El Negro

Por Jafet Guerra*

Descalzo mis pies a unos metros del mar, bajo la sombra de la palapa que nos refugia, junto a nuestra cubeta llena de hielo y cerveza. Estiro los dedos y los enraizo en la arena calida que el negro evita con sus mocasines. Abrimos las bolsas de botanas; saca una lata, me ofrece otra y damos el primer trago.

Comienza:

—Nací el 9 de noviembre de 1975 en el departamento de San Miguel, en El Salvador. El motivo de estar en México es por el sueño americano, llegar a Estados Unidos, trabajar. Buscar la comodidad. En mi casa éramos ocho hermanos, dos fallecieron. Yo soy el mayor.

—¿De qué fallecieron?
—El primero naciendo se asfixió y al otro lo mataron. Lo… —escarba las palabras en su mente, en el horizonte azul salado. El Negro me cuenta que su hermano es navajeado luego del levantón. Lo dirigió hombre para ajustar cuentas con un asaltante que había entrado a su casa. Al final es decapitado, todo por la confusión de unos maleantes que huyeron.

—¿Seguías allá cuando pasó?

—No, no, cuando contacto a mi hermanita me cuentan.

El negro desertó a su tierra junto a 12 de sus amigos, en 1991. Tenía 16 años. Fuecuando la guerrilla, con sus helicópteros y balazos contra el Frente Farabundo Martí para la liberación Nacional ( FMLN), llegó a una cuadra de casa. Su madre le da el permiso de irse con el apoyo de sus familiares, con tal de no ser reclutado al servicio militar.

—Sabíamos que la cosa se puso más terrible por unos tíos que estaban en la milicia. — dice y entierra la mano en la bolsa de chicharrones, elige uno pequeño, de los que más crujen y lo enrojece en salsa. — Pasamos por El Salvador en autobús. Cruzar de Guatemala a México fue por río, rodeando casetas.

—¿Estaba muy vigilado?

Duda antes de responder y dice que no, no estaba tan vigilado como ahora. El momento ideal era en los cambios de turno, ya sea en la noche o en la mañana entre 6 y 7. Bastaba con esperar para poder cruzar. Se trataba de observar y avanzar.

El Negro se queda mirando el mar, como si recibiera sus memorias a través de las olas que regresan luego de expandirse en la playa, llevándosela arena que sostiene nuestros pies.  El Negro recuerda la primera semana buscando a La Bestia en México, perdido entre cerros y montañas; dormía donde la noche les alcanzaba y comían dos o tres tortillas que les regalaban en las casitas de la zona. Viajaban sin más que una mochila con ropa y documentos. Le pregunto si no le dio miedo perderse tanto tiempo. No, sabías a lo que te tirabas.

En la mesa de al lado una familia enciende su bocina, ponen Mamma mia, de ABBA y ambientan el puerto y el relato del primer trabajo de Negro en una cafetera en Custepec, Chiapas. Fue un mes de desayunar, almorzar y cenar frijol con café y tortillas. “¡Pero tortillas, eh! TOR-TI-LLAS”, enfatiza el Negro confirmándose como cualquier mexicano que sabe que hay de tortillas a tortillas. La variante a su dieta sucedía en sábado o domingo, cuando hacían válidos sus vales de la CONASUPO para huevos o galletas.

Un hombre esquiva las mesas con una bandeja llena de dulces y abejas. Nos pregunta si queremos, negamos con la cabeza.

—Allá hicimos un mes, nos pagaban una miseria. Daba para comer… o para tu pasaje. Estando allá conseguimos dinero para la combi a Tuxtla… o algo así.

A esa altura del viaje solo quedaban tres de los doce que salieron de El Salvador. Algunos fueron atrapados por migración y otros se habían regresado. Eh, ya me quiero regresar a mi casa, quiero ver a mi mamá,imita el Negro con el tono, supongo, de un niño afeminado cuando habla de los amigos que dejó atrás.

 —Nosotros fuimos a Tuxtla y de allí tomamos un camión que nos perdió en Chiapas. El dinero se nos acabó y caminamos como por una semana entre ranchos y pueblitos hasta llegar a Campeche.

—¿Y allá encontraron trabajo?

