
Desde noviembre de 2024, cuando Donald Trump ganó por segunda vez las elecciones presidenciales en Estados Unidos, sabíamos que habría cambios importantes en el sistema mundo y en las relaciones internacionales. Uno de estos fenómenos de transformación que mayor expectativa ha creado en los últimos días es la postura de la Unión Europea sobre su autodefensa y el gasto militar.
Mientras el mandatario estadounidense parece estar más a favor de conflictos económicos y financieros, más que armados, el bloque europeo se aferra a los enfrentamientos convencionales belicistas, incluso más allá de las variadas posiciones políticas que existen en dicha región.
Pedro Sánchez, presidente de España y de origen socialista, ha dicho que está a favor del aumento en el gasto militar de la Unión Europea, pero sin sacrificar el gasto social; Emmanuel Macron, mandatario francés, de postura conservadora moderada, también se suma a esta propuesta, aunque no adhirió la parte de ponderar los recursos para el bienestar social ante los gastos de guerra.
Políticos de países como Polonia y los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) han sido firmes defensores del aumento del gasto militar, dada su proximidad a Rusia y la percepción de una amenaza directa, más cuando Trump ha mostrado, a través del caso de Ucrania, que no le interesa defender con desesperación causas tan lejanas de su territorio continental.
En tanto, partidos de izquierda y extrema izquierda, como Sumar en España, tienden a oponerse al aumento del gasto militar, argumentando que los recursos deberían destinarse a programas sociales y servicios públicos, postura similar a la de organizaciones y movimientos pacifistas y ecologistas, como Ecologistas en Acción, que critican la falta de apoyo en áreas importantes para sus agendas.
Muchos líderes que respaldan firmemente la OTAN también abogan por aumentar el gasto militar, en línea con el objetivo de la alianza de que los miembros destinen el 2% de su PIB a defensa. Entre 2021 y 2024, el gasto en defensa de los Estados miembros de la Unión Europea (UE) aumentó más de un 30 por ciento, alcanzando los 326 mil millones de euros.
Esto representa aproximadamente el 1.9 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) comunitario, según datos de la UE, que planea aumentar en 800 mil millones de euros el gasto en defensa. Y es que, por ejemplo, España necesita casi 60 mil militares adicionales para alcanzar la media europea.
En últimas fechas, el propio Pedro Sánchez, además de otros personajes clave de la política regional, como la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, han respaldado la idea de crear un ejército europeo, pues el propio mandatario español ha dicho: “Europa deberá defenderse sola”.
La pregunta es: ¿defenderse de qué? Posturas como la que está tomando la Unión Europea precisamente alimentan la idea de que las industrias como la farmacéutica y la armamentista son las que mueven al mundo; además, demuestran de forma contundente el enorme fracaso de proyectos como las Naciones Unidas, la Corte Penal Internacional y demás organismos internacionales multilaterales que no sirven para nada, pues, al final, los Estados quieren resolver todo a bombazos e invasiones.
¿Qué el ejemplo de Japón no es suficiente? Después de la Segunda Guerra Mundial, el país asiático renunció a tener ejército, debido a los acuerdos de paz que realizó con Estados Unidos. A partir de ahí, su nación vivió una enorme época de desarrollo, gracias a la invención del radio de transistores y la enorme inversión que su gobierno pudo hacer en incentivar el desarrollo tecnológico, ante todo el ahorro que logró debido a que no necesitó erogar los cuantiosos recursos que requiere la manutención de una armada.
Aunque Japón cuenta con una Fuerzas de Autodefensa de Japón, no tiene ni el tamaño ni los recursos que requiere un ejército convencional. Por ello, el gasto social en Japón también aumentó y con ello se benefició a la calidad de vida.
Al parecer, y gracias a que tiene garantizada su defensa a través del ejército de Estados Unidos, el país nipón fue de los pocos protagonistas de la guerra que entendió todos los objetivos de la cooperación internacional, pero ni eso es un ejemplo que el gato armamentista no genera ningún beneficio para nadie.
