojo de nervios. Tus ataques de ansiedad invadían el auto. No soltabas la tristeza y la incrustabas en tu interior, en tus pensamientos, ocasionando un ahogo inmediato. Jamás se te quitó. No tomabas decisiones y cuando surgía algún problema, no actuabas. Dependías de mi para el trabajo, para los problemas en casa, y yo dependía del amor de mi esposo y familia que se comenzaba a ver afectada por mis constantes migrañas y mal humor. Ni el hartazgo disipaba esa bruma que con constancia aparecía ante mí para justificar el apego que tenía contigo. Caminaba a ciegas, viendo al final una luz que nunca llegaba, que sólo me daba dolores de cabeza. Hoy sé que estaba enferma de ti, enferma de la necesidad de estar ayudando a los demás a costa mía, sí, enfermé y me alejé de ti.
Ya habías vendido tu casa y te fuiste a vivir con Amanda. Jamás entendí ese apego enfermizo entre tú y tu hermana, esa necesidad de estar juntas haciéndose daño, quejándose una de la otra. Amanda te convenció de construir un pequeño departamento a un lado del de ella, con el dinero de la venta de tu casa. Cuando me invitaste a verlo, no supe qué decir. Era un espacio tan reducido como siempre pensé que era el cariño entre ustedes. Apenas cabían tus gatos, tu perra y tú. No era sencillo verte, y cuando tenía la oportunidad me daba cuenta de que empeorabas. No había comida en el refrigerador, te faltaba dinero, te quejabas de tus hijos, de la vida, de tu hermana, de todo. El minidepartamento estaba limpio porque Amanda te obligaba a eso. Pero lo que no estaba limpio era la calma en tu interior y en tus pensamientos. Comenzabas a perderla, a arrepentirte de vivir ahí, en una diminuta jaula de oro. Escuchabas los reproches de tu hermana, los pleitos con su hija, pedias permiso para todo. Cada vez se hizo más largo el espacio entre una visita y otra de mi parte. Me di cuenta de las trampas que hacías a los doctores para que te dieran medicamento.
Cambiabas constantemente de psiquiatra para que te ajustaran la dosis, tomabas de dos a tres pastillas diferentes. Aquí comencé a pensar que, o los doctores le entraban a tu juego, se dejaban manipular por ti, o eran unos pendejos. No podía entender que el mundo estuviera lleno de hermosas mujeres, casadas, solteras, jóvenes, maduras; deambulando por su camino con pies de pluma y la mirada perdida, como muertos vivientes. La falta de ética de los doctores asustaba. Me daba la impresión de que era un negocio entre los psiquiatras y las grandes farmacéuticas. No se podía tener el derecho a la tristeza, al aburrimiento, al insomnio.
La depresión se convirtió en una moda. Varios la padecíamos, me incluyo porque en pandemia caí en sus brazos. Me dejé abrazar por ella. Anduve de consultorio en consultorio, conocí a varios psiquiatras que me atendían sólo diez minutos y salía con una receta en donde marcaban la toma de un antidepresivo carísimo. No me decían nada más, no me preguntaban si iba al psicólogo, no me orientaban o alentaban, sólo extendían su receta con una sonrisa sardónica y yo sentía que bullía por dentro. Hasta que di con uno que me escuchó. Me mandó el Citalopram. Una pastilla que consigues sin receta médica y te provoca que la vida te valga madre, te baja la lívido, te da sueño, dolor de cabeza y más. El mercado farmacéutico está repleto de estas y de fluoxetina, paroxetina, sertralina y otras. Tomabas esas pastillas aduciendo que tu serotonina estaba baja de nivel y las necesitabas. Eras culpable. También lo eran los psicólogos y psiquiatras que te daban la receta en la primera visita sin indagar más de tu historial. Venían algunos psiquiatras de CDMX y corrías a verlos, siempre encontrabas la manera de lograr una cita con ellos, un espacio. Sabía que estabas ya con medicamento y que una pastilla no cambiaría tu vida, tu actitud ante esta. Pero callaba, no encontré la forma de sacarte de ahí, tú le llamabas depresión, y yo comencé a entender que era adicción.
