Por Máximo Arturo Cortes Coria
El viento frío acuchilla la piel,
atraviesa la garganta
y se aglomera en ácido.
Transita por las venas,
congela la sangre
y marchita al corazón.
En el último sorbo al café,
soplo a mis manos cazadoras de anhelos.
Dibujo con los dedos quebrados
las marcas de tus uñas rasgadas.
Mientras corre el hilo de sangre
y cubre de heridas mis encías,
lucho contra un estornudo turbulento.
Existo en tus susurros
que alimentan mi fuego,
corrompen mi espíritu
y aumentan mi desesperanza.
Háblame.
Sálvame.
Ámame. Aún no es el fin del mundo.
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