
Un día anocheció y me di cuenta de que me había quedado sin amigos. No esperes una historia dramática, trágica o llena de traiciones y enredos: aquí nadie ofendió a nadie ni se metió en la cama con quien no debía; tampoco fueron cosas de dinero o alguna ofensa personal, nada de eso, simplemente fue el flujo de la vida que, al parecer, nos aleja del mundo hasta hundirnos en la soledad.
Recuerdo con amor esas noches de viernes y sábados, muchas veces las tardes de domingo, cuando, tras una semana estresante de trabajo, mis amigos veinteañeros y yo nos reuníamos ante el frío de las cervezas para desahogarnos sobre las inclemencias de la vida; quién diablos iba a necesitar un psicólogo si teníamos cuatro o cinco escuchas que daban los peores consejos del mundo, pero con los cuales las horas se atascaban de risas.
¡Carajo! Lo mejor es que disfrute cada momento al lado de esa bola de sujetos y una que otra dama que nos hacíamos compañía sin esperar nada a cambio, la única gratificación era el placer de estar, de hacernos compañía, de endulzarnos, aunque fuera un poco, el paso por el mundo, que suele ser a veces tan amargo. ¿Éramos felices y no lo sabíamos?… No, sí lo sabíamos, pero gozamos esos tiempos como una paleta de hielo, que si no te la comes se derrite, pero de una u otra forma, se acaba.
Los amigos son un imprescindible limbo entre el amor y la familia, entre la pareja y los lazos sanguíneos, porque los amigos no exigen tiempo, no tienen celos, no reclaman y perdonan… hay etapas de la vida que los amigos lo son todo.
Pero hay otras en las que dejan de serlo, en las que incluso se vuelven un estorbo, una carga, una molestia en el teléfono, afuera de la casa o donde quiera que se presenten, de eso me di cuenta aquella noche en la que, tuve que aceptar, se esfumaron todos.
Hubo un tiempo en el que tenía camaradas por racimos: los de la niñez, los de la secundaria, los de la universidad, siempre supe conservar y cosechar las amistades, como plantas que uno riega y alimenta para que nunca pierdan ese verde brillante que da alegría al paisaje, pero uno aprende que hasta la flor mejor procurada debe morir un día. Cada hierba tiene sus temporadas.
La mayoría de mis amigos se fueron haciendo de una vida en la que yo era un intruso; varios de ellos se entregaron al universo del trabajo: “Es que ando bien jodido, luego nos vemos”. “Es que mañana tengo que chambear”. “Es que ahora sí me traen en chinga”. “Es que, es que, es que…”.
No los culpo, más me duele que durante mucho tiempo yo fui ese ente sin vida que no tenía tiempo más que para atender su empleo, hasta que me cansé y decidí recuperar mi vida social, sólo para darme cuenta que esa vida no estaba ahí esperándome. Lo sé, lo sé, yo también he fallado, no soy un santo ni el amigo perfecto, lo sé, sin embargo, trato, creo, de estar lo más que puedo.
En fin, si no era el trabajo era el dinero; al parecer, las personas ya no disfrutan de una charla en la banqueta, como cuando uno es niño y sin siquiera una moneda de por medio, te la puedes pasar increíble: “Es que no tengo lana, mano”. “Ando bien corto, mejor nos vemos en la quincena”. “Uy, no carnal, ahorita ni para la gasolina”.
Las deudas, el capitalismo, las pretensiones aniquilaron a muchos de mis camaradas que no son capaces de aceptarme una chela banquetera nomás para ponernos al día. Qué doloroso.
También están por ahí los cuates con los que sin duda pasaríamos horas extraordinarias, pero que viven tan lejos que parece un sinsentido trasladarse más tiempo del que estaríamos juntos; entre varios de ellos y yo incluso hay carreteras de por medio, casetas que pagar, peligros que sortear… al parecer la amistad no vale una manejada entre tráileres y el miedo a que el coche se rinda en medio de la nada.
