
El Día Mundial del Libro es el 23 de abril. Yo nací un día después. No sé si eso diga algo del destino, pero me gusta pensar que el libro vino primero, y yo llegué después. Como si alguien hubiera dejado una página en blanco para que yo la habitara.
A los cuatro años, el universo cabía en un mueble de madera oscura. Mi tío Pedro lo recorría con su dedo —no con la fuerza de un deportista, aunque él hacía ejercicio todos los días— sino con la delicadeza de quien sabe que el verdadero poder no está en los músculos, sino en las palabras. Yo, que hablaba hasta por los codos, callaba ante ese ritual. No sabía entonces que estaba presenciando la ceremonia más antigua: un hombre dialogando con sus fantasmas. El librero no era un mueble. Era un espejo donde quería verme reflejado algún día.
Abdiel no leyó a Nietzsche: lo diseccionó vivo. Las páginas le supuraron bilis divina entre los dedos. «Dios ha muerto», decía el libro, pero en sus entrañas el cadáver seguía caliente, fermentándose como vino agrio en el sótano de su fe. Las noches olían a sudor y tinta. «¿Qué soy sin ti?», preguntaba al techo, mientras sus uñas —pequeñas y frágiles— arañaban el vacío que dejó el Padre. El libro no respondía. Solo le mostraba su propio reflejo en el charco de vómito. Lo dejé de ver hace tanto, cuando yo apenas empezaba a entender que algunas preguntas no buscan respuestas, solo espacio para doler.
Cuando nos fuimos de casa de mis abuelos los libros se quedaron atrás. No había librero en la nueva vida, solo pilas inestables junto a mi cama. El sombrero de tres picos fue mi primer territorio conquistado. Lo leí hasta que las palabras se me incrustaron en la lengua como esquirlas. Después vinieron los instructivos de microondas (haikus involuntarios), las etiquetas de shampoo (telegramas cifrados). Leer era mi forma de decir: Estoy aquí. No me borren todavía.
Karla tejía armaduras con hilos de fantasía. Cada noche, el mismo cuento: «Había una vez un lobo…» (omitía que el lobo usaba la misma camisa que papá los viernes de paga). Sus hermanos —bocas abiertas, ojos redondos— tragaban esas mentiras dulces que sabían a leche con canela. El libro tenía las esquinas comidas y una mancha de chocolate justo donde empezaba el «felices por siempre». «¿Cuándo viene el príncipe?», preguntó el menor. Karla, con sus dieciséis años ya llenos de cicatrices invisibles, le susurró: «Las brujas no necesitan príncipes». Afuera, un vaso estalló contra la pared. Adentro, tres pares de pupilas brillaron como monedas bajo el agua.
Entre los quince y los veintiuno, la biblioteca fue mi cloaca máxima. Dos años fingiendo estudiar mientras devoraba estanterías enteras. El día que me asaltaron frente a sus puertas, los ladrones abrieron mi mochila con avidez. Solo encontraron tres libros empapados por la lluvia. «Mierda de intelectual», escupió uno. Se fueron maldiciendo. Yo me quedé temblando, abrazando a Demian como si fuera un chaleco antibalas. Las páginas goteaban tinta roja —o quizá eran mis lagrimas mezclándose con las palabras.
Hugo y Carlos eran maestros de física, que enseñaban mucho más que fórmulas. Le daban a sus alumnos ciencia para los ojos y ficción para el alma. En lugar de tratar de enderezar a un joven perdido, lo lanzaron al espacio con dos libros como cohetes: Fundación y Dune. Hugo con su termo de té —combustible para viajes largos— y Carlos con su cicatriz en forma de ecuación mal resuelta. A ese alumno fantasma (yo, que aún no sabía que quería ser escritor), le preguntaron: «¿Qué aprendiste?». «Que duele dejar de ser pez», respondí. Carlos me entregó entonces un cuaderno virgen: «Ahora escribe las instrucciones para respirar en tierra firme». En la portada, dibujé un hipopótamo —mi firma de guerra.
Cuando cumplí treinta años, mi tío Pedro se convirtió en ceniza. Mientras mi madre lloraba al teléfono, yo miraba mi librero —heredero bastardo de aquel mueble sagrado. Mis dedos (tan parecidos a los suyos) acariciaron el lomo de «El sombrero de tres picos». Entonces lo entendí: los libros no eran objetos. Eran cuerpos. Cadáveres resucitados cada vez que alguien los abría. Hoy mi hijo deja sus figuras de plástico entre mis novelas. Mi madre guarda los libros que le regalo en aquel librero que perteneció a su hermano. El círculo se cierra sin hacer ruido.
Hoy cumplo 37 años. Karla ahora lee historias a sus hijos. Hugo manda memes de astronautas borrachos. Carlos sigue desarmando bombas con poemas. Y de Abdiel, solo me queda el eco de lo que fuimos.
Los libros que nos salvaron ahora pertenecen a extraños. Alguien subrayó con rojo mi frase favorita del Lobo Estepario. Otro dejó manchas de café en Solaris. No importa. El libro vino primero. Nosotros llegamos después.
A veces me pregunto cuántas personas han sido salvadas por un libro sin que nadie lo sepa. ¿Cuántas heridas se han cerrado en silencio entre dos páginas ajadas? Los libros no hacen ruido cuando curan. Solo laten. Esperan. Y luego, transforman.
Y cuando pasen los años, otros dedos abrirán estas páginas. Encontrarán nuestras huellas digitales mezcladas con las suyas. Y tal vez, solo tal vez, alguien escriba en un margen: «Aquí también estuve yo».
La sombre del hipopótamo / Julio César Morales
Julio César Morales. Escritor, editor, librero y apasionado de la expresión escrita, Julio César Morales busca dejar una huella significativa en el mundo literario. Su trayectoria se distingue por la participación en la realización de varias antologías de cuentos, donde demuestra su habilidad narrativa y su compromiso con la literatura.
Como director de talleres de creación literaria, ha canalizado su conocimiento y pasión para inspirar a nuevas generaciones en el arte de contar historias. Su compromiso social se refleja en iniciativas como el taller «Las Letras Salvan Vidas», dedicado a la prevención de conductas de riesgo en jóvenes, y en la coordinación de proyectos culturales para comunidades en el estado de Querétaro. Además, ha asesorado proyectos respaldados por el gobierno, consolidándose como un agente de cambio a través de la cultura.
Ha compartido su experiencia como ponente en tres ocasiones durante el evento IMPULSO, celebrado en el Congreso de la Ciudad de México. Dirigió el diplomado de creación literaria en Holoacademia, coordina el círculo de escritores «Tinta Viciosa» y lidera la colección de libros de Kúlturi en PAR TRES editores.
En el ámbito institucional, su dedicación y visión lo llevaron a ser nombrado director del Instituto para el Desarrollo de Proyectos Culturales (Kúlturi), donde anteriormente se desempeñó como coordinador del área de proyectos. Su versatilidad y pasión por la cultura lo han convertido en una figura destacada en la escena literaria y cultural.
Como dato curioso, Julio César es un apasionado de los hipopótamos.
