
Arturo creció creyendo que los números eran su superpoder. Su madre, doña Lupe, lo llamaba «mi genio de las matemáticas» cada vez que resolvía un problema de la escuela sin equivocarse. «Mijo, tú vas a ser un gran contador, como esos que trabajan en los grandes edificios del centro», le decía mientras le servía un atole caliente que olía a canela y le quemaba los dedos. Arturo se lo creyó. A los diez años, ya se imaginaba en un traje elegante, firmando cheques enormes y manejando cuentas de empresas millonarias. Su habitación era un archivo de sueños: cuadernos llenos de cálculos, promesas en caja sellada. «Eres mi orgullo», le decía doña Lupe, y él se sentía como si pudiera mover montañas con su mente.
Pero la vida no era un problema de aritmética. En la universidad, Arturo se dio cuenta de que ser bueno con los números no era suficiente. Los demás estudiantes tenían contactos, palancas y una soltura que él nunca tuvo. Aun así, se graduó como el mejor de su generación y consiguió un trabajo en una pequeña oficina contable en una colonia de Neza York, donde los clientes discutían por facturas de 500 pesos. «Es temporal», se decía, mientras revisaba números y llenaba declaraciones de impuestos.
Una vez, un colega lo recomendó para una firma grande. Arturo se emocionó tanto que se compró un traje nuevo, de esos que brillan bajo la luz fluorescente y raspan la piel como lija barata. Ensayó respuestas para la entrevista, pero cuando llegó, le dijeron que el puesto ya tenía dueño. «Fue un error del sistema», le explicaron con una sonrisa falsa. El silencio en la sala pesaba más que su traje. Desde entonces, cada vez que se lo ponía, sentía que llevaba puesta su propia derrota, como una etiqueta de descuento pegada en la frente.
Los errores se amontonaron como facturas vencidas. Una declaración mal presentada, un cliente que se fue con otra firma, un jefe que lo regañaba por pequeñeces. «No es suficiente ser bueno, Arturo. Hay que saber venderse», le dijeron una vez. Pero él nunca aprendió a venderse. Ni siquiera sabía si había algo que valiera la pena ofrecer.
A sus 40 años, Arturo sigue en la misma oficina, rodeado de paredes amarillentas y un olor a café rancio que se mezcla con el humo de los cigarrillos de su jefe. Su madre ya no está para llamarlo genio. Ya nadie le suelta un «eres mi orgullo», ni siquiera él mismo. A veces, cuando revisa las cuentas de un cliente de dinero, se detiene un momento y recuerda los elogios de su madre. «Los números no mentían», piensa, mientras guarda su calculadora en el cajón. «Pero tampoco me dieron la vida que me prometieron. Y ahora, lo único que sumo son los años.»
Fabiola creció creyendo que su belleza era su mayor don. Desde pequeña, escuchó que parecía una princesa. «Ay, mija, vas a ser modelo», le decían las vecinas cuando la veían pasar con su vestido dominguero. En la adolescencia, los chicos la buscaban para hacerla su novia, y las chicas la envidiaban. Fabiola se lo creyó. Pensó que su belleza le abriría puertas, que la haría especial. «Eres única», le decían, y ella se sentía como si el mundo estuviera a sus pies, con un cartel de «oferta exclusiva» sobre la cabeza.
Pero Fabiola era más que una cara bonita. Era lista, astuta, y sabía resolver problemas que dejaban perplejos a los demás. Sin embargo, nadie parecía notarlo. «Las mujeres bonitas no necesitan ser inteligentes», le dijo una vez una tía. Y Fabiola, sin querer, aprendió a ocultar su inteligencia.
A los 25 años, Fabiola se dio cuenta de que su belleza era un arma de doble filo. En el trabajo, sus jefes la elogiaban, pero nunca la tomaban en serio. «Eres demasiado bonita para estar en reuniones aburridas», le decían, mientras le encargaban tareas triviales. En las relaciones, los hombres la deseaban, pero ninguno la amaba. Con el tiempo, entendió que las miradas de admiración eran fugaces y que su valor, a ojos de los demás, tenía fecha de caducidad.
