Último rastro

Por Elizabeth Rivera

 

“A lo mejor la muerte sea la
sensación de que el mundo
no mira de vuelta”

Alaíde Ventura, Autofagia.

 

Para mamá:
Por ser mi inspiración para escribir esto.
Por buscarme entre escombros si el mundo te lo pidiera.
Por amarme siempre.

 

La capsaicina es un irritante que causa ardor en los mamíferos, incluyendo humanos, al entrar en contacto con cualquier tejido. Se encuentra presente en algunos chiles y es la causante del ardor en la lengua después de comer picante.

Lo curioso de esta sustancia es que su uso repetido puede ser analgésico, alivia el dolor si se usa constantemente en la misma zona. Dejas de sentir dolor.

 

Las quemaduras, por ejemplo, tienen un efecto similar. Al principio causan dolor e irritación, pero cuando la llama arde con fuerza y quema la hipodermis, los nervios también son calcinados y antes de morir por esa misma llama, ya no sientes más dolor.

 

La mayoría de personas que mueren calcinadas, dejaron de sentir dolor antes de morir. Las personas que mueren calcinadas dejaron de sentir dolor antes de morir.

Las personas calcinadas dejaron de sentir dolor antes de morir. Dejaron de sentir dolor antes de morir.

Dejaron de sentir antes de morir. Sentir antes de morir.

Antes de morir. Morir.

 

Cuando era pequeña veía a mi madre echarle agua a la botella del shampoo cuando estaba por terminarse. Fui una niña necia que utilizaba tres litros, aunque me repitieran mil veces que con un chorrito bastaba para el lacio cabello que caía detrás de mis orejas, pero no lo suficientemente largo para llegar a mis hombros flacos.

 

Sus remedios nunca eran suficientes: el tubo de la pasta de dientes dejaba de cooperar después del tercer portón; los pequeños retazos de barras infinitas de jabón no formaban un arcoíris lo suficientemente grande para quitar la mugre de los brazos de mi padre después de una jornada de 20 horas; el recalentado de agua de frijoles no saciaba el hambre de dos niñas casi adolescentes que podían comer una vaca entera; el salario de dos padres sin estudios no cubría los últimos días de quincena.

 

—Me pidieron una cartulina, mami, ¿me la compras?

—Hija, siempre a la mera hora—, dice Isabel mientras recoge, barre, limpia, cocina, remienda, enjuaga, sacude, guarda y trapea. — A ver si aún está abierta la papelería, me avisas bien tarde siempre.

Camina rápido, saluda al vecino de lejos, es solo una cuadra, pero si te detienes a hablar con alguien se te quema el arroz. Esperas que cueste menos de cinco pesos, porque ya no te queda más cambio y odias pedir fiado a doña Paty que con el dinero de su esposo puso una papelería que le quitó la clientela a doña Flor,

Doña Flor casi nunca tiene nada y por eso ya no vende mucho. Pero, ¿cómo si cada año todos sube menos el sueldo?

 

Doña Paty en cambio tiene hasta cajas de regalos y moños del #6; la gente dice que es lavado de dinero. Una papelería de pueblo chico no pagaría ni una de las tres camionetas con la que llega su esposo. Tampoco el terreno que le presume a todos en donde ya está construyendo. Aquí todos se hacen pendejos o el instinto de supervivencia les tapó los ojos y les cortó la lengua.

 

Ruega, mujer, que no cueste más de cinco pesos porque cómo pagas la combi mañana, si Ricardo tampoco trae ni un peso, ni aunque le esculques las bolsas del único pantalón digno que le queda. Ese vestigio de humanidad solo guarda tierra, vergüenza, corajes y secretos que se aferran al hilo que arrastra el final del pedazo de tela que cubre sus piernas flacas.

 

—Buenas noches, Paty, ¿tienes cartulinas blancas?

—Buenas Chabela, sí, ¿te doy una?

—¿En cuánto las tienes?

—5 pesos —. “Bendito Dios, gracias”.

—Sí, me la das.

—Casi no me alcanzas, ya me iba a mi terreno a ver cómo van los muchachos de mi Paco. Vieras de ver, me pusieron una fuente de agua bien bonita en el jardín. ‘Ora que ya esté construido te invito pa’ que veas los frutos de mis esfuerzos.

—Ay, muchas gracias Paty, claro que vamos.

—¿Ya te enteraste de don Jesús el de la tienda?—. “Se me quema el arroz, vieja chismosa”.

—No, ¿y ahora qué le pasó?