—No, ¿cómo? Si los papeles que teníamos de México eran falsos. Allí en la cafetera donde trabajamos conseguimos las actas. Habían un chingo de Chapitas y Hondureños. De campeche buscamos para irnos a Estados Unidos, pero nos desviamos para el centro de Mérida.

Me parte de risa la inquietud con la que cuenta ser despertado por la policía por dormirse en la terminal y luego en el parque de San Juan, por la incertidumbre de en qué lugar se le deja a uno dormir tranquilo.

—De allí caminamos hasta salir a periférico. Estaban terminando la carretera que venía de Campeche. Ya con el cansancio de que no le veíamos tope a esa madre vimos un letrero que decía Cancún y agarramos esa ruta. Si pedíamos rai no lo daban. Fueron dos días para llegar al entronque de Cancún, que era de un carril nomás. Bueno, de un Jueves a un Domingo.

Me intriga cómo recuerda con tal precisión los días en los que sucedió y se lo cuestiono:

 — Puta, pues no sabía qué era la cochinita. Tirada a un lado de la carretera la vi. Estaba fresca la hoja de plátano, los huesos y el caldo. Fresco en el sentido de que a lo mucho tenía media hora de que lo habían tirado. Eso comimos. Chupar los huesos y todo eso. Había hambre —acota como justificando lo que cualquier otro ser humano hubiera hecho en su posición—. Y nos da sed, ¿dónde pedíamos agua? Entramos en uno de los tantos ranchos al costado de la carretera, caminamos como 6 kilómetros. Encontramos una veleta y bombeamos para tomar agua, para descansar un rato y después seguir.

Un juguero se acerca en un intento de saciar una sed que ya no existe, le decimos que no, muy tarde, gracias.

—Seguimos caminando, y ya empezaron a pedir comida mis compañeros, en los pueblitos. A mí me daba pena pedir. El primer pueblo al que pasamos fue Ticopó, nos establecimos un rato y de allí llegamos a San Bernardino. El mismo proceso, entramos al pueblo a buscar agua, nos quedamos una noche. Estábamos madreados. Nos levantamos tempranito, 6-7 de la mañana para volver a caminar hasta Holactún. Allí me dicen mis compañeros que si yo no pido comida me abandonan.

—¿A qué te refieres, los tres iban y uno hablaba?

—No, no. Uno iba de casa en casa a pedir comida. Ellos dos se turnaban. —El Negro se inclina, saca un par de latas, las abre y bebemos—. Se encabronaron y me dijeron: Si tú no pides comida al otro que viene, acá te dejamos, y les dije, Si en la primera casa en la que pida no me dan comida, no vuelvo a pedir.

—No mames, ¿tan así? —No me cuadra la amenaza con su personalidad extrovertida.

—No vuelvo a pedir comida. Si me abandonan no hay pedo.

—¿Y qué hiciste?

Saco unos crujitos de la bolsa, los mastico ansioso en la espera del Negro, que no sé si pausa la plática para ordenar sus recuerdos o para dramatizar la conversación. Llega su turno; Buenas noches jefa, disculpe la molestia, ¿será que me pueda regalar una tortilla con sal y limón?; ay mijito, mira cómo estás.El negro ofrece su mejor imitación de una mujer mayor con acento yucateco.

—La señora es Doña Abo, que en paz descanse.

—¿Cómo sabes que falleció? —interrumpo cediendo a mis ansias de saber más.

—Porque sí, ¡espérate! Ay te va la historia. Eso fue en Tahmek, “abrazo fuerte”. —El negro se detiene—. Eso significa. De allá son mis hijos.

—¿Ah sí?

–Sí, bueno ahora te voy a decir. Estábamos todos… en el mes creo que dos veces nos bañamos. ¿De dónde agarrábamos agua? Doña Abo me preparó huevo con frijol colado, yo no lo conocía. Agarro la comida con tortilla calientita y le digo, Acá voy a estar enfrente, le regreso su traste.

Y es allí cuándo el negro concoce el chile habanero. ¿Ya ves que al frijol colado le ponen habanero? El negro usa tres dedos para cerrar la tortilla de su taco imaginario, lo sube hasta su boca y le da un mordizco. ¡A la puta madre! Cierra los ojos, niega con la cabeza y me parto de risa mientras él se enchila de nuevo, décadas después.