Por eso, más coraje da que, los que viven a un tiro de piedra, se conforman con mensajes de WhatsApp que en realidad no construyen nada; cómo detesto que Zygmunt Bauman tenga tanta razón, que mi vida social sea un lago de aguas turbias en el que nada se solidifica; que, en el presente, los fuertes vínculos que algún día tuve con algunas personas, hoy sean tan frágiles como enviarnos memes todo el día, incluso sin que nadie responda nada. ¿Cómo pasamos de charlar por horas a este vínculo banal, vacío y aburrido?
Sin embargo, el punto máximo de mi frustración fue cuando mis amigos se mimetizaron con otro ser humano y comenzaron a responderme como si fuesen un ente mitológico subordinado a la codependencia, como simbiontes que en mi planeta de hombre solitario no tienen cabida en ninguna descripción. Ante la pregunta de: “¿Qué onda, nos vemos?”, la respuesta es: “Es que vamos a cenar en la casa”. “Uy, es que andamos cansados”. “Perdón, pero vamos a ir a la casa de los papás de Fulanita”. “Es que Sutanita anda de malas”… Pero tú, ¿tú estás cansado, tú vas a ver a tu familia, tú no tienes libre albedrío? ¡Por el amor de Dios!, deja de responderme en primera persona del plural, te lo ruego.
Cómo me ha costado entender esas mutaciones en las que uno se transforma en dos, peor cuando mis amigos se convierten en niños de cinco años y confiesan: “Es que Perenganita no me deja”. ¡¿Qué?! ¡¿Que no te deja quién?! No soporto la idea de que un adulto de más de treinta años no pueda decir: “Ahorita vengo, voy con Tal”, y se desaparezca dos o tres saludables horas para hablar con un camarada lo que no puede confesar ante su mujer.
¿Iremos a un tabledance, por drogas, a una orgía con travestis y prostitutas? ¡Por supuesto que no!, pero es que hay cosas que sólo los cuates entienden, uno no puede llegar así como así y decirle a su pareja: “El otro día casi me vengo con un gol que metió el delantero de tal equipo” o “No mames, qué ganas de que los pokemones fueran reales, yo seguro tendría un Chárizard”. Hay risas, hay problemas del trabajo, hay confesiones que sólo se pueden compartir con entes igual de estúpidos que uno, y esos son los amigos.
No sé si peor, también están mis amigas, que se consiguieron novio y, al parecer, perdí enormes derechos como su amigo porque, válgame Dios, se ponen celosos de mí… Se ponen celosos de un hombre con el que sus parejas han compartido noches enteras, habitaciones de hotel, viajes en carretera, muchas veces hasta la misma cama y que jamás les ha tocado un sólo cabello porque, ¡sorpresa!, tenemos la madurez de cultivar una amistad entre dos miembros de la misma especie, pero de diferente género. Me dan ganas de llamar a esos sujetos y decirles: «Por supuesto, camarada, estaba esperando a que esa mujer, a la que considero una hermana, tuviera una relación para, ahora sí, saltarle encima como esos monos que se masturban en los videos de Discovery Channel… claro, así de soy de cavernícola».
Llega un momento en el que las personas se encierran en una jaula para dos y ahí deciden estar bien. Un día un colega me confesó: “Es que no, cómo nos vamos a ir a la playa nomás tú y yo, imagínate, después Perenganita se va a querer ir con sus amigas, y pues no…”. Esas palabras destrozaron mucho de mi fe, porque comprendí: las parejas son rehenes de sí mismas, intercambian sus libertades para mantener cierto equilibrio y paz que se verían perturbados por cualquier movimiento en falso que lastime sus inseguridades y melancolías.
Otro de mis amigos fue más al grano y soltó: “Es que prefiero no tener pedos, ya me entenderás cuando estés en mi lugar, un día te va de tocar”, como si las relaciones amorosas fueran una condena de la que uno no podrá escapar por siempre, como si se tratase de un monstruo que en algún momento ha de abrir el closet para alojarte en sus entrañas… “Ya me entenderás” lo interpreto como “ya sufrirás lo mismo”, y eso, con perdón de quien se sienta aludido, me parece desolador.