—Que lo secuestran otra vez, quién sabe ‘ora quién aiga sido. La vez pasada dijeron que fue el Cuco y su hermano el Roco. Dicen que son narquitos, pero el gato del gato. Quesque trabajan para alguien de aquí mero y nada más dan el aviso, yo no creo si aquí todos nos conocemos de siempre. Le cayeron antier en la noche. Yo por eso mejor cierro temprano, gracias a Dios que nunca me ha pasado nada. Es que mi Paco siempre se ha llevado bien con todo de aquí mero y entre vecinos nos cuidamos ¿‘eda?—. “Le tienen miedo, y tú te haces pendeja. Ay, mi arroz”.

»Por eso siempre hay que estar bien alertas y no andar presumiendo nada ¿‘eda? Don Jesús hasta contrató muchachos. A mí se me hace que hasta ellos fueron. No vayas a decir, ésta ya se cree rica, pero entre más jodidos crecen los chamacos, más chingan al prójimo. Y esos que contrató ni son de aquí, son del pueblo de al lado, y allá todos están jodidos.

—Ay, qué caray, pues ojalá que lo regresen vivo otra vez. Ya me voy que dejé cocinando un arroz.

—Sí Chabela, con cuidado, ¿eh?, ahí cualquier cosa te echo un grito pa’ ver qué hacemos y vigilar entre vecinos—. “Vigilar que don Jesús regrese con vida y hacernos de la vista gorda cuando llegue tu Paco el narco con otra camioneta”.

—Adiós Paty, dime Isa.—“Pendeja”. —¡Gracias!

 

Isa caminó tan rápido que parecía que cada tercer paso se ahorraba uno saltando. Cuando llegó a la mitad del camino escuchó un grito proveniente de su casa. De esos que te sacan de donde estás y te transportan a un refrigerador helado.

 

Nunca va a olvidar el olor a la piel quemada de su hija. Olía como a carne de animal cocinándose, a chicharrón, podrían decir algunos, pero sobre todo olía a dolor y desesperación.

 

Isa llevó a su hija al hospital por quemaduras de tercer grado.

 

—Mamá, no me duele, te lo juro—, pero le dolía todo, sobre todo no haber podido ayudar a su mamá con una cosa tan sencilla. Cuidar que el arroz no se quemara.

 

Laura era la hija mayor de ese matrimonio que se casó a los 18 con una hija en el vientre de Isabel. Sabía su papel en la familia: la madre sustituta que debe cuidar a la hermana menor mientras los padres trabajan turnos dobles para llevar suficiente comida a la casa. Cada año se vuelve más difícil porque el país va en declive, el dinero no alcanza y todo es más caro. El aire aún tiene un clima esperanzador porque en un año habrá elecciones otra vez. 2012 será el año que el pueblo decida cambiar de posición política. El año en que la violencia desaparezca, el que la decisión de una nación entera cambie el destino del país. Y sino, que al menos la profecía se cumpla y se acabe el mundo; lo que sea mejor.

 

Isa pensaba que los gritos de su hija en aquella cocina nunca se le olvidarían. Y mucho menos imagino recordarlos en carne propia.

 

La madre de Isa llegó buscando a su propia hija en la sala de espera de ese lugar inhóspito: la clínica más fea del Estado de México que le fue asignada a la familia por cercanía. Rocío conocía bien el sentimiento de no haber hecho un buen trabajo cuidando a tus hijos: la culpa incoherente de nacer donde naciste les da a todos al menos una vez en la vida.

 

—Gracias por venir, mamá, ella está bien, bueno, ya está durmiendo. Dicen los doctores que ya no le duele.

—¿Y tú cómo estás?

—Bien, estoy esperando a que Ricardo venga. Va a traer un poco de dinero, porque el doctor dijo que necesita unas cremas y medicinas, y no sé qué más, pero que el seguro no lo tiene y tenemos que conseguirlo por nuestra cuenta.

—¿Necesitas que te preste?

—No, ya te he pedido muchas veces, no he podido ni pagarte el último préstamo.

—Bueno, déjame pagar, no como préstamo. Hoy vendí mucho oro y me ha ido bien.

—No… bueno. No como regalo, como préstamo, te prometo que conseguiré otro trabajo para pagarte.

—Sí, sí, no te preocupes.

 

Malditos todos. Maldito el gobierno, el enfermero, el doctor, el practicante, el farmacéutico, Paty, Paco, don Jesús, sus chalanes, el de la combi, el presidente, el barrendero. Malditos todos. Maldito su jefe. El jefe de todos. Maldito Dios. Maldito padre. Maldito el espíritu santo. Maldita tú. Maldita, que Dios te acompañe.

