Por Edith Lomovasky- Goel
El contexto de este ensayo personal
En el marco de mis lecturas sobre mujeres transgresoras en diversos campos de la creación, pensé que leer a Virginia Woolf, la gran precursora de la escritura de mujeres, me enriquecería como lectora y poeta. Lo mío es un camino personal sin rigurosidad académica pero sí con el deseo de organizar este monumental corpus que voy plasmando a medida que descubro figuras icónicas y almas mater de coordenadas diversas -desde María Magdalena hasta Sei Shonagon, desde Hilma de Klint hasta Rigoberta Menchú. La mayoría de la lista la conforman las poetas y pintoras que marcaron una diferencia, en su mayoría hispanas.
En el proceso de mi búsqueda del texto de Virginia Woolf encontré otro, no menos sugestivo y contrapuesto de alguna manera a Un cuarto propio, que lleva por título Feminismo sin cuarto propio, de Dahlia de la Cerda. Decidí leer y rastrear en ambos los rasgos esenciales que las unen y las diferencian. Las siguientes líneas recorren ese camino.
Introducción
En primer término, leí el ensayo Un cuarto propio de Virginia Woolf porque me interesa lo que para ella es un cuarto propio y cómo logró alcanzar las condiciones propicias para ser escritora. El ensayo me permitió conocer mejor su mirada del género masculino y la relación entre el rol de la mujer y el del hombre.
Virginia Woolf dio dos conferencias sobre La mujer y la literatura en 1928. Este es el marco del que derivó su ensayo.
Ignoré en mis comentarios muchos pasajes que describen la evolución de la escritura femenina en la Europa de la Edad Moderna y ejemplos descollantes de figuras de la narrativa inglesa femenina en especial. Asimismo evité comentar tópicos como el sufragismo en Inglaterra, del que se ocupa Virginia Woolf en su escrito.
Luego, buscando el ensayo de Virginia Woolf en Scribd- la biblioteca universal de Borges hecha realidad, gran tesoro virtual- encontré otro texto contestatario pero no contra el patriarcado sino contra el feminismo de “las privilegiadas” blancas, académicas y de alto nivel socio- económico. Se llama Feminismo sin cuarto propio y lo escribió con letras de fuego la escritora, filósofa y activista mexicana Dahlia de la Cerda. La lectura de este texto funde con maestría lo personal con lo universal y lo político.[1]
Dahlia integra con carisma candente una narración autobiográfica doliente (¿una autoficción?) en la primera parte del ensayo para presentar después una breve y simplificada reseña del movimiento feminista y sus diferentes etapas. Me focalicé en esa primera parte, que es un grito de ira contra la mujer hegemónica que la autora no es.
Dahlia insta a sus hermanas nacas[2], de zulo[3], a escribir, a recuperar su voz. Por supuesto que ellas son mucho más silenciosas y están más silenciadas que las mujeres que no conocen ni conocieron la precariedad extrema. Por supuesto que un grito de guerra despierta conciencias y ojalá todas tengamos la voz y el hacer que deseamos y que el mundo necesita.
Finalmente, quiero puntualizar que en mi lectura no me detuve en todos y cada uno de los aspectos que ambas autoras tratan en sus ensayos sino que lo mío es una mirada sesgada dirigida a las diferencias y puntos en común entre ellas frente a la cuestión de las condiciones óptimas para que la mujer escriba.
Mi lectura de Un cuarto propio, de Virginia Woolf
Virginia Woolf (1928) define las condiciones mínimas para que una mujer pueda ser escritora: tener un cuarto propio y una renta asegurada. Explica su propia fortuna al haber heredado dicha renta de una tía y resume sus zozobras económicas y sus múltiples esfuerzos laborales y apremios antes de recibir dicha herencia.
Hasta entonces me había ganado la vida escribiendo pequeñas notas para los periódicos, que informaban una exposición de burros aquí, una boda allá; había ganado algunas pocas libras escribiendo sobres, leyéndoles a ancianas, haciendo flores artificiales, enseñando el abecedario a niños pequeños en jardines de infantes. Esas eran las tareas principales que estaban disponibles para las mujeres antes de 1918…( Woolf, p 37).
…. Para comenzar, está el hecho de siempre tener que realizar un trabajo que una no tiene ganas de hacer; y hacerlo como una esclava, siendo servicial y dando halagos. Quizás esto último no siempre era necesario, pero así lo parecía, y había demasiado en juego como para arriesgarse. Todo esto se convirtió en óxido que carcomía los brotes de la primavera, destruía el árbol desde su corazón…( Woolf, p 38).
Virginia confiesa llevar las marcas de aquel sufrimiento y aquel desgaste de por vida.
