Los poderes de la escritura

La acción de escribir tiene el poder de transformar la realidad. No hace falta ser un o una profesional, hace falta escribir y la práctica de la actividad hará la magia. Por un lado, uno personal, egoísta si se quiere, escribir transforma a quien escribe. No me refiero a género alguno, por el momento sólo me refiero a la escritura privada, íntima; a poner por escrito las vivencias diarias; agradecer aquello que nos parezca meritorio de tales gracias o a dejar correr las palabras sin destino ni dirección… Sólo “escribir por escribir”. El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus logico-philosophicus, lo dice de forma sucinta en el aforismo 5.6: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.” Así que cualquier trabajo, cualquier variación o ejercicio con mi lenguaje tendrá como consecuencia la transformación de los límites del mundo personal, pero esta modificación de límites no puede ser un menoscabo. Sólo en el caso de algunas enfermedades que afectan a la mente o las áreas del cerebro que regulan el lenguaje, éste tiene una reducción. Así pues, escribir es un modo de manipular nuestro mundo porque manipulamos nuestro lenguaje.

            Ahora, escribir no nos cambia de cualquier forma sino que lo encamina a uno hacia una mejor versión. Cuando “arrastramos el lápiz” dejamos de prestar atención a lo que nos distrae, nos concentramos y vivimos el momento. Mientras escribimos, el sentido gramatical necesario para organizar las letras en oraciones nos regala un sentido a la existencia propia; da paso al autoconocimiento y enriquece nuestra visión del mundo. De cierto modo nos pone en contacto con un Yo profundo que nos habita y desde el cual podemos experimentar la vida…

            ¿Será que hay magia en las letras? Uno de los libros que más he tardado en conseguir desde que me lo presentaron es La Diosa Blanca, de Robert Graves. En éste, el inglés explica la tesis de que la poesía, como género literario, digamos, tiene su origen en el culto a la divinidad femenina que él llama, precisamente, la Diosa Blanca; figura que sintetiza y aglutina a todas las diosas desde Isis en Egipto pasando por la babilónica Ishtar, la romana Minerva, la Danna celta y hasta la Dama del lago de las leyendas artúricas y la mismísima Virgen María… Un libro por lo demás interesante. En esta obra, Graves dedica bastantes páginas a dilucidar los diferentes mitos, fábulas y personajes que tienen participación en la “invención” de las letras de los distintos alfabetos como parte vital de un mecanismo para atrapar la “realidad” y poder modificarla y manipular mediante hechizos y magias diversas. Creencias supervivientes en nuestros días bajo distintas formas, sólo hay que darse una vuelta por el mercado de Sonora o buscar en Tik Tok cómo “amarrar” a alguien y se podrá comprobar que la idea de que el nombre es parte sustancial del individuo y que con las palabras que lo forman, escritas de cierta manera, en cierto lugar y con cierto tratamiento se pueden lograr múltiples “efectos”.

            Simultáneamente, escribir nos pone en relación con los demás y aunque pareciera que quien escribe se aísla y rehuye del contacto con sus semejantes; esta acción nos agasaja con la capacidad de comunicar, de trasladar los deseos e ideas desde el interior de nuestra mente al corazón del otro sin importar tiempo, espacio o distancia. Esto y no otra cosa es lo que sucede cuando leemos, por ejemplo, La sonata a Kreutzer, de Lev Tolstoi, o El túnel de Ernesto Sábato: luego de ingerir las palabras de estas novelas comprendemos y empatizamos con Pózdnyshev y Juan Pablo Castel, protagonistas de sus respectivas historias. Ambas obras presentan al celoso de tal manera que sus debilidades, inseguridades, sus ideas y pasiones más íntimas se nos hacen presentes en nuestro interior y, nadie que haya experimentado en alguna medida los celos, estará exento de ponerse en los zapatos de estos personajes. Nada ha viajado, no se ha desplazado ninguna cosa, ambos escritores yacen hace tiempo en el sepulcro, pero también es cierto que estos muertos nos revelan una verdad mediante la fantasmagoría, el simulacro de vida que se forma en nuestra cabeza (¿o mejor decir alma?) mientras leemos… El milagro de la empatía se realiza.

            Escribir, pues, parece que es hacer nada, uno no se mueve, casi, sólo la mano discurre por la hoja mientras deja correr la tinta; los dedos bailotean sobre el teclado en una danza no siempre discernible, pero es un viaje a las profundidades de quien escribe; es un zambullirse, un tomar impulso para ampliar, extender, transformar los límites del mundo propio, individual, el mundo  que percibimos y  podemos expresar… Esas manos realizan unos pases mágicos que se vuelven un hechizo que transforma la realidad.

   Un mito coloca a Ganesh con Parvati, su  madre, Shiva, su padre y a Karttikeya, su hermano, dios de la guerra, los ladrones y estafadores, en el monte Kailash. La familia disfrutaba de un día de campo en aquel sagrado lugar cuando llegó volando el sabio maestro Narada con un mango dorado. A ambos niños se les despertó el deseo de comer el fruto pero el viejo sabio les dijo que sólo se lo daría al primero de ellos que diera tres vueltas al mundo. Karttikeya saltó sobre Paravani, el pavo real que usa como montura y salió volando. Ganesh, por el contrario se ensimismó y tan metido estaba en sus pensamientos que apenas se percató cuando su hermano pasó cerca de él al completar la primera vuelta. No mucho después, el pequeño con cabeza de elefante se levantó para dar tres vueltas alrededor de sus padres y luego se volvió hacia el anciano Narada y dijo: “¡Gané! ¡Mango!”. Sorprendidos, tanto Shiva como Parvati, preguntaron al pequeño el porqué de su demanda, “Ustedes son mi universo, son mis padres, por lo tanto ustedes son más que todo mundo”. Luego de eso, Narada no tuvo más remedio de entregarle el mango dorado a Ganesh. Cuando dios de la guerra terminó de dar la tercera vuelta, el patrono de los escritores ya había devorado el fruto y, bueno, en otro momento, si viene al caso, escribiremos de la reacción de Karttikeya… Mientras escribiremos de aquello que nos apetezca.

Publicado por Paradigma

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