¿Crees que lo que tienes es una adicción a las pastillas? Te pregunto sin pelos en la lengua. Me aventuro a hacerlo aun a sabiendas de que corro con el peligro de que te levantes y te vayas. Durante la entrevista te he sentido tranquila, o más bien dopada como siempre lo estabas, no veo cambio en ti y eso me duele, asusta pensar que no le has ganado la batalla a la adición y eso me confronta y hace pensar si vale la pena lo que escribo. Quisiera dar con un atisbo en tu persona, en tu respuesta, que me haga saber que estás mejorando. Te ves indefensa, y esa es la imagen que siempre has dado, la de una mujer débil que necesita ser alimentada, arropada. Tus ojos grandes y compasivos, tus maneras delicadas de moverte, tu voz suave precedida por la cicatriz de tus labios, le daban a tu boca un extraño puchero. Todo era un artilugio para hacernos caer en tus redes y compadecernos de ti. Y ahora, te tengo aquí enfrente y no veo cambio. Pero ya no es mi problema, me digo, y la realidad es que no podemos hacer nada, una vez te diste por vencida. Tu vida corre aislada, siento que caminas por un desierto en donde la sed de cariño apremia, pero tus pasos se hunden en la arena y retrasan tu andar. Aun así, espero que me contestes con la verdad, que me hagas saber que eres consciente de tu adicción a los antidepresivos, a las pastillas para dormir. Noto que comienzas a acariciar la cicatriz de tu muñeca, ese gusano largo y rojo que al parecer ahora es un sostén para saberte parada en la tierra.
No, contestas. El cambio de medicamentos fue difícil y muy malo. Vivir con Amanda me hizo daño, me provocaba más ansiedad que la habitual. No podía dormir y los doctores no me ayudaban, me temblaban las manos. Una tarde por fin el doctor Salvador contestó y dijo que me tomara dos clonazepanes, sólo así pude dormir. Pero Amanda estaba molesta, llamó al doctor Mendoza y me llevó a una clínica de rehabilitación, para desintoxicarme. Estuve varios días ahí. Era un lugar horrible, sucio y de paredes mohosas. Compartía la habitación con dos mujeres, una que era esquizofrénica y otra más joven que había intentado suicidarse varias veces y que por las noches no paraba de llorar y quejarse entre sueños. Mi cama tenía un olor extraño, nos daban de comer torta de salchicha y un juguito, estaba desesperada, me quería ir de ahí, fue en ese lugar que la idea de suicidarme surgió.
Te estoy escuchando y recuerdo el día que me enteré de esto. No contestabas el celular, le tuve que llamar a Iván, tu hijo por el que sentía un cariño muy grande. Contestó de inmediato y me dijo que Amanda te había internado en una clínica en Caucel para desintoxicarte, que estarías de diez a quince días. Nadie la puede visitar más que la familia, Malenita. Así me decías tú, aún hoy cuando lo dices, el cariño lo sobrepasa todo. Recuerdo que fui a ver por fuera la clínica, y al observar la propiedad, me dio impotencia y coraje que estuvieras ahí, metida entre cuatro paredes en donde la ausencia de afecto y la soledad te atraparían. Era un lugar lúgubre y falto de humanidad.
Regresé con una sola pastilla de todas las que tenía, dices. Era ridículo. Cuando llegué a mi departamento todo parecía ajeno, recordaba todavía a la chica que estuvo conmigo, y como se le iban las cabras al monte. Amanda estaba tranquila, pero yo no. Hasta el día en que pegó de gritos por algo y me sentí muy ofuscada, abandonada y sola. Comencé a tener imágenes mías tirada en la regadera, que nacieron en la clínica. No era mi casa, era la de Amanda, la verdad cayó como un yunque. Mis gatos y mi perrita perlita, era mucho para mí, pensé había sido un error cargar con tanto animal, si apenas podía conmigo. Mis hijos tenían mucho tiempo de no compartir mi casa. Pasaron dos días en donde la angustia se pegaba con fuerza en mis pensamientos provocándome insomnio y mutismo. No comía nada. Mi estado de ánimo era extraño, me sentía rara. Hasta esa tarde en que ya no pude más:
“Caminé despacio. Entre un paso y otro, las manos me hormigueaban, el estómago se me estrujaba, y una sensación en el pecho de vacío, como si me lo estuvieran jalando con un destapacaños, alteraba mi corazón. Comencé a sentirme más decidida, me movía la desesperación de lo que sentía y del futuro inmediato. Fui a mi buró y tomé mi frasco de pastillas, no supe cual, todo lo veía como a través de un caleidoscopio. Me atiborré la boca con ellas y las fui pasando poco a poco con el jugo de la mañana, el único que serví en días. Fui por el cúter, me dirigí al baño, me senté en la regadera. Estuve algunos minutos o segundos, no lo sé, con los ojos cerrados. Mi respiración era agitada, cortaba el paso del aire. El piso frío del baño comenzó a sentirse caliente, mi perra perlita, llegó a olisquearme, gemía. Por un momento no supe si ella lo hacía o yo. Lágrimas saladas comenzaron a entrar en mi boca. Ella ladró y esa fue la señal. Temblorosa le grité qué se fuera, escuché mi voz lejana, y mi cuerpo se debilitaba. Apreté el cúter, y me corté”. No me despedí de nadie ni pensé en nadie. Lejos muy lejos, como entre sueños, escuchaba los ladridos de mi perra.”