En la crónica de la mujer y la escritura que ocupa a la autora en este ensayo, se menciona la figura de Aphra Behn, escritora inglesa del siglo XVII de clase media y mucha valentía:
Dejamos atrás, encerradas en sus parques, entre sus folios, a aquellas grandes damas que escribieron sin público ni crítica, por puro placer personal. Llegamos a la ciudad y nos codeamos con la gente común en las calles. La Sra. Behn era una mujer de clase media, con todas las virtudes plebeyas del humor, la vitalidad y el coraje; una mujer que se vio obligada, por la muerte de su esposo y algunos infortunios propios, a ganarse la vida con su ingenio ( Woolf, p 64).
Así, Virginia Woolf afirma:
Hacia finales del siglo dieciocho ocurrió un cambio que, si yo volviera a escribir la historia, describiría en más detalle y señalaría como de mayor importancia que las Cruzadas o La Guerra de las Dos Rosas. La mujer de clase media comenzó a escribir. (p 64).
Frente a esas pocas mujeres icónicas como Aphra Behn, Virginia Woolf habla de la mujer- espejo en la dialéctica de los hombres poderosos que destacaban la inferioridad femenina para magnificar por contraste su propia imagen:
Cualquiera pueda ser su uso en las sociedades civilizadas, los espejos son esenciales para toda acción violenta o heroica. A esto se debe que tanto Napoleón como Mussolini hayan insistido tan enfáticamente en la inferioridad de las mujeres; porque si ellas no fueran inferiores, ellos dejarían de agrandarse (Woolf, p 36).
Eso sirve para explicar en parte que las mujeres sean a menudo indispensables para los hombres. Esclarece, también, que los hombres sean tan sensibles a su crítica, que sea imposible para ella decirles «Este libro es malo», «Este cuadro es flojo», o lo que sea, sin causarles mucha más pena y provocando su ira mucho más de lo que lo haría la crítica de un hombre, dado que, si ella comienza a decir la verdad, la imagen en el espejo disminuye su tamaño, así como disminuye la aptitud de él para la vida. ¿Cómo se supone que él pueda continuar dictando sentencias, civilizando nativos, pasando leyes, escribiendo libros, eligiendo sus trajes y dando discursos en banquetes, si no puede verse a sí mismo en el desayuno y en la cena al menos dos veces más grande que su tamaño original? (Woolf, p 36).
Sin embargo, refleja empatía al hablar del precio que pagan los hombres por ejercer el poder:
Ellos también, los patriarcas, los profesores, tienen dificultades interminables, terribles desventajas que deben superar. Su educación en determinados aspectos ha fracasado tanto como la mía. Generó en ellos defectos igualmente graves. Es cierto que tenían dinero y poder, pero a costa de albergar en su pecho un águila, un buitre, continuamente carcomiendo sus entrañas: el instinto de posesión, el furor por engrosar sus arcas, que los lleva a desear constantemente los bienes y las tierras de otra gente; a trazar fronteras y clavar banderas; a construir barcos de guerra y utilizar gases venenosos; a ofrecer sus vidas y las de sus hijos. ( Woolf, p 38-39)
Asimismo, Virginia reflexiona sobre la unidad de pensamiento, que considera fragmentada al pensar en la dicotomía ellos- nosotras:
Tal vez pensar a un sexo como diferente del otro, como había hecho durante los últimos dos días, requiere de esfuerzo. Interfiere con la unidad del pensamiento. (Woolf, p 88).
La unidad de pensamiento le importa a la autora y la perturba la mirada sesgada del ellos- contra-nosotras o nosotras- contra ellos, no le alcanza. Tampoco a mí. Y no se trata de una postura apologética sino de un deseo de ver el conflicto y el dilema en como algo más complejo. Seguramente es más catártico echar todas las culpas al “otro” pero eso no llegaría a ver todo el cuadro. El ensayo se permite ir más allá de una mirada militante.
La Woolf permite seguir a través del ensayo su búsqueda de claridad y coherencia como ser pensante. Considero que el ensayo me iluminó, por la profundidad y la honradez de la escritora.