Finalmente, con el corazón en un puño, debo aludir a los amigos que, por decisiones de un Dios caprichoso, ya no están en este plano. Por más que he intentado tener charlas con ellos, nomás no me contestan: cuántas veces he hablado como estúpido ante el cuadro que pintó Fulano y no obtengo más que mis propios pensamientos. Me encantaría que esa mezcla de azules, verdes y anaranjados que trazó en vida, me retroalimentaran de alguna manera, me dijera alguna palabra, pero nada…
Jodido y resignado, puse un letrero en mi ventana: “Se solicitan amigos”. A la media hora tocaron a la puerta, era un marihuano que quería dinero, le cerré en las narices; al rato, otra vez sonó el zaguán, era un vagabundo que quería dormir en mi sala, me dio miedo. Más tarde aventaron una piedra a la ventana, me asomé, era un grupo de travestis que querían mi amistad y mi cama para cumplirle unos servicios a tres señores que los esperaban en un taxi, les dije que se fueran y quité mi cartel. ¡Caray! ¿No extrañas la niñez, cuando simplemente le aventabas un balón al vecino y zaz, tenías un nuevo amigo?
Traté entonces en los grupos de Facebook: “Ando buscando amigos, informes inbox”, escribí un tanto emocionado porque quizás conocería a las personas que me acompañarían en charlas y aventuras la próxima mitad de mi vida… Nada, en su mayoría me respondieron algunos gays, con quienes no tengo problema, pero que sólo querían algún tipo de acercamiento carnal conmigo. Cuando llegó una foto con un close up de algo similar a un chorizo, cerré la aplicación y borré mis publicaciones.
Por eso hoy, que entendí que me quedé sin amigos, sin la cerveza fría y la charla trivial, sin las risas, sin los abrazos, sin las empatías que sólo entregan aquellos que dan sin esperar, me serví un vaso de ron con cola y me paré frente al espejo: ahí estaba otro sujeto solo, con los mismos problemas que he padecido los últimos meses, las mismas preocupaciones, el mismo estrés y las mismas ensoñaciones; ese de ahí se miraba igual de cansado que yo, igual de triste, igual de contento. En su mano también había un trago de ron; lo miré a los ojos, me miró: brindamos. Le sonreí, me sonrió: bebimos. Me invitó a pasar y, sin dudarlo, atravesé el umbral para entrar en su mundo de reflejos.
Nos sentamos en una sala idéntica a la que tengo en casa, charlamos por horas: teníamos los mismos gustos, los mismos traumas, la misma historia, nos entendimos perfecto. Me encantó que nada nos molestaba del otro: si yo me ponía a leer, él no se ofendía; si él dormitaba, yo aprovechaba para comer algo, era una sincronía divina. En ese momento, cuando nuestra botella de ron casi se terminaba, a los dos se nos salió una lágrima porque entendimos que Dios da y Dios quita… tuvimos que perder tantos amigos para conocernos, para disfrutarnos, para vivir en paz sólo con nuestra mutua compañía.
Corolario. Si has llegado hasta aquí, mereces algo más que mis quejas, que son más un recurso literario que mi única visión ante la vida. Claro que adoro a mis amigos y el tiempo que logro arrancarles para pasarlo juntos. Si bien todo lo que has leído es cierto, también disfruté de la charla y los tragos de seis horas que me invitó un amigo hace unos días, de la cerveza banquetera que me tomé con otro, de los consejos que me dijo una más de mis queridas hermanas por elección, así como del viaje en carretera y la comida que compartí con un grupo de amigas gracias a la presentación de uno de mis libros en Cuernavaca.
Claro que yo también, sin querer e inconscientemente, seguro he sido un pésimo amigo en algunos momentos, y por ello, me disculpo enormemente.
Pero no todo es oscuro en la vida; por eso, me causó gracia que justo en los días en que escribí este texto, abrí un librito que me agencié de un fallecido (la siguiente semana hablaremos de eso) y me regaló este proverbio árabe, que ahora te comparto en agradecimiento por aguantar mis letras: «La visita de un amigo refresca como el rocío de la mañana»… Si eres uno de mis amigos y quedaste fulminado por mis reclamos, ven y refresca mi hogar cuando quieras, siempre tienes mi puerta y mi corazón abiertos para ti.

