
Hoy, supongo, llegué a la mitad de mi vida. No me parece un mal pronóstico alcanzar más o menos los 70 años, así que, según mis cálculos, hemos avanzado el 50 por ciento de un todo realmente caótico.
He amado, he sufrido, me he frustrado, he llorado de alegría, de coraje y hasta de vergüenza… no me puedo quejar, siento en el alma que mis horas, mis soles y mis lunas han sido aceptables, por decir algo.
Pero hoy, hoy que me miro al espejo y acuso algunas canas en las barbas; hoy que en el ideal debiera soplar algunas velitas sobre un pastel, no quiero hablar de las anécdotas románticas, ni de los problemas familiares ni de las tragedias cotidianas que al mundo tanto le gustan… no, esta vez, en honor al día, se me antoja rememorar lo que me ha llevado a detestar esta fecha tanto, que prefiero no compartirla con cualquiera.
Cómo detesto que me pregunten: ¿cuándo es tu cumpleaños?, cómo aborrezco a la gente que lo disfruta, que lo espera con ansias, que se vayan al diablo los festejos y Las mañanitas, los abrazos y los regalos… ¿Quieres saber cuándo es mi cumpleaños? Todos los días, diario cumplo años, ¿feliz?
Cuando llegue a la edad de siete calendarios, mi hermana Tania cayó en cama: un dolor agudo en el estómago amargó la fecha y dirigió toda la atención a quien ese día debió haber sido personaje secundario de la jornada… pero no, me jodió cualquier latente sonrisa porque, pese a las elucubraciones de mi madre, quien afirmaba que seguro era gastritis lo que derrotó a mi hermana, la verdadera razón fue una apendicitis aguda que la envió al quirófano.
Yo hubiera preferido que su afición a la comida picante fuese la razón de sus dolores, quizás hasta un embarazo no deseado hubiere sido más beneficioso para mi causa, pues seguro ella, ante alguna sospecha, lo habría ocultado, pero no, fue su apéndice que clamaba por salir y por joderme mi festejo.
Luego llegó mi cumpleaños número nueve; mi padre quiso regalarme lo más sagrado para un hombre que trabajó toda su vida para darle estudios y dignidad económica a sus cuatro hijos, así que decidió darme su tiempo. Has de saber que mi papá sólo descansaba dos días al año: 25 de diciembre y primero de enero, es el hombre más trabajador e incansable que he visto en la vida, pero, a consecuencia de ello, los momentos padre e hijo más significativos de mi niñez fueron precisamente trabajando codo a codo con él, atendiendo mesas, sirviendo bebidas, regresando de algún banquete fulminados a las tres de la mañana.
Por eso cuando propuso que fuéramos al bosque en bicicleta me pareció un plan estupendo. Yo tomé mi clásico vehículo cromado y él una bici de carreras azul que, recuerdo, tenía las ruedas muy, muy, muy delgadas, círculos engomado que sólo donaría un profesional.
Decidimos ir hacia el Bosque de Aragón por un atajo que nos enfrentó a un camino pedregoso, como si anduviéramos sobre grava; ahí, siguiendo de cerca a mi padre, vi como vaciló ante un perturbador desequilibrio que no pudo vencer y el cual lo mandó de cara hacia las rocas.
Jamás lo olvidaré, no sólo porque el raspón en la sien izquierda le duró años, sino porque meses antes de esa caída, mi tío Benancio, hermano de mi padre, había muerto de un golpe en la cabeza. Mi papá se sugestionó tanto que jamás lo vi hacerse tantos estudios, dar tantas vueltas al doctor: me hizo sentir culpable, como si el tratar de festejar mis nueve años lo hubiera puesto con un pie en la tumba. Odié ese paseo que no duró más que unos seis minutos, pues, obviamente, nunca llegamos al bosque.
