
Cuando se habla de crecimiento interior, de espiritualidad, creemos que se trata de convertirnos en seres elevados por completo, que viven sólo desde el alma, hablando sólo de amor, propósito y luz. Pero existen las que pagar, heridas y dolores, rutinas que pesan y personas que no nos comprenden. Entonces recordamos que estamos hechos de espíritu y de carne, de intuiciones pero también de necesidades básicas. Y vivir en conciencia no se trata de elegir entre lo terrenal y mundano o lo espiritual, sino de aprender a cohabitar en ambos.
El trabajo espiritual, sin considerar nuestro ente humano, se vuelve evasión. Un escape a una fantasía que aparenta paz pero no transforma del todo la realidad. Por otra parte, lo humano, sin lo espiritual, puede volverse rutina que lastima: una repetición sin propósito del día a día. El verdadero desafío es aprender y trabajar en integrar ambos: que la búsqueda de la conexión con lo sagrado no nos aparte del mundo en que nos desenvolvemos, sino que nos permita estar más concientes de él.
La espiritualidad plenamente llevada es una que no huye de la imperfección, sino que aprende a mirarla con compasión. Es preguntarse cómo vivir con coherencia, no cómo alcanzar pureza. Es llevar la luz a los vínculos, al trabajo, al cuerpo, a la palabra. Es permitir que el propósito nos atraviese, sí, pero también que nos responsabilice: ¿cómo trato a quien piensa distinto? ¿Cómo me hablo cuando me equivoco? ¿Cómo cuido el mundo que habito?
Ser puente entre lo alto y lo profundo no es tarea fácil. Hay días en los que nos sentimos pesados, otros en los que parecemos flotar. Pero tal vez de eso se trata el camino: de recordar que podemos enraizarnos sin apagarnos, y elevarnos sin irnos. Que no vinimos a elegir un plano, sino a integrarlos en nosotros.
Somos terrenales que llevamos un pedacito de divinidad. Y eso, en sí mismo, ya es un acto sagrado.
