Por Miguel Alejandro Rivera
Qué difícil es hablar de un libro tan exquisito sin arruinar la experiencia de quien aún no ha tenido la fortuna de leerlo, pues, inevitablemente, uno quiere contarlo de principio a fin, resaltando las mejores partes, las más conmovedoras, las más ridículas, las frases inolvidables y demás joyas que uno se lleva en el alma cuando la literatura alcanza el Olimpo de las artes.
Así me pasa siempre con Milan Kundera, pero con su obra La vida está en otra parte, ese sentimiento se potencia por millones. La historia comienza con una mujer que antes de ser madre ya se le llama así, única y exclusivamente como la madre, y es que el pretexto de llevarnos a su parcela es ver cómo, en un parque y al aire libre, concibe al protagonista de la trama, un bebé no planeado que estará llamado a convertirse en poeta.
Desde el acto sexual que lo trajo al mundo, Jaromil será un ente patético que genera ciertas simpatías, pero que en la mayoría de los casos se vuelve un ser que da tristezas. Kundera nos guía a través de su niñez, su adolescencia y hasta sus primeros amores de formas en las que, muy a su estilo, la risa y los momentos incómodos nunca van a faltar.
Acosado siempre por la relación con su madre, quien hasta le elige los calzones y por eso le boicotea sus citas románticas, Jaromil padece una vida sexual trastornada que lo lleva a situaciones ciertamente frustrantes, aunque por demás entretenidas para el lector. Dentro de sus experiencias, personalmente jamás había leído una forma tan bella de abordar la masturbación o las primeras excitaciones de un hombre como en esta novela se describen.
Sin embargo, la faceta como escritor de poemas abraza a Jaromil nos arranca ensoñaciones bellísimas, como cuando descubre que uno de sus amigos del colegio lo admira ya siendo adultos y le muestra que ha pegado una hoja de periódico con sus versos en la pared, por lo que sus letras han cobrado vida propia… vaya momento precioso.
Como es constante en la obra de Kundera, las referencias al socialismo y a la situación política de la República Checa durante la Guerra Fría son constantes, lo que enriquece el contexto de los personajes de formas profundas.
Recuerdo que, cuando fui corrector de un periódico, el 12 de julio de 2023 se dio a conocer la muerte de Milán Kundera y a mí me tocó revisar la nota en la que se informó de su fallecimiento. La cabeza me dejó helado: Muere el eterno candidato al Nobel… Cuando uno navega por las letras de Kundera parece un sinsentido que jamás haya sido merecedor a esa presea. Sin embargo, un hombre de su estilo, sus posturas y su genio es de esos que justifican su ausencia de los laureles de la siguiente manera: no es que él no haya merecido un premio, más bien, el premio no lo merecía a él.
En un mundo en el que cada día los galardones son más impostados que razonados, como lo visto con la última temporada de premios del cine internacional, donde cierto musical basura ha sido reconocido por un montón de cinéfilos petulantes, la verdad es que el mejor reconocimiento que se le puede hacer a tipos como Kundera no creo que sea un Nobel, sino el hecho de leerlos, disfrutarlos y carcajearnos con sus libros en mano viajando en el metro o en vía pública; quiero soñar con que él, como cualquier escritor que crea desde la pasión y la honestidad, como el propio Jaromil, así lo habría querido.