Fabiola casi cumple 30 y trabaja como recepcionista en un spa de lujo. A veces, cuando se mira al espejo y se arregla el pelo, se pregunta cuándo fue que su belleza dejó de ser un regalo y se convirtió en un producto en liquidación. «Era como un maniquí en un escaparate», piensa, mientras sonríe mecánicamente a un cliente que le deja una propina de 20 pesos. «Todos la admiraban, pero nadie la quería sacar de su caja.»
Jorge creció creyendo que el fútbol era su pasaporte a la gloria. Desde pequeño, destacaba en la portería. «Mijo, tú vas a ser como Jorge Campos, ya verás», le decía su padre, don Chuy, mientras le compraba tacos de canasta después del entrenamiento. Para Jorge, el arco no era solo un rectángulo de madera y redes; era su refugio, su reino. Cada atajada era un aplauso, cada gol evitado un suspiro de alivio que lo hacía sentir invencible. «Eres el mejor portero que he visto», le decía su padre, y Jorge se lo creía.
Pero el fútbol no era tan sencillo. A los 20 años, un entrenador le dijo que tenía talento, pero que le faltaba disciplina. «Tienes que entrenar más, comer mejor y dejar la peda», le advirtió. Jorge lo intentó, pero las fiestas con los cuates eran más tentadoras. Las noches de cerveza barata y risas fáciles lo distrajeron de los madrugones y los ejercicios repetitivos. Poco a poco, los demás porteros lo superaron.
Un día, durante un partido importante, Jorge falló. Fue un error tonto, un balón que se le resbaló de las manos y terminó en la red. El silencio en la cancha fue más ensordecedor que cualquier grito de gol. «No te preocupes, Jorge, todos fallamos», le dijeron, pero él sabía que no era cierto. No todos fallaban cuando más se necesitaba. No todos cargaban con la mirada decepcionada de su padre desde las gradas.
Después de eso, las oportunidades se esfumaron. Los equipos dejaron de llamarlo, y los entrenadores prefirieron a otros más jóvenes, más rápidos, más hambrientos. Jorge intentó mantenerse cerca del fútbol, trabajando como ayudante en una academia infantil, pero ver a los niños correr tras el balón le recordaba demasiado lo que había perdido. «Tú podrías haber sido profesional», le decían algunos, pero las palabras sonaban huecas, como un eco de algo que ya no existía.
Ahora, a los 35 años, Jorge trabaja como guardia de seguridad en un estacionamiento. Su uniforme azul marino no tiene el brillo de una camiseta de portero, y su silbato no suena para detener un penal, sino para llamar la atención de un conductor distraído. A veces, cuando ve a un niño patear un balón en el estacionamiento, se detiene un momento y cierra los ojos. Se imagina que es él quien ataja el penal decisivo, que el estadio estalla en aplausos y que su padre, desde las gradas, lo llama «campeón». Pero luego ajusta su uniforme y sigue su ronda.
«El fútbol no era un sueño», piensa, mientras observa el balón rodar lejos. «Era una lotería. Y yo compré el boleto equivocado.» Las expectativas mal envasadas caducan sin aviso y la autoestima enlatada no tiene reembolso. Si decides devolverla, no esperes un milagro: el siguiente producto también vendrá con su propia fecha de caducidad. Al final, somos simples consumidores atrapados en un estante de sueños, donde cada lata promete una ilusión, pero solo ofrece tarde o temprano una amarga realidad.
La sombre del hipopótamo / Julio César Morales
*Julio César Morales (Mr. Hippo) es escritor, editor y librero apasionado por la expresión escrita. Con una trayectoria marcada por la participación en antologías de cuentos y la dirección de talleres de creación literaria, ha inspirado a nuevas generaciones en el arte de contar historias. Impulsa proyectos sociales como «Las Letras Salvan Vidas» y coordina iniciativas culturales en Querétaro. Ha sido ponente en eventos como IMPULSO, dirige el círculo de escritores «Tinta Viciosa» y lidera la colección de libros de Kúlturi en PAR TRES editores. Actualmente, es director del Instituto para el Desarrollo de Proyectos Culturales (Kúlturi). Curiosidad: es un apasionado de los hipopótamos.
