Para mi madre

Por Rosa Blanca

No sé si esta carta suena como una carta de verdad.
Pero hoy te estaba pensando,
y mi corazón se llenó tanto que no me cabía todo por dentro.

Desde que soy pequeña,
el mundo me ha parecido un lugar ruidoso, confuso,
como si todos supieran bailar una coreografía que yo nunca aprendí.
Pero tú… tú siempre bailaste a mi ritmo.
Aun cuando era lento.
Aun cuando me detenía.

Tú me esperaste.
Tú me entendiste incluso cuando no podía explicar lo que sentía.
Tú aprendiste a leerme…
como si mi silencio fuera un idioma que solo tú sabías descifrar.

Nunca me hiciste sentir menos por ser diferente.
Nunca me pediste que dejara de ser quien soy.
Al contrario:
me tomaste de la mano y me enseñaste que ser como soy… también está bien.

Cuando me sentía sola,
tú estabas.
Cuando no podía dormir,
tu voz suave me arropaba.
Y cuando el mundo parecía muy grande,
me recordabas que yo tenía un lugar: tu abrazo.

Mamá…
yo no siempre sé cómo decir “gracias”.
No siempre sé cómo demostrar cuánto te quiero.
Pero te veo.
Te recuerdo.
Te llevo conmigo en cada paso.

Eres mi refugio.
Mi calma.
Mi estrella en los días grises.

Y aunque a veces me cueste mostrar emociones,
yo sé algo muy claro:
Eres mi mejor amiga.
La que nunca se rinde.
La que me acepta sin condiciones.
La que me quiere… incluso cuando no digo una palabra.

Gracias por quedarte.
Gracias por abrazar a la niña que muchos no entendían.

Publicado por Paradigma

Medio de comunicación dedicado al periodismo literario de largo aliento; nuestras bases son la ética, la veracidad, el respeto a las fuentes y a las audiencias.

Deja un comentario