Hume y la paradoja con la suerte

Por Melvi Pino Fan*

David Hume: el filósofo que no creía en la suerte (pero ahora la reparte).  La ironía detrás de la estatua que todos tocan en Edimburgo.

Mientras caminaba por la calle principal de Edimburgo, la famosa Royal Mile, me encontré con una escena que parecía sacada de una postal escocesa: un hombre tocando la gaita, vestido con su tradicional kilt (esa falda de cuadros que tanto identifica a Escocia), y a su lado, una estatua que llamó mi atención. Al acercarme, leí la placa y me sorprendí al descubrir que se trataba de nada más y nada menos que David Hume, el famosísimo filósofo escocés. Pero lo que más me llamó la atención fue ver a varias personas estirarse para tocar el dedo gordo del pie derecho de Hume. ¿Qué estaba pasando aquí?

David Hume (1711-1776) fue uno de los pensadores más importantes de la Ilustración escocesa. Conocido por su escepticismo y su defensa del empirismo, Hume dedicó gran parte de su obra a cuestionar las creencias irracionales y las supersticiones. En su Investigación sobre el entendimiento humano, argumentó que muchas de nuestras ideas sobre Dios, el alma o la suerte carecen de fundamento empírico. Para Hume, la razón y la experiencia debían ser los pilares del conocimiento, no las tradiciones infundadas o las creencias populares. Por eso, resulta profundamente irónico que su estatua se haya convertido en un objeto de veneración supersticiosa.

La estatua de Hume, ubicada frente a los tribunales de Edimburgo, representa al filósofo sentado, con una toga y un libro en la mano. A primera vista, parece un homenaje sereno a su legado intelectual. Pero hay un detalle que no pasa desapercibido: el dedo gordo del pie derecho brilla de tanto ser tocado. La estatua está un poco elevada, por lo que tocar el pie requiere un pequeño esfuerzo, pero eso no detiene a los turistas ni a los locales. Según una leyenda urbana, frotar este pie trae buena suerte. Así, la figura de Hume, que en vida criticó duramente las supersticiones, se ha transformado en un símbolo de aquello que tanto combatió.

La costumbre de tocar el pie de Hume parece tener un origen tan curioso como contradictorio. Se dice que todo comenzó con los estudiantes de la Universidad de Edimburgo, quienes, en un acto de desesperación ante los exámenes, decidieron pedirle suerte al filósofo más escéptico de la historia. Sí, has leído bien: estudiantes, quizás algunos de filosofía, que probablemente no habían leído a Hume (o al menos no lo suficiente), se acercaban a su estatua y tocaban su dedo gordo del pie derecho, como si el bronce pudiera concederles la sabiduría que no habían logrado absorber en clase.

Es difícil no imaginar la escena: un grupo de jóvenes, cargados de libros y café, murmurando algo como: «Hume, por favor, ayúdame a pasar este examen». Lo gracioso es que, si Hume estuviera presente, seguramente les diría algo como: «¿En serio? ¿Después de todo lo que escribí sobre la razón y el escepticismo, vienen a pedirme suerte?». Pero, quién sabe, tal vez se reiría y les daría un pase por creatividad o quizás los mandaría a todos reprobados a recursar.

Con el tiempo, esta práctica estudiantil se extendió más allá de las aulas. Los turistas, al ver a los locales tocando el pie de Hume, comenzaron a imitarlos, y pronto la estatua se convirtió en un punto de interés casi obligatorio en la Royal Mile. Hoy, ya no son solo los estudiantes quienes buscan la bendición de Hume, sino también visitantes de todo el mundo, que ven en este gesto una forma divertida de conectarse con la historia y la cultura de Edimburgo.

¿Qué pensaría Hume al ver su estatua convertida en un amuleto de la buena fortuna? Probablemente, se reiría de la ironía y escribiría un ensayo mordaz sobre cómo las supersticiones persisten incluso en sociedades modernas y supuestamente ilustradas. Tal vez nos recordaría que la verdadera suerte no reside en tocar un trozo de bronce, sino en cultivar la razón, el pensamiento crítico y la curiosidad intelectual.

La estatua de Hume en Edimburgo es más que un monumento a un gran filósofo; es un recordatorio de las contradicciones humanas. Nos invita a reflexionar sobre cómo, incluso en pleno siglo XXI, seguimos buscando respuestas mágicas a nuestras incertidumbres. Y, al mismo tiempo, nos desafía a honrar el legado de Hume no tocando su pie, sino leyendo sus obras y aplicando su escepticismo en nuestra vida diaria.

Así que, la próxima vez que quieras tener suerte (como yo), solo tienes que hacer lo siguiente: empaca tus maletas, viaja aproximadamente 8 mil 200 kilómetros (porque la suerte no viene a ti, tú vas a ella), camina por calles tan inclinadas que te harán cuestionar las leyes de la física (y tu propia cordura), todo esto con varios grados bajo cero, porque, claro, ¿qué sería de la vida sin un poco de sufrimiento existencial? Luego, espera pacientemente en una fila que parece más larga que la lista de obras de Kant, y finalmente, estírate como si fueras un filósofo griego alcanzando la iluminación, para tocar el dedo gordo del pie de Hume.

¡Dador de la suerte o simple leyenda urbana? Quién sabe, o quizá sí lo sepamos… (sin querer toqué su dedo pidiendo que mi tesis sea aprobada pronto). Sí, sí, no fue sin querer. Lo hice con la esperanza de que, por arte de magia filosófica o puro azar, mi tesis sea aprobada y pueda convertirme oficialmente en una filósofa. (Espero que mi coordinadora de carrera no esté leyendo esto, porque si lo hace, probablemente me pida una explicación más racional que «Hume me lo dijo en un sueño»). Y si esto no es solo una leyenda urbana, estoy segura de que mi tesis será aprobada pronto. Pero si no es así, bueno, tal vez debería dejar de pasearme cerca de estatuas llenas de superstición y en su lugar leer más a Hume. Después de todo, como él mismo dijo: «La razón es, y solo debe ser, la esclava de las pasiones». Y en este caso, mi pasión por aprobar la tesis me llevó a tocar un pie de bronce en medio de un frío glacial. ¿Ironía? Absolutamente. ¿Filosóficamente absurdo? Sin duda. ¿Lo volvería a hacer? Pregúntame después de que me gradúe.

Melvi Pino Fan (Mérida, Yucatán, 1989). Bailarina profesional de danza clásica formada en México, con estudios especializados en España, Cuba y con maestros destacados de Estados Unidos. Actualmente dirige el estudio de danza Merida Ballet School donde desarrolla proyectos escénicos como «Historias Cortas» y «Cuentos de Navidad», además de un programa especializado en potenciar capacidades físicas para bailarines y deportistas. Su labor como coreógrafa y docente ha impulsado a varios de sus alumnos a obtener becas internacionales. Estudió Filosofía en la Universidad Autónoma de Chihuahua y actualmente colabora en la revista digital El Humanista.

Publicado por Paradigma

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