 

Los días siguientes al desastre familiar, Isa pidió unos días de descanso para cuidar a su hija. Por las tardes, cuando Laura se quedaba dormida, salía a buscar trabajos que pudiera cubrir de noche, en casa o una oportunidad mejor a la que tenía. Paty le dijo que su Paco le había contado sobre un puesto de secretaria en la empresa donde trabajaba, sepa dónde, pero le iría mejor que como costurera.

 

—Muchas gracias, Paty. Con lo que le pasó a mi hija quiero trabajar menos y ganar más, apenas y nos alcanza, le debo a mi mamá por todas las medicinas y cuidados que he tenido que darle después de la quemadura de su rostro, además de lo que ya le debía antes por el sueldo que tenemos. No puedo ni imaginar el dolor que sintió; se le veía la piel al rojo vivo.

 

—Ya sabes, entre vecinos nos ayudamos, ¿’eda? A mi Paco le va re bien en ese trabajo, su jefe lo estima mucho, vas a ver que a ti también te irá bien. Namás no le vayas a decir a los vecinos que yo te dije, ya ves cómo son de envidiosos, van a creer que por ser mi amiga te ayudo. Varios me han pedido trabajo aquí o que les consiga con mi Paco porque ven que le va muy bien. Pero mi esposo me dijo que no a cualquiera se le da la mano, porque te jalan el pie.

 

—Bueno, ¿me vendes la solicitud de trabajo? Solo vine a comprar una y terminé casi casi con el trabajo.

 

—Cómo crees Chabe, te la regalo. Cuando te den tu primer pago no te olvides de los pobres. Al rato hasta terreno vas a tener junto a mí. Nos echamos un cafecito.

 

Isa se fue a casa a planchar su mejor camisa, pantalón y saco. La ocasión ameritaba desempolvar esos zapatos de tacón que no había podido usar desde hace mucho tiempo. La camisa azul con rayas blancas se la regaló su mamá hace muchos años cuando buscó su primer trabajo. Le emocionó sacarla de nuevo para dar un nuevo paso. Le llamaba la camisa de la suerte, porque cada vez que iba a una entrevista de trabajo con esa prenda el destino la ayudaba a conseguirlo.

 

El nuevo trabajo como secretaría sería la oportunidad que siempre estuvo buscando. Podría vestirse como siempre soñó, como en las películas, pasar más tiempo con su familia, ganar más. Vivir más tranquila. Vivir más cómoda. Vivir.

 

La capsaicina es un irritante que causa ardor en los mamíferos, incluyendo humanos, al entrar en contacto con cualquier tejido. Se encuentra presente en algunos chiles y es la causante del ardor en la lengua después de comer picante.

Lo curioso de esta sustancia es que su uso repetido puede ser analgésico, alivia el dolor si se usa constantemente en la misma zona. Dejas de sentir dolor.

 

Las quemaduras, por ejemplo, tienen un efecto similar. Al principio causan dolor e irritación, pero cuando la llama arde con fuerza y quema la hipodermis, los nervios también son calcinados y antes de morir por esa misma llama, ya no sientes más dolor.

 

Después de 14 años Laura pudo reconocer las zapatillas de Isa en una fosa común. Estaban cubiertas de polvo como siempre las recordó. Rocío reconoció la camisa azul que le regaló a su hija. Era su camisa de la suerte. A la familia le decían ser afortunada de tener una respuesta, afortunada de ya no buscar más. Afortunada de tener el último rastro de su mamá, hija, esposa y amiga.

 

A Laura le ardió la piel como esa vez que quiso ayudar a su mamá a cocinar porque todos los días la veía llegar a casa cansada. Le ardió porque su madre debió sentir lo mismo multiplicado por cien para que su ropa fuera lo único que quedara de ella. Ese dolor reminiscente se quedaría siempre en su mentón.

 

—Si te sirve algo, seguro murió sin dolor. Dicen que cuando mueren calcinados solo sufren al principio. Después ya no sienten. Pero el dolor se queda enterrado en este mundo,

¿verdad? Yo también lo sentí cuando encontré a mi hijo. Y aunque sigue doliendo, así como tú, he vivido una larga espera de pocas respuestas. Por eso sigo haciendo esto, aunque ya sepa que mi hijo no volverá.

 

Publicado por Paradigma

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