Las palapas que nos rodean se llenan de familias, los gritos de los niños se mezclan con la música a veces regional banda, otras pop del gringo. Le doy un gran trago a mi cerveza y la veo salir por los agujeros que la brisa puntea en nuestros cuerpos con arena y gotas de mar.

La voz del negro me devuelve a la realidad.

—Les llevo la comida y les digo aista, por todo lo que ya pidieron, no tengo hambre. Y no comí. Solo probé el frijol, para enchilarme. Y me dice la señora. Si quieren trabajar el señor de allí está buscando gente. Nos acercamos a un don, Pedro. Nos pusimos a platicar y nos dice Ahorita les voy a llevar con una persona que tiene muchas obras y nos llevan con el señor Don Luis V. Llegando allá nos vuelven a preparar comida, huevo. Imaginate, pedí y nos volvieron a dar comida. Nos prepararon huevo y cenamos con ellos, que eran evangélicos. Empiezan a hacer la oración y yo me quedé así como de ¿qué pasó? Están orando, diciendo que el señor le estaba diciendo que venían tres ángeles, que éramos nosotros… Ya sabes.

—Angelitos —Le digo con ironía.

—Era tanto mi cansancio que me fui a acostar en los baños del pueblo, detrás de la albarrada… Allá hacían sus necesidades.

—En el solar.

—Ajá. Ay me andan buscando y yo estaba bien privado y lleno de mierda y de todo el desmadre.

—No mames —Comienzo a reír, beber y reir.

—¡No sabía que era el baño! Ay me levantan y a bañarme. Y ya, así nos dan posada y  trabajo. Así ya teníamos para rentar. Al mes pagábamos como 300 pesos. Era una casita de paja, daban seis hamacas. Empezaron a trabajar los otros dos cabrones de albañiles, pero yo no. Así estuve por un buen rato. Yo les decía ¡no voy a trabajar!, chingue su madre, yo voy a dormir y a la verga. Ya estábamos establecidos y todo eso, pues ya. Qué chingados.

—¿Los tres tenían la misma edad?

—No, yo soy el más morro de todos.

—¿Ellos cuántos años tenían?

—Estaban como de a 25 y 27 o algo así, yo de 16.


Un señor culebrea entre las palapas. ¡Mango, mango, hay mango maduro, mango! En ese momento nada nos sabe mejor que las frituras con recados. Pienso que a las gaviotas también.

—El hijo de Luis V., Petes, me llevaba comida y me leía la biblia. Llegaba a las 9-10 de la mañana y se ponía a platicar que si se iba a trabajar, esto y lo otro. Él me invitó a trabajar con su abuelo al monte para cortar penca de henequén. Es allí donde conozco el yogur del pueblo: Pozole con coco, con miel y con chile habanero. Salíamos a las 5 y regresábamos a las 11 de la mañana. Íbamos entre seis.

—¿Te acuerdas de cómo se llamaba el grupo evangélico?

—Creo que se llamaba el templo alfa omega. Algo así. Ya de todo el relajo decido irme a trabajar de albañil.

—¿Con tus amigos?

—No, aparte, solo.

—¿Por qué?

Los compañeros del negro se habían enojado con él y ya no le querían dar comida. Le reclamaban la renta y comida que salía de su cartera hasta que las cosas subieron de tono y se agarran a golpes, siendo ellos los perdedores. Lo vio el Petes, acota el Negro a su testigo por si dudo que un chavo de 16 años ganó una pelea contra dos hombres, 10 años mayores.

—¿Te puteaste a los dos?

—A los dos. Es que uno me sacó el fierro y pues ¡mocos! El otro me sacó el cuchillo.

—¿Y cómo te defendiste de eso?

—Pues había leña donde cocinábamos.

—¿A leñazos los agarraste?

—¡Ah, no! —ríe satisfecho de sus hazañas—. La cosa era quitarles el cuchillo. Lo dejé allá tirado. Y ya, me dedico a trabajar de albañil.

El negro brinca a otro tema y me da la impresión de que se guarda algunos detalles incómodos en su historia.

