
El alma no irrumpe; no exige, no vocifera, no busca imponerse por fuerza. El alma cuando habla lo hace en susurros. Y si no la escuchamos, no es porque no se exprese, sino porque su lenguaje no compite con el ruido del mundo. Mientras las exigencias externas nos apuran, nos distraen o nos llenan de obligaciones, el alma se manifiesta con una voz más antigua y sutil: la del símbolo, el cuerpo, el silencio, el sueño, la emoción que no podemos nombrar.
Nos han enseñado a buscar respuestas afuera: en las voces ajenas, en los discursos aprendidos, en las soluciones rápidas. Pero el alma no se encuentra en los caminos ajenos. Se revela en el instante en que detenemos la prisa y nos permitimos sentir sin explicacioness; en esa tristeza que no sabemos de dónde viene, una alegría sin motivo, una imagen que aparece en un sueño y se queda flotando todo el día en nuestra mente. En ello también habla el alma.
El lenguaje simbólico del alma no busca convencernos, busca despertarnos. Cuando un lugar nos estremece sin razón, cuando una canción nos hace llorar antes de que entendamos la letra, cuando una carta, una palabra o un gesto resuena como si tocara algo profundo y antiguo en nosotros… ahí está el alma, recordándonos quiénes somos más allá de los personajes que sostenemos.
Escucharla requiere atención suave, no análisis. Requiere calma, no respuesta inmediata. Requiere confianza en eso que no siempre entendemos, pero que sentimos como verdadero. Porque el alma no busca explicarse, busca expresarse. Y cuando la dejamos hacerlo, algo se ordena dentro. Algo respira. Algo regresa a casa.
Aprender a escuchar su susurro es, quizás, una de las formas más sinceras de volver a uno mismo.
