
Hay una diferencia ligera pero profunda entre pasar por la vida y estar verdaderamente en ella. A veces, respiramos, hablamos, trabajamos, reímos y lloramos, pero no estamos presentes. Nos movemos como si lleváramos un piloto automático empujados por la rutina, reaccionando más que eligiendo. En ese modo, la vida no se siente vivida, sino gastada.
La conciencia comienza cuando detenemos ese impulso y pausamos a observar. Cuando, aunque sea por un instante, nos preguntamos: ¿Dónde estoy? ¿Cómo me siento? ¿qué siento al estar aquí? Estar en uno mismo no es sólo estar con el cuerpo físicamente, sino también en el momento con la mente. Es prestar atención sin juicio. Es mirar lo que sentimos sin la urgencia de cambiarlo, simplemente reconociendo lo que hay. Es darse cuenta del pensamiento que se repite, de la emoción que domina, del gesto que hacemos al hablar, de la tensión que guardamos en el cuello o en la espalda.
La presencia no necesita grandes ceremonias. A veces basta un silencio. Una respiración. Una mirada honesta hacia el interior. Pero esa presencia transforma. Nos vuelve a conectar con lo esencial. Y en ese regreso, recordamos que no somos máquinas de producir ni de sobrevivir. Somos seres sensibles, simbólicos, capaces de crear significado en lo que vivimos. La conciencia no evita el dolor, pero lo vuelve habitable. Y eso ya es una forma de sanación.
En este camino de reconexión, hay herramientas que funcionan como espejos. Una sesión de Tarot con enfoque evolutivo, por ejemplo, no busca adivinar el futuro ni responder con certezas, sino abrir preguntas. Detener el ruido externo para escuchar el mensaje interno. Al reflejar tu momento desde otro ángulo, la sesión te invita a estar contigo de manera más conciente, más despierta, más viva.
Volver a uno mismo no es un lujo espiritual. Es una necesidad humana que debiéramos poner en práctica en el día a día. Porque sólo cuando estamos en nosotros, la vida también puede estar con nosotros.