Decidí entonces que no quería celebrar más mi cumpleaños: no quería ser un ave de mal agüero, me rehusé a que un día relacionado conmigo le recordara al mundo que existe la mala suerte, así que renuncié a los pasteles, a los abrazos, a los regalos, si podía, evitaba que la gente supiera la fecha en la que, por primera vez, respiré el oxígeno de esto que llamamos Tierra.
Convertí ese día en un espacio para mí: me acostumbré, como la mayoría de mis días, a estar solo, a festejarme a mi manera, a restarle importancia a las cosas que para los demás sí son importantes. Pero aquel momento en el que cumplí 18 años, ya un adulto, ya un votante, ya un bebedor legal, decidí que quería intentarlo de nuevo: total, a ver qué pasa.
No quise poner la vara muy alta, una comida en casa sería perfecta para retomar las tradiciones, amigos cercanos, un espagueti, quizás un par de cervezas, algo tranquilo. Recuerdo que le dije a mi madre que si podía hacerme algo de comer para celebrar un domingo; ella accedió ante mi petición, la cual hice con días de antelación para que no hubiese fallas.
El día que habíamos planeado, llegaron mis amigos a la casa, bajé emocionado para abrirles la puerta y, cuando entré a la cocina, me di cuenta de que comeríamos aire porque a mi madre se le había olvidado mi solicitud: el nudo en la garganta regresó, muy similar al que se me hizo a los siete, a los nueve… me recriminé y asumí que la culpa era mía, por aferrarme a un imposible.
Pero uno es necio, cuando cumplí 21 un montón de casualidades se juntaron como alineación planetaria para que la casa me quedara sola: en una familia de seis integrantes, no es algo común, más todavía porque la tuve dos días completos para mí nada más.
Uno de mis mejores amigos, Mauricio, y yo llenamos una hielera de cerveza e invitamos gente a discreción. Me emocioné cuando la sala, el comedor, la cocina, las escaleras, toda la casa se empezó a llenar como en las películas gringas de universitarios. Me sentí redimido, renacido, renovado, mariposas revoloteaban en mi estómago porque me enamoraba de nuevo, otra vez, de mi cumpleaños.
Pero qué poco me duró el gusto: Mauricio había invitado a una muchachilla con la que estudió la prepa y a la que siempre quiso conquistar. Ese día, sus estrategias avanzaban como auto de carreras, veíamos tan cerca que lograra el objetivo de siquiera besarla, pero ah, cómo es la vida, de entre los amigos que invité de mi época del bachillerato sólo llegaron dos, precisamente los que peor me caían de mi enorme grupo de compañeros.
Resultó que uno de aquellos hijos de puta cursó la universidad con la conquista de mi camarada, ambos habían estudiado filosofía y, al ver al sujeto ese, la chica en cuestión activó el modo Nietzsche y se puso a debatir, disertar y argumentar sobre teorías y conceptos que terminaron con toda esperanza de conquista para Mauricio.
Mientras el sujeto ese, que a mí siempre me había reventado las tripas, se excitaba con sus discursos kantianos, el otro desgraciado se bebía mis cervezas como alma del desierto, por lo que me pusieron de malas y me echaron a perder la fiesta.
Como pilón, jamás olvidaré la vez que una exnovia, a la cual le estipulé casi por escrito que no me gustaban las sorpresas, me llevó a comer, hasta ahí todo bien, y después, cuando yo lo único que quería era disfrutar de su cobijo, me fulminó con una reunión imprevista con varios de mis mejores amigos que, siendo honesto, en ese momento no tenía ganas de ver y quienes no entendieron mis gestos y demás lenguajes no verbales para que se fueran de inmediato.
O la vez que mi padre, habrá sido a mis 28, 29 quizás, compró un pastel y mi hermano mayor, a quien detesto desde hace lustros, se sentó a mi lado con su novia en turno para fastidiarme con su presencia: era tanta la tensión que, sin decir palabras, se victimizó por haber decidido estar donde no debía y se fue con los ojos llorosos hacia la calle de la mano de su amada; obviamente el momento fue asquerosamente incómodo: un señor de más de cuarenta años con el que en varias ocasiones he salido casi a los golpes chillando como escuincle porque, a su edad, no sabe lo que es el criterio. Terrible.
