
Cuando era estudiante, siempre sentí una atracción profunda por los escritores y filósofos. No sabía aún cuánto me marcarían, pero sí sabía que esa curiosidad me colocaba en una contradicción incómoda: me gustaba aprender, pero no esta escuela. Me gustaba el conocimiento, pero no el que venía con rúbricas, fórmulas y calculadoras científicas que pesaban más que mi autoestima.
Estudié en una preparatoria de físico-matemáticas mientras mis intereses —cada vez más necios, más literarios, más hermosamente inútiles— me empujaban hacia la poesía, los cuentos y los libros con palabras subrayadas que no salían en el examen. Mis pasiones no solo me distraían: me saboteaban. Reprobaba materias. Repetía semestres. Y cada vez que eso pasaba, la piedra se hacía más pesada. Como Sísifo, pero con uniforme. Con credencial vencida. Y sin crédito para la fotocopia.
Me especialicé en sentir que no era suficiente. En enojarme conmigo mismo. En fracasar en un lugar al que no quería pertenecer… pero del que no podía escapar.
Y sin embargo… ahí encontré mi voz. No la que se aplaude con diplomas ni se graba en discursos. La otra. La que susurra en libretas escondidas durante clase de física. La que se agazapa en las frases de Lispector. La que se afila leyendo a Mo Yan como quien afila un cuchillo invisible para no volverse loco.
También encontré otra cosa, aunque tardé años en entenderlo: ahí nacía, en silencio, un animal extraño. Una criatura que aún no sabía su nombre, pero ya intuía que no estaba hecha para carreras de velocidad ni para exhibiciones académicas. Un ser de piel gruesa, lento pensamiento y ternura bruta. Un joven hipopótamo que comenzaba a hundirse… no para desaparecer, sino para resistir.
Hace unas semanas, volví a esa misma escuela. Me invitaron a dar una masterclass durante su feria del libro. Yo acepté. Claro. Con gusto. Y con una incomodidad que no me dejaba dormir. No era el tema —literatura, hambre, Mo Yan, escritura como exorcismo emocional—, ni el público (gente de todas las edades, con ganas de escuchar). Era el lugar. Esa maldita escuela.
Entrar fue como morder una fruta que ya sabías podrida, pero esta vez… sabía distinta.
No fui lo que esperaban de mí. Pero esta versión mía —la que escribe, la que enseña, la que fracasa y vuelve— nació en esos pasillos. No a pesar de esa escuela, sino con ella. A veces no te salva el lugar, sino la persona que fuiste dentro de él. Y la forma en que logras no borrarla.
La plática fue bien. Mejor de lo que esperaba. No porque me salieran frases brillantes o porque el micrófono no fallara. Fue bien porque, por primera vez, sentí que no tenía que pedir disculpas por no haber encajado. Porque cada reproche que me hice hace quince años, hoy me sirve de combustible narrativo.
Como decía Mo Yan: la vergüenza también se puede fermentar. Y yo había dejado la mía reposar tanto que ahora ardía.
A la salida, una mujer se me acercó. Tendría unos cincuenta años, pelo entrecano, y los ojos de quien carga libros y días difíciles. Me dijo:
—Yo también estudié aquí. Pero terminé vendiendo comida en el mercado. Nunca me sentí suficiente.
No le supe responder. Solo le sonreí. Pensé decirle que yo también me sentí insuficiente. Que todavía me pasa. Que uno nunca se gradúa del miedo. Pero no hizo falta. Su mirada ya lo sabía.
Carlos fue mi compañero en dos semestres. Era bueno. No brillante. Pero constante. Se sentaba siempre en la tercera fila. Nunca hablaba mucho. Decía que quería ser ingeniero civil, pero cuando lo sorprendías en los descansos, estaba dibujando planos de casas imposibles: castillos futuristas con árboles adentro y ventanas redondas.
Años después me lo encontré vendiendo tacos, justo a unas calles de la escuela. Me reconoció. Sonrió. Llevaba mandil y quemaduras en las manos.
—Al menos ya no dibujo para pasar el tiempo —me dijo—. Ahora dibujo para que el tiempo no me pase por encima.
A veces la mayor tragedia no es incumplir un sueño, sino vivir demasiado tiempo sin atreverse a soñar otro.
Antes de irme, pasé por el pasillo donde solía esconderme cuando no quería entrar a clase. La misma banca. El mismo foco parpadeando. Me senté, abrí mi mochila y dejé un libro. No como ofrenda. Como semilla.
Volver me hizo entender que hay derrotas que enseñan más que los diplomas. Que las escuelas que no te salvan, al menos te dan las grietas por donde escapa tu verdadera voz. Que incluso lo podrido puede germinar.
Y ahí, entre las libretas manchadas de frustración y los pupitres fríos donde me sentía invisible, entendí por fin lo que había nacido:
no un escritor,
ni un genio incomprendido,
ni un desertor glorioso.
Nació un hipopótamo.
Un animal lento, terco, casi prehistórico.
Que aprendió a hundirse para respirar.
Y que ahora, por fin, sabe por qué.
Yo nunca fui buen alumno.
Pero aprendí a leer entre las líneas del fracaso.
Y a escribir mi nombre en ellas.