—Me llevan a Mérida a trabajar. Transporte, sueldo, viáticos, todo el desmadre y digo Pensar que toda esta puta madre la caminé en cuántos días. Ahorita ando en taxi. Así, junto mi lana y me empiezo a vestir. Me compro mi pantalón, mi ropa, ya sabes. Allí hice un buen rato, por la avenida Canek. Estábamos en una obra que iban a armar bodegas y oficinas de una empresa de calentadores. Hice uno, dos años trabajando.

—¿Y seguías viviendo con tus amigos después de la pelea?

—Sí, sí, ya chambeaba, invitaba a la tanda. Ya sabes.

—Reconciliados

—Sí, porque el problema era quitarle el cuchillo a ese hijueputa. Ese sí estaba loco.
—¿Eran muy violentos? —Aprovecho para retomar el tema después de un salto en el tiempo.

—Por el estilo de vida de allá. Pero se apendejaron porque yo estoy más loco.

—El más violento afirmo y me convierto en su confidente.

—Sí porque mis tíos del ejército me enseñaron a defenderme. Tenía cuatro tíos allá, imagínate. Ahora sólo me queda uno porque dos se perdieron, otro falleció y solo queda uno.

—¿Cómo que se perdieron? —pregunto pensando en si sus tíos se perdieron de la misma forma en la que uno pierde una moneda o un botón.

—Bueno, esos dos se fueron de la casa cuando todavía estaba allá. No sabemos nada de ellos. En la milicia uno estaba en artillería y otro era teniente. El de artillería falleció. El otro sigue, pues ya se jubiló y está en casa ahorita.

El negro hace una leve pausa, cambia de tema y me deja la sensación de que le duele hablar de eso:

 — Bueno, ya en Mérida me quedaba a dormir en la bodega donde chambeaba. Con todo eso conozco a un compañero de paseos de Itzincab y me voy por allá, rumbo a Umán. Ya de plano me despedí de mi amigos a los 18-19… Permíteme, ya me adelanté.

Con un salto de tiempo dentro de su memoria, me cuenta cómo conoció a la mamá de sus hijos en Tahmek, a los 17 años, en un baile “pozolero” mientras nos sirve una ronda más de cerveza, que ya nos toca brindar por los viejos amores. Es entonces cuando menciona que “sienta la cabeza” y deja el alcohol y las drogas cuando se entera que será papá.

—¿Qué son drogas? ¿A que le entraste?

—Mota, pura mariguana. Le bajé a todo. Es cuando sale mi hija, tenía como 20, 21 años. Y pues ya, me dan posada allá con ella. Vamos para Izamal y allí nace. Como a los tres años se volvió a embarazar y ni pedo, ahora sí, te quedas porque te quedas.

—Te amarra.

—Bueno, no hubo boda. Entonces me dediqué a taxear, cortar y vender leña.

Un señor pasa con una cubeta llena de mangos enchilados, nos distrae y aprovecho para ir al baño que rentan a unas cuadras de las palapas donde platicamos. Avanzo entre las casas sintiendo el alcohol revolverse en mi cabeza, el hambre que las frituras saladas no sacian. De regreso paso por una bolsa de hielo y una salsa picante para aderezar la acidez de mi estómago. Me siento en la mesa, meto un chicharrón a mi boca.

—Ya está suave esta cosa— digo pensando en si es prudente volver al six por un paquete más de botanas.

—Sí, por el aire con sal lo chinga rápidamente, no, no, no, es un desmadre.

—¿Y cuánto tiempo hiciste en Tahmek?

—Hice un buen rato allá. Puta, pues si fueron 23… 24 años.

—¿Taxeando?

—No, no, no. Iba de secre de un sonidero y ya, es cuando salgo para los grupos, me vuelvo trailero. Me llevaba los equipos y los armaba. A parte distribuía mercancía. Ya todo foráneo, hasta la pandemia.

—¿Seguías con la señora?

—No, duramos 24 años. Yo ya estaba en Mérida.

—¿Y rencontraste a tu familia?

A lo lejos un señor toca  la guitarra, el sol y la cerveza se sienten agradables, como un arrullo cariñoso. Después de 30 años, me cuenta el Negro, le toma más de una semana localizar a su hermanita en Facebook de tanto insistirle una noche y hasta las 4 de la madrugada que le aceptaran la solicitud de amistad.

