Hablar de ciencia con una pierna afuera: entre la curiosidad y un mundo en llamas

Guerras, fascismo, genocidios, violencia sistémica… El mundo arde en múltiples frentes. Ante este panorama, ¿tiene sentido hablar de ciencia? ¿De dedicar palabras a la naturaleza, al cosmos o a la evolución mientras el presente colapsa? La respuesta, al menos para mí, es sí. El conocimiento científico no es un lujo, sino un recordatorio brutal y hermoso: somos polvo de estrellas en un rincón ínfimo del universo, parte de un proceso evolutivo de miles de millones de años. Esa perspectiva podría ser el primer paso para dejar atrás la arrogancia que nos hunde en ciclos de destrucción.

Pero la ciencia no es —ni debe ser— una torre de marfil aislada de su contexto político y social. De hecho, debe cuestionarse constantemente su papel. Como cualquier actividad humana, la ciencia ha tenido y tiene sesgos sistémicos, asociados a una historia colonial e imperialista. A pesar de ello, considero que sus métodos, aunque lejos de ser perfectos, son una de las mejores herramientas para entender nuestro entorno.

Por eso, hablar de ciencia hoy significa navegar paradojas: se produce en laboratorios financiados por poderes económicos con agendas políticas que, muchas veces, contradicen su espíritu crítico. En este sentido, he encontrado una guía invaluable en el ensayo del biólogo Richard Levins: «Una pierna adentro, una pierna afuera». Donde su tesis principal es decirnos que en todas las instituciones en las que intervenimos (en este caso científicas), mantenemos una relación ambivalente: hay tanto colaboración como una confrontación. Y esto es inevitable, pues estas estructuras fueron moldeadas por la sociedad tal como es, y no tiene sentido replicar sus dinámicas. Ante este ensayo, he intentado entonces siempre cuestionar a la actividad científica, siempre también evitando caer en visiones utilitaristas. Ya que considero que todo aquello que el pragmatismo tilda de «inútil» se revela, en realidad, como lo esencial. La ciencia, el arte, el deporte y otras expresiones culturales son espacios donde se cultiva lo que nos hace humanos: la curiosidad, la creatividad, la solidaridad. Defenderlos no es un acto de escapismo, sino de sabotaje al cinismo, porque en lo aparentemente superfluo suele estar la semilla de lo revolucionario.

Además, hablar de ciencia en tiempos de caos es más necesario que nunca. Ya que el conocimiento científico es el que nos permite enfrentar pandemias, comprender las causas de la crisis climática y, al mismo tiempo, buscar soluciones. Pero no podemos olvidar que, en medio de esto, el mundo vive múltiples tragedias que interpelan nuestra existencia y exigen que las enfrentemos.

Mientras escribía esta columna, me preguntaba: ¿Qué ha sido de la ciencia producida en Palestina? En particular, en mi campo —la paleontología—, ante el genocidio que sufre su pueblo a manos de un poder neocolonial como el Estado de Israel, es crucial preservar, difundir y reivindicar el conocimiento que han generado. Este no solo es su patrimonio, sino también el de toda la humanidad. Por eso, nunca —jamás— debemos perder de vista nuestra humanidad. Aunque hablemos de dinosaurios, rocas o cosas que algunos consideran triviales, debemos valorarlas, protegerlas y recordar que detrás de todo conocimiento hay personas, historias y derechos que defender. Por lo que, al hablar de ciencia, siempre recordemos mantener una pierna afuera.

Publicado por Paradigma

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