Mejor que una aspirina…

Me duele la cabeza y no sé por qué. Tengo el estómago revuelto y no se me quita.

La luz me duele, la comida me molesta, los aromas me repugnan.

Siento culpa cuando no respondo los mensajes, pero no logro conectar mi respiración con mis brazos, mis piernas, mis ojos, los oídos… No lo logro, no lo logro…

Me refugié en mi madre: también ella estaba triste. Miré a mi padre: su pierna que le duele, su esfuerzo que no le basta, su incansable alma de niño en un cuerpo septuagenario me dio más nostalgia.

No hallé hoguera.

¿Te acuerdas qué fácil era antes? Yo buscaba un balón y lo agarraba a patadas, podía pasar horas correteando gente para quitarle la pelota. ¿Cuál era tu escondite ante las inclemencias del tiempo cuando la ternura aún brillaba en tu rostro?

Pienso en la adultez, en lo gris que se vuelve el mundo cuando la monotonía lo abraza con sus brumosas extremidades. A los once años, en una Ciudad de México muy distinta a la de ahora, mi mejor amigo y yo nos subíamos al metro para pasear por Tepito, Pino Suarez, el centro de la ciudad, sólo por el gusto de conocer espacios distintos. A los años. él se hizo geógrafo, yo periodista: me gusta pensar que nuestra curiosidad por los caminos y las historias nos dio destino.

Pero ahora todo da flojera: mis almohadas me llaman como sirenas mentirosas; mi cama, mi lugar seguro. Mi casa sola suele ser el mejor pretexto para escapar del trajín mundano.

¿Qué le pasó a ese guerrero? ¿Qué nos pasó? Me gustaría saber cuál es la red en la que te envuelves cuando huyes de la realidad, cuando evitas las palabras de amor para el Otro, cuando te resistes a realizar ese viaje soñado, cuando te aferras a cada peso en la cuenta de banco… Nunca he visto una mudanza atrás de un cortejo fúnebre.

Suelto palabras como exhalaciones, porque quiero ver si así el dolor de cabeza se me quita; prefiero vomitar puntos y comas, que ir al baño a devolver la comida de la tarde. Desde hace años ya no es el balón, son las letras: mis rodillas lo agradecen, pero mi mente quizá no tanto… Me he dado cuenta de que mis mejores cuentos, mis mejores textos, son los que conmueven, los que hacen llorar, así que me he vuelto un repositorio de lo triste.

Para que mis ficciones te muevan el alma hasta las lágrimas, primero tuve que llorarlas yo, padecerlas. Me he descubierto tristeando a las cuatro de la mañana frente al teclado de la computadora, porque en la madrugada es cuando mejor me vienen las palabras.

Quizás por eso me duele la cabeza, porque duermo poco, porque pienso mucho; tal vez el estómago se siente raro por cargar tantas emociones. ¿Hay veces que te dan ganas de pegar un grito bestial para sacar lo que llevas en el pecho? A mí sí, porque no tengo palabras para verbalizar los huecos en el alma… A veces un desahogo es mejor que una aspirina, supongo que por eso me he sentado esta noche calurosa, con sudores en la frente, para ver si, como muchas veces, las palabras me ayudan a sentirme un poco mejor: que las letras me motiven a la aventura del mañana.

Ya no me duele la cabeza, el estómago se estabilizó… Las letras siempre han sido para mí un bálsamo. Sin embargo, la seriedad de la adultez acecha desde los lugares más evidentes de la casa: los platos socios, el polvo en el piso, el refrigerador vacío, el quehacer y los pendientes que nunca terminan. En mi cuerpo que duele más conforme avanzan los minutos: el cuello, la espalda, odio tener que calentar todo para evitar una tos de viejito, cuando aún no llego ni a los 40…

No es lo que pasa, sino tu actitud al respecto, dice Epicteto, siempre sabio cuando ni las letras ni las aspirinas funcionan.

Publicado por Paradigma

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