Mi lectura de Feminismo sin cuarto propio, deDahlia de la Cerda
Buscando el ensayo de Virginia Woolf en Scribd saltó otro, de Dahlia de la Cerda que se llama Feminismo sin cuarto propio que forma parte de su libro Desde los zulos, publicado en abril de 2023 por Sexto Piso (México). ¡Un gran hallazgo! Se trata de una visión distante de la de Virginia Woolf aunque ambas tienen mucho en común. Dahlia se recorta de la “hegemonía blanca”, de las “letradas”. Si bien es estudiosa y universitaria, opta por una prosa- grito militante en la que se dirige a sus hermanas “no hegemónicas”, de difícil supervivencia, invisibles. Su prosa iracunda se deslinda del feminismo blanco y de élites:
Escribo para las que no tienen cuarto propio. Para las que tienen la libreta y la pluma sobre la mesa de la cocina porque mientras molcajetean la salsa se les vienen las ideas más brillantes. Escribo para las que escriben con faltas de ortografía y para las que aprendieron a rimar escuchando a raperos callejeros. Para las que se olvidaron del cuarto propio porque tenían que trabajar para los hijos y para los padres y para la vida. Escribo para las que escribir es una cuarta o quinta jornada laboral, pero se la rifan porque las palabras son un acto político, el acto político de las desposeídas. ( De la Cerda, p 61- 62)
La ira y la urgencia destilan todo el ensayo y especialmente los relatos de la propia vida adulta de la autora:
Este texto lo escribí sin cuarto propio. Lo escribí en los tiempos muertos de mi trabajo de oficina y mientras se completaba el ciclo de la lavadora. Lo escribí en la cocina de mi casa y en las escaleras de mi patio. Lo escribí sentada en la taza del baño y lo escribí mientras las lágrimas no dejaban de salir y escribía porque el psiquiatra me dijo que golpear gente no era una buena forma de sacar mi rabia. Lo escribí sentada en el tianguis donde trabajé por años vendiendo ropa de segunda para llegar a fin de mes. Lo escribí, también, en la ruta 2 rumbo al centro de salud mental. . ( De la Cerda, p 62).
Cuando se permite respirar hondo, la autora sabe exactamente dónde se sitúa su epicentro:
No quiero escribir sobre putas que son ávidas lectoras ni sobre drogadictas que se drogan en ceremonias de ayahuasca. No creo tampoco que esté mal especializarse en literatura creativa ni escribir desde un estudio en una colonia de clase media alta. Hay mil caminos, pero ese no es el mío. Mi camino es el borde del abismo. Mi casa son los zulos. Emergí de un zulo y mi compromiso político es escribir desde y para mi lugar de ebullición. . ( De la Cerda, p 65).
Dahlia de la Cerda relata su pasado fuera de la femineidad hegemónica, o sea, la de la mujer blanca, la de los colonizadores:
Nunca me sentí identificada con la feminidad hegemónica: A mí me gustaba andar en bicicleta y adoptar sapos y jugar juegos de pelea en las maquinitas. Tampoco me gustaba usar el cabello largo ni los moños ni los vestidos ni los zapatos de charol. Ni bañarme. Pero, no es algo que pudiera decir a mis compañeras de escuela porque para encajar un poco tenía que fingir que me gustaba jugar con Barbie: de nuevo la feminidad blanca/blanqueada que no sólo es sexista, sino que está interceptada con la raza y la case. No basta con ser una dulce princesa, hay que ser una dulce princesa con los modales del colono. .( De la Cerda, p 66)
Sería demasiado simplista considerar que la femineidad de las “blancas puras” aplica a todas las mujeres y que no hubo ni hay entre ellas transgresoras ni marimachos, ni varoneras, ni valientes, ni gritonas ni corajudas ni rehacias al baño y a la pulcritud. Por cierto, el feminismo del “primer mundo” no es solamente la elegancia de un cuarto propio victoriano como el que le tocó en suerte a Virginia Woolf. De hecho Dahlia incita a las mujeres a adoptar el concepto de “cuarto propio“ con un sentido más amplio. Allí puedo encontrarme a mí misma: sin renta y sin un cuarto o estudio aislado de la casa; más bien con un rincón en la franja temporal de la rutina, en una mesa agregada a mi dormitorio o la noble mesa del comedor que convertí durante casi toda mi vida en el lugar de la creación y la reflexión. Los privilegios son un concepto relativo, tal como lo dijo Dahlia con brillantez y apremiándonos a definir nuestro posicionamiento preciso:
…cuando alguien nos señala un privilegio, por ejemplo, el de clase, en lugar de aceptar que tenemos un salario privilegiado nos tiramos al piso a llorar y decir: «pero si yo no soy Carlos Slim». No. Así no funciona, los privilegios se analizan con respecto a ti y quienes están en desventaja y no sobre ti y tu drama de quién tiene más que tú. (De la Cerda, p 71)
En otros lugares del ensayo, se marca la dicotomía entre “las niñas bien” de su escuela y las otras, las del zulo:
Las niñas de mi colegio me decían nena. Lety me decía culera. Las niñas de mi colegio se tapaban la boca para eructar. Lety y Laura y Lupita y yo competíamos a ver quién eructaba más fuerte. Las mamás de las niñas de mi colegio estaban hartas del marido y de ser amas de casa y las doñas que crían en los barrios trabajan en los tianguis y en las esquinas y en las fábricas y lavando la ropa de las mamás estaban hartas de las niñas de los colegios. ¿Te queda duda de que la feminidad de la hija educada del colono es producto de la colonialidad del ser y la blanquitud? Revisa el estereotipo de la mujer negra enojada. .( De la Cerda, p 72)
Dahlia reconoce su marginalidad en dos aspectos, el ser naca y el ser mujer:
Yo era la niña a la que llamaban gata, naca, corriente, qué haces en mi colegio si eres pobre. Mi primera otredad fue la naquitud [4]y no la mujeritud. .( De la Cerda,p 66)
Nadie que lea el ensayo puede quedar indiferente a ese grito intempestivo, esas ganas de sacar todas las broncas a través de la palabra escrita. ¿Es un acto terapéutico o político? Quizás ambos.