Pero dicen que para algo sirve contar las cosas; ahora que rememoro tantos momentos amargos y ya siendo un sujeto, creo, más cabal, que llegó por fin a la mitad de su vida, reflexiono lo siguiente: mi hermana no lo hizo adrede, no imagino lo difícil que fue para ella entrar al quirófano a sus 19 años; además, algo que tampoco olvidaré de aquel cumpleaños número siete es la llegada de mi abuela Graciela, una de las mujeres más adorables de la vida, que entró a la casabde mis padres cargando un pastel de chocolate para mí.
Mi abuela recordaba los cumpleaños de todos sus hijos, sobrinos, nietos, yernos, nueras y demás: es uno de los seres más luminosos que vi en la vida; desde que tengo memoria, hasta que murió en 2014, el día de mi cumpleaños sonaba el teléfono y sabía que era ella, con su felicitación amorosa que me hacía recobrar la esperanza en las fechas especiales.
También, cuando cumplí los 18, no olvido que mis amigos, ante la ausencia de comida y mis lágrimas en los ojos, se rehusaron a dejarme solo y me llevaron casi a rastras a una pizzería para celebrarme. Por ahí anda una foto de ese momento, imagen que valoro muchísimo porque creo que jamás volvimos a juntar a tantos de mis amigos más cercanos en una misma mesa, algo que cada día veo más difícil de lograr.
Otro que por mucho tiempo fue un alegrador de cumpleaños es uno de mis mejores amigos, Mauricio, quien a los colegas cercanos siempre nos sorprendía con un pastelito en la puerta de nuestras casas y quien, precisamente, fue el que se aferró a que nos fuéramos aquel día a la pizzería. Así, son pequeños detalles y personas especiales las que arrojan luz en la penumbra, como cuando llegué a los 34 y mi ahijada me sorprendió con una llamada telefónica que me conmovió hasta las lágrimas. Aquella vez no hubo fiesta, pero, tras colgar el teléfono, las lágrimas me fluyeron más de uns hora porque uno de los seres más maravillosos de mi mundo se acordó del día en que nací.
Ahora que lo pienso, fui mezquino al estar entripado con dos estúpidos en mi cumpleaños 21 en vez de disfrutar al resto de los invitados, así como el día en que mi exnovia tuvo un gesto amable conmigo y yo preferí hacer berrinche para pasármela mal.
Al día que mi padre casi se descalabra no hallo cómo verle el lado bueno, pero sí me obliga a recordar mi cumpleaños número seis, cuando él y mi madre me organizaron una fiesta enorme y a la que fueron todos mis amigos de la primaria y hasta hubo un mago; era pequeño, pero recuerdo con claridad que me la pasé feliz, jugando y riendo todo el día.
No tengo memoria de mi fiesta de un año, porque no soy un mutante superdotado, pero sí llegué a ver las fotos y el video de ese festejo donde hubo payaso, un pastel enorme de Mickey Mouse, mucho baile, alcohol, pero, sobre todo, dos padres amorosos que me daban besos a cada rato y me traían cargando para aquí y para allá, como un trofeo que les mandó Dios para presumirlo ante el mundo.
A la mitad de mi vida, me doy cuenta de que estamos acostumbrados a ver lo malo, los problemas, lo negativo, las supersticiones, las culpas y los miedos. ¿Quiero soplar unas velas y pedir un deseo? Creo que sí. ¿Quiero comer con la gente que quiero, brindar y ser el festejado? Tal vez. ¿Extraño la llamada de mi abuela? Por supuesto que sí, con toda mi alma. ¿Necesito un recordatorio para saber que la vida pasa como una aplanadora que nos arrastra hasta la muerte? No. Creo que al final eso es lo que odio de los cumpleaños: nos condenan a esperar una fecha para celebrar, cuando la vida es especial todos los días: por eso hoy, que no sé ni qué día es, comeré pastel.

