¿Será el mismo Dios el de los hombres y los hipopótamos?

«Dios creó al hipopótamo el sexto día.
Después, ya no supo qué hacer con él
Bestiario Apócrifo, Fragmento perdido

Yo no me siento hipopótamo.
Soy un hipopótamo.
Y vine a hablar con Dios.

No por devoción.
Por hartazgo.
Por la costumbre de hablarle al silencio
como quien espera que algún día le devuelva la cortesía.

Me enseñaron que rezar era virtud,
que la pobreza era santa,
que la duda era arrogancia,
y que la obediencia —sobre todo la obediencia—
era el verdadero camino al cielo.

Vi a los corruptos persignarse en misa,
a los predadores comulgar sin culpa,
a los políticos de traje bendecidos entre aplausos,
y supe que el infierno no es para los que hacen daño,
sino para los que piensan demasiado.

La fe dejó de ser consuelo.
Se volvió contrato.
Moral de alquiler.
Una estafa con sotana:
cielo a plazos para pobres,
absolución al contado para ricos.

Nos enseñaron que Dios premia a los que se agachan,
y castiga a los que preguntan.
Que sufrir es noble.
Que tener poco es una prueba.
Y que desconfiar es de ingratos.

Pero yo, hipopótamo con el lodo hasta el cuello y las vísceras llenas,
ya no quiero cielos.
Quiero justicia.
Quiero respuestas sin liturgia,
y verdad sin amenaza.

¿Y por qué un hipopótamo, preguntas?
Porque nos hiciste pesados,
pero no sumisos.
Nos hiciste gruñir bajo el agua,
para que no se oyeran las preguntas.

Los hipopótamos no doblamos el lomo,
lo partimos en dos si alguien lo exige.
No tenemos genuflexión.
No sabemos fingir humildad.
Caminamos con la frente baja, sí,
pero no en reverencia:
en cansancio.

Dios, si existes,
escucha esto:
no vine a pedir salvación,
vine a exigir que expliques
por qué el rezo sirve de salvoconducto
para quien destruye,
y la duda es condena
para quien se atrevió a sentir diferente.

Y si no existes —si nunca estuviste—
al menos admite que tu nombre
ha sido un excelente instrumento de control:
una zanahoria de oro
para un pueblo con el estómago vacío.

Así que dime,
ahora que me ves aquí parado,
sin plegarias,
sin incienso,
sin miedo:

¿Será que los hipopótamos rezamos
a un Dios que no existe,
porque el de ustedes no nos oye?

Yo no me siento hipopótamo.
Soy un hipopótamo.
Y vine a hablar con Dios.

No por devoción.
Por hartazgo.
Por la costumbre de hablarle al silencio
como quien espera que algún día le devuelva la cortesía.

Me enseñaron que rezar era virtud,
que la pobreza era santa,
que la duda era arrogancia,
y que la obediencia —sobre todo la obediencia—
era el verdadero camino al cielo.

Vi a los corruptos persignarse en misa,
a los predadores comulgar sin culpa,
a los políticos de traje bendecidos entre aplausos,
y supe que el infierno no es para los que hacen daño,
sino para los que piensan demasiado.

La fe dejó de ser consuelo.
Se volvió contrato.
Moral de alquiler.
Una estafa con sotana:
cielo a plazos para pobres,
absolución al contado para ricos.

Nos enseñaron que Dios premia a los que se agachan,
y castiga a los que preguntan.
Que sufrir es noble.
Que tener poco es una prueba.
Y que desconfiar es de ingratos.

Pero yo, hipopótamo con el lodo hasta el cuello y las vísceras llenas,
ya no quiero cielos.
Quiero justicia.
Quiero respuestas sin liturgia,
y verdad sin amenaza.

¿Y por qué un hipopótamo, preguntas?
Porque nos hiciste pesados,
pero no sumisos.
Nos hiciste gruñir bajo el agua,
para que no se oyeran las preguntas.

Los hipopótamos no doblamos el lomo,
lo partimos en dos si alguien lo exige.
No tenemos genuflexión.
No sabemos fingir humildad.
Caminamos con la frente baja, sí,
pero no en reverencia:
en cansancio.

Dios, si existes,
escucha esto:
no vine a pedir salvación,
vine a exigir que expliques
por qué el rezo sirve de salvoconducto
para quien destruye,
y la duda es condena
para quien se atrevió a sentir diferente.

Y si no existes —si nunca estuviste—
al menos admite que tu nombre
ha sido un excelente instrumento de control:
una zanahoria de oro
para un pueblo con el estómago vacío.

Así que dime,
ahora que me ves aquí parado,
sin plegarias,
sin incienso,
sin miedo:

¿Será que los hipopótamos rezamos
a un Dios que no existe,
porque el de ustedes no nos oye?

La sombre del hipopótamo / Julio César Morales

Publicado por Paradigma

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