Es en la convocatoria a otras mujeres, donde me sororizo con ella, la abrazo, le acepto su entrañable invitación:
Virginia Woolf decía que para que una mujer escriba es necesario un «cuarto propio», un espacio que signifique independencia y autonomía. Desde Woolf la figura del cuarto propio ha sido un tema recurrente en la trama de la teorización feminista. El cuarto propio es el lugar deseable y la aspiración de toda escritora que sostiene la causa. El cuarto propio es la meta porque significa no sólo que puedes escribir, sino que lograste emanciparte lo suficiente para conseguir un lugar desde donde escribir. El cuarto propio es el lugar desde donde se escribe. Es tiempo. Es dinero. Son privilegios de clase y raza y epistémicos. Y es, también, un consenso general que toda escritora que quiere tener una obra fructífera debe hacerse de uno. .( De la Cerda, p 63)
Y se apoya en la escritora chicana Gloria Anzaldúa:
… Olvídate del «cuarto propio». Escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces filas en el departamento de Beneficio social, o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el escusado. No hay tiempos extendidos con la máquina de escribir a menos de que seas rica, o que tengas un patrocinador (puede ser que ni tengas una máquina de escribir). Mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo. Cuando estés deprimida, enojada, herida, cuando la compasión y el amor te posea. Cuando no puedas hacer nada más que escribir. ( De la Cerda, p 63- 64)
Dahlia de la Cerda grita sus lágrimas y sus cicatrices, abraza a otras como ella, a las menos privilegiadas. Recurre a sus amplios conocimientos académicos de literatura y conciencia feminista, explica la historia del feminismo y comparte sin rodeos y sin altanería lo mucho que sabe. Si pudiera hablar con ella, le diría que ella y yo, y tantas otras, tenemos más en común de lo que parece mirando el color de la piel o el apellido.
Me sororizo con Dhalia de la Cerda plenamente, a pesar de ser yo vagamente una “letrada” (tal como ella), una mujer menos sufriente quizás, marginalizada sí como madre soltera e inmigrante alejada de los himnos oficiales de por vida. Judía entre católicos, provinciana entre porteños, zurda al pasar al frente. Inmigrante con acento argentino marcado y “pintoresco”, siempre la otra. La amante, que fue la eterna ex legendaria y por fin ahora sola, no me rindo y sigo la aventura. Mucho menos famosa y reconocida que Dahlia y por eso más invisible. Pero ¿cómo comparar?
También me sororizo con Virginia Woolf, con su profunda sensibilidad de estanque en la penumbra y su belleza de hortensia en los patios otoñales. Soy Inglaterra. Soy Brasil. Estuve atrapada en un desierto entre dos fuegos y quise vivir en una isla. Vivo en una isla. Quizás la más bella del mundo. Quizás no haya un itinerario más bello que el que la vida me regaló, más allá de las falsas promesas.
Creo que las sororidades se entretejen a través de muchísimas fibras e itinerarios. No reduzcamos nuestra piel a su color, a su geografía, a la rúbrica de “ocupación” en los registros de la burocracia, a una religión, a una minoría bien vista, a nuestra raza o estrato social. Seamos verdaderamente un abrazo. Pero sin tapujos, a vena abierta. En todos los campos de la vida, no solo en la creación o en la carrera profesional. Sin tapujos en la aventura que cruza mares y se traga el aire de las montañas. Sin miedo a pesar del miedo, conocer nuevos límites, hablar nuevos lenguajes, hacerse amiga de las que se atreven. Atreverme.
