Nos secamos, nos ahogamos… y aun así nos piden una sonrisa para el INE

Lunes. 7:00 a. m.

Se va la luz. No hay agua. Me llega una notificación:

“Actualiza tu prueba de vida.”

Río. Y luego toso.

Mi vecino me pregunta si creo en Dios. Le digo que no, pero sí en los cortes programados.

Él sonríe. Yo también.

Fingimos que el apocalipsis es solo una falla en el recibo.

México es una promesa rota en cámara lenta.

Al norte, la tierra abre grietas como bocas sedientas.

Al sur, la gente flota entre lodo y spots de gobierno que prometen drenajes en el cielo.

Mi prima en Sonora me manda una foto: tres vacas petrificadas de pie, secas como advertencia bíblica.

—“Murieron sin hacer ruido”, dice.

En Chiapas, mi tía perdió dos gallinas y una cama en una inundación. La cama reapareció en el patio de un vecino. Las gallinas, no.

Cada quien su tragedia. Cada quien su ridículo.

Aquí trapeamos con agua de garrafón como quien limpia el altar donde ya no se reza.

Quise sacar una constancia de situación fiscal. La página falló siete veces. Me pidió biométricos. Huella, iris, voz.

Apreté “aceptar” como quien firma un pacto con el diablo, y aun así: “No se ha podido verificar su identidad. Intente con otro tipo de alma.”

El gobierno dice que todo es por seguridad. Pero a los desaparecidos nunca les pidieron nada. Se fueron con nombre, historia y zapatos. Solo dejaron una sombra más en la estadística.

Yo ya entregué mi CURP, mi acta, mis sueños. A cambio recibí un correo spam que dice:

“Querido ciudadano, actualice su esperanza.”

Militarizaron hasta los camellones. Pero los feminicidios siguen en “modo invisible”. Pusieron soldados en la papelería, en el informe de gobierno, en la caseta de cobro… pero en la calle donde asesinaron a la hija de la señora Tere, no hay ni uno.

El colmo fue el domingo: vi a un militar en la fila del cine, discutiendo con una adolescente porque no entendía cómo escanear su cupón.

—“¡Pero si soy la autoridad!” —dijo.

—“Aquí no, joven” —respondió ella, sin parpadear.

Victoria ciudadana: 1. Militarismo: 0.

En el OXXO, un niño de doce años vende tachas entre los Yakults. Tiene una chamarra con el logo de Batman dibujado a mano.

“¿Le doy factura, jefe?” —me dice, mientras la patrulla compra cigarros.

Todo en orden. Todo falso.

Como una encuesta donde el 80% dice que confía en el futuro… pero ninguno tiene plan dental.

Banxico baja la tasa. 8%. Suena bien, si eres un Excel con sentimientos. Mi economía, en cambio, sigue atrapada entre el kilo de tortilla y los sobres de Doña Estela.

—“Aquí no hay tasas, hijo. Aquí hay confianza.”

Y yo le creo más a esa libreta rayada que al boletín del Banco de México.

Ella sí recuerda quién debe. El SAT, a veces, se le olvida uno.

Mi tanda es mi inversión. Mi fondo de retiro es una caja de zapatos con cinta gris. Mi plan financiero, si me va bien, es dormir sin deudas y despertar con café.

Esta semana, también intenté hablar con un chatbot del gobierno. Me preguntó cómo me sentía.

Puse “cansado”.

Me respondió: “¿Quiere agendar una cita para eutanasia fiscal?”

Pensé que era sarcasmo. Resulta que era solo error de traducción. Como todo aquí.

Una perrita callejera me mira desde la azotea. No ladra. Solo observa.

Como diciendo: “Tú eliges este circo, humano. Yo ya aprendí a ver desde lejos.”

El otro día en el micro, escuché a una niña decirle a su abuela:

—“Cuando sea grande quiero desaparecer, pero poquito, para que me busquen.”

La abuela no dijo nada. Solo apretó la mano. Yo también me quedé callado.

¿Qué se responde a un país donde eso es deseo y no metáfora?

Aquí sigo. No tengo agua, pero tengo palabras.

No tengo rendimientos, pero tengo coraje.

No tengo fe, pero tengo esta olla de peltre donde hierven mis frustraciones.

Y si esta semana no me toca la tanda, al menos me toca ver el espectáculo. Con palomitas. Y un chaleco emocional de triple capa.

Porque en este país, la esperanza es una carcajada incómoda.

Y un animal que se hunde lento… pero no se ahoga tan fácil.

La sombra del hipopótamo / Julio César Morales

Publicado por Paradigma

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