Amanda me encontró. Llamó al 911 y a Iván, él, no dejaba de llorar, escuchaba como eco lejano su desesperación. Le pedía disculpas. Me amarraron de las manos y me cachetearon para que reaccionara; entre las pastillas y el estado que caes, no ubicaba nada. Estaba muy delgada y la adrenalina de mi cuerpo hacía estragos en mí. Me llevaron al O ¨Horan.
Fueron varios segundos los que contuve la respiración. Escucharte me hizo mucho daño y otra vez nació la impotencia ante tu enfermedad, ante la falta de profesionalismo de los doctores. Pero también y lo digo con todas sus letras, de tu egoísmo. Sigo pensando que todo se puede arreglar, menos la muerte, y tú, no moriste, se te dio otra oportunidad.
¿Y tus hijos? ¿Cómo los describirías ahora? Te pregunto con el corazón en redoble. Me miras fijamente y en tus ojos percibo esa constante que nos mueve a las madres, la que, por un momento de tu vida soltaste. Ahí está más briosa que antes.
Iván es un amor inmenso. Lo admiro por ser un hombre responsable, ordenado. Es muy bueno y se lleva bien con los demás. Superó su adicción. He tratado de ser consciente y no colgarme de él. Vivimos juntos, se preocupa de la casa y ha aprendido a detectar mis estados de ánimo. Me cuida porque sabe que necesito. Los dos nos ayudamos. Cuando estaba embarazada de él, me la vivía comiendo manzanas, me dices con una sonrisa en la boca. Ahora él lo hace.
Bajas por un momento la mirada y respiras hondo. Roberto es conflicto. Me conflictúa. Hace cosas que no me gusta y no puedo decir nada. No puede ni con él mismo, pero tiene una necesidad de recoger perros que me asusta. Me recuerda tanto a su papá. Creo que independientemente de lo que yo aprecie, va a salir adelante. No sé cómo ve la vida. Me ha dicho que es difícil. Tus puños están cerrados, no apretados. Los sueltas y me sonríes de nuevo.
En realidad, no sé qué pensar. Llevamos varios días de entrevistas. Todos en el mismo lugar para tender entre las dos una rutina que nos mantenga pegadas a la cotidianidad. No quería romperla. Creo que tenerla te mantiene alejada de pensar en tu futuro, pero a la vez debes pensar en él. Te he preguntado ¿Qué sigue? Y me has dicho algo que sabe a cliché, que huele a lugar común. El día a día, me dices. El sólo por hoy. Reviento por dentro. Hemos recogido tus fragmentos y los míos, cosa de dos. Preguntas a ti, que contestaron las mías. Aún veo los mismos síntomas de antes: la confusión, el temblor de manos, la inseguridad, la falta de dinero y la desesperación disfrazada de borrego. Te siento conforme, en espera de que algo pase, pero sin las ganas de empujar para que suceda. Sólo que pase. Me aterra pensar dónde trabajas. Porque me han dicho que, para los adictos, trabajar en una farmacia, es lo mejor que les puede pasar. Pero tú, no lo eres, o eso quiero creer. O eso quieres que crea. Te quiero pensar libre de adicciones, sin ansiedad y depresión. Sin un cúter cercano que te haga derivar en un aumento al índice de suicidios, que hoy, sacuden a México. ¿En dónde estaré yo? Lo suficientemente lejos de tu infierno, y lo suficientemente cerca de tu cielo, si decides hacerlo de nuevo.