Conclusiones
Al leer ambos ensayos podemos considerarlos como convocatorias feministas diferentes, que incitan a la mujer a escribir.
Mientras Virginia anhela un matrimonio de opuestos, un diálogo fecundo:
…la primera frase que escribiría aquí, dije cruzando el cuarto hacia el escritorio y tomando la página titulada «Las mujeres y la literatura», afirmaría que para cualquiera que escribe pensar en su sexo es fatal. Es fatal ser un hombre o una mujer pura y simplemente; es imperioso ser una mujer algo masculina o un hombre algo femenino. Es fatal para una mujer remarcar aunque sea mínimamente sus desdichas; defender cualquier causa aunque tenga razón; hablar de cualquier manera conscientemente como una mujer. Y decir «fatal» no es una mera figura retórica, pues cualquier cosa escrita con semejante tendencia de manera consciente está condenada a morir. Deja de ser fertilizada. Sin importar cuán brillante y efectivo, poderoso y magistral resulte por uno o dos días, se marchitará con el crepúsculo, no podrá crecer en la mente de otros. Debe acontecer algún tipo de colaboración en el pensamiento entre la mujer y el hombre para que se alcance el arte de la creación. ( Woolf, p 93)
E invita a las mujeres a escribir:
Por ello les pediré que escriban toda clase de libros y que no duden de tema alguno, sin importar lo trivial o lo vasto que parezca. De una forma u otra, espero que cuenten con dinero suficiente para viajar y descansar, para contemplar el futuro o el pasado del mundo, para soñar al leer libros, deambular por las calles y dejar que su línea de pensamiento se hunda profundamente en la corriente. Pues de ninguna manera creo que deban limitarse a la ficción. (Woolf, p 94)
A diferencia de Dahlia, Virginia critica duramente la escritura de mujer como grito de vida:
…afirmaría que para cualquiera que escribe pensar en su sexo es fatal. Es fatal ser un hombre o una mujer pura y simplemente; es imperioso ser una mujer algo masculina o un hombre algo femenino. Es fatal para una mujer remarcar aunque sea mínimamente sus desdichas; defender cualquier causa aunque tenga razón; hablar de cualquier manera conscientemente como una mujer ( Woolf, p 93)
Toda escritora pertenece siempre a un encuadre, siendo Virginia una escritora de la burguesía, con cuarto propio y renta propia; ella reconoció que estos privilegios le cambiaron su punto de mira y perdió su resentimiento contra los hombres:
Nunca me faltará comida, casa ni vestimenta. De este modo, no solo cesan el esfuerzo y el trabajo, sino también el odio y el rencor. No tengo que odiar a ningún hombre; ninguno de ellos puede hacerme daño. No tengo que adular a ningún hombre, no necesito nada de ellos. Así, casi imperceptiblemente, me encontré adoptando una nueva actitud hacia la otra mitad de la raza humana.( Woolf, p 38)
Obviamente, el posicionamiento socio- económico de Virginia Woolf es muy distante del de Dahlia de la Cerda, ambas entre dos polos. Ambas estimulan la escritura de mujeres. En el caso de Virginia Woolf, hay un intento de apoyar la escritura literaria hegemónica, como la de los escritores hombres de siempre. Ella valora la narrativa de ficción y no la escritura autobiográfica, los diarios y las cartas, ámbitos tradicionales de la escritura femenina.
Dahlia en cambio impulsa toda escritura que nazca de la mujer, sin cuarto propio, desde donde estén. Desde lo autobiográfico sin decoro y sin reglas de etiqueta. Que su dolor, su frustración y su creación se expresen sin tapujos en medio de su arduo día a día.
Bibliografía
Cameron, J., The Artist Way, N.Y., TarcherPutnam, 1992.
De la Cerda, D., Desde los Zulos, México, Ed. Sexto Piso, 2023.
Goldberg, N., Writing Down the Bones, Shambala, 2016.
Woolf, Virginia, Un cuarto propio / Virginia Woolf ; adaptado por Lucrecia Radyk ; Agustín Alzari, ilustrado por Cristina Rosenberg. – 1a ed . – Santa Fe : Ministerio de Educación de la
Provincia de Santa Fe, Argentina, 2018.
[1] El ensayo forma parte de su libro Desde los zulos, publicado en abril de 2023 por Sexto Piso (México)
[2] Ser naco en México es pertenecer a la clase inferior, “incivilizada”
[3] Zulo (en México) es, según el diccionario de la RAE, un lugar oculto y cerrado dispuesto para esconder ilegalmente cosas o personas secuestradas. escondrijo, escondite.

Un comentario en “Leyendo a Virginia Woolf y a Dahlia de la Cerda”