Marta

Por Máximo Arturo Cortés Coria

El miedo es la angustia por un riesgo o daño real o imaginario, o al menos así lo dice el diccionario; una definición escueta comparada con los matices que puede manifestar esta emoción. Cuando se vuelve irracional, es una tortura, y más aún si un niño tiene apenas siete años.

Las primeras señales de pánico que mi tálamo envió