
Es preocupante lo mucho que está subiendo la temperatura social. Pareciera que la ley ya es autoimpuesta por la sociedad, sin importar el país, el estrato o diversos factores que entes eran determinantes sobre la conducta de las poblaciones.
Uno de los episodios noticiosos que en últimas fechas nos llevó a esta reflexión fue el caso de doña Carlota, en Valle de Chalco, Estado de México, quien, a sus 73 años, asesinó a balazos a dos personas, acusadas por ella misma de invadir una de sus propiedades.
Fue impactante ver a una septuagenaria manipular de forma profesional un arma de fuego, pero no podemos perdernos en la anécdota e ignorar que, llanamente, se trató de una ciudadana haciendo justicia por su propia mano, tal como lo hizo otro adulto mayor un día después, quien se defendió a machetazos de un delincuente que lo quería robar.
En ambas situaciones se trató de presunta defensa propia de sus intereses, aunque, en esencia, se insiste en que es la sociedad haciendo justicia por su propia mano. Pero, ¿qué pasa cuando las razones de la violencia son sin duda irracionales? El pasado viernes 11 de abril, en la Feria del Caballo de Texcoco, se suscitó una revuelta cuando seguidores de Luis R. Conrriquez destrozaron un palenque porque el cantante se rehusó a interpretar narcocorridos. Más allá de las pérdidas económicas y materiales, ¿dónde se está generando el criterio de estos grupos sociales, que no tienen miedo a ninguna autoridad, que hacen valer sus necesidades, incluso banales, a través de la rabia y la agresividad?
Es preocupante porque se está gestando en la sociedad la percepción de que ella puede sola. En zonas como Ecatepec, Estado de México, cada vez es más común observar la proliferación de grupos que sepa Dios qué son o a quién le rinden cuentas, pero que toman protagonismo en el dominio del espacio público: no son sindicatos, no son confederaciones, no son más que estructuras que usan la violencia para imponer sus fines.
Son muchos los negocios o las unidades de transporte público que tienen lonas o calcomanías de afiliación a estructuras ligadas al robo a casa habitación, a la invasión de propiedad privada e incluso a prácticas como las de los montachoques. Es decir, abiertamente ya hay células de la sociedad a las que se les puede vincular a diversos delitos, pero contra las cuales ninguna autoridad hace nada.
Vivimos una crisis en muchos niveles. En redes sociales se viralizó que, en varios países, se está presentando la policía a las salas de cine donde se proyecta Minecraft, la película, porque hay escenas donde los espectadores enloquecen y causan desmanes a media función.
Es desalentador no saber quién tiene las riendas del orden. Crecimos pensando que la policía o el ejército garantizan la paz social, pero, desde los ejemplos más bobos, hasta los más preocupantes, cada día vemos que cualquier persona puede hacer lo que le dé la gana, sin importar las consecuencias.
¿Cómo vamos a revertir esto?, ¿de dónde viene la cultura de la violencia: los videojuegos, las redes, los narcocorridos? Me aterra pensar hacia donde vamos si este tipo de actitudes arbitrarias en la sociedad siguen creciendo.

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