—¿En esos 30 años nunca…?

—No, nunca, nunca estuve así que digamos… meterme a buscarlos.

—¿No te importaba?

—No porque pues… Ya me hacían muerto… A mí no me van a creer. No este… tampoco ellos me buscaron—Y lo que veo en él con su comentario es una herida de abandono que hasta la fecha no sana.

—Y entonces; No hombre, hermano… Lloriqueo y la madre —Bosteza, quizá, queriendo evitar que la voz le tiemble o alguna lágrima se le escape. —Es que te hacíamos muerto, que no sé qué, que no sé cuánto.

—¿Todo eso pasa en la noche?

—En la noche y es más me iba a quitar de acá porque como hay cámaras (en la casa donde actualmente trabaja da mantenimiento) me la pase toda la semana, puta, hablando por teléfono a todos mis familiares—El negro desbloquea su celular y busca en su galería las fotos que ha descargado del facebook y otras tantas que le han mandado por whatsapp. Me las muestra con orgullo.

—Aquí está mi tío, el que vive. Está enfermo, estos son mis otros primos, pero son miardas. Él es mi otro tío.

—Son los que te enseñaron a pelear?

—Sí, él y el difunto.

—¿Cómo es que te querías regresar?

—Porque se puso a llorar mi tio, que ya está cansadón y ya se va a morir —dice de nuevo sopreponiendo un fatídico bostezo en el lugar donde, ambos sabemos, lleva años la tristeza estancada.

—Querías ir a verlo. —El negro saca otra ronda, y aunque no se me antoja seguir bebiendo, se la acepto con gusto y me digo que esta va por su tío.

—Sí, quería ir a verlo y la neta él fue como mi padre. Él estaba en el ejército cuando me quité. Para él mejor, si no me iban a matar. Él me crió. Mi jefa se fue y me dejó con mi abuelita y mi tío.

—¿Y te acuerdas de cómo fue el proceso de descubrirte en la guerra?

—Sí, me acuerdo cuando decía mi tío que se metan bajo la cama porque va a haber esto y eso y sí, dicho y hecho.

—¿Y cómo tu tío sabía del movimiento del otro?

—Porque dentro del cuartel le decían va a haber enfrentamiento, emboscada… Llegaba mi tío en el Jeep y nos dejaba armas para que cabrón que entrara…

—¿Tú sabías manejar armas?

—Sí, te enseñaban y lo tenías que aprender. Pero dale bien, decía. Acá, en el pecho. Si ves que se vuelve a mover acércate y le pegas. Y a defendernos, si no, con el bate o algo.

—¿Sí te tocó disparar?

—No, no, porque no llegaban hasta allá, se veía como a qué te diré… estaba el enfrentamiento como de aquí al coco El Negro señala como zona segura el espacio entre una palmera y nosotros, unos cien metros y del horizonte, más allá de la playa y el mar un helicoptero sobrevuela sobre la casa de su abuela buscando a los guerrilleros que lo quieren tumbar. El negro tiene dos días bajo la cama y sabe que al salir de su escondite encontrará un mundo bañado en cadáveres, casquillos de fusil y granadas.

—¿Cómo cuántos años tenías?

Una hora después, en la fila de la combi de regreso a Mérida, en mi cabeza retumba el alcohol que se entremezcla con la respuesta del Negro, quien se me perdió entre las calles Chelem con una botella de salsa picante y una cubeta con cervezas y hielo. Tenía como doce años. Dejo de ver la gente esperando el colectivo y en su lugar regreso mis pies a la arena, sentado en la silla de plástico blanco bajo una palapa frente al mar. El negro recoge con la izquierda el cargador que tiene a un costado del ceviche, con la derecha la pistola entre las cervezas y la carga. Estira el brazo con el índice de mira, sostiene la muñeca de la mano que empuña la pistola y apunta a mi pecho. En la guerrilla el FMLN te veía y te llevaba. Por eso nos escondían. Con los ojos fijos en mí le quita el seguro del arma y regreso tambaleando a la fila que empieza a moverse, con la mano en el pecho después del disparo del niño que 30 años atrás, desde El Salvador, acciona al verme dentro de su casa.

Publicado por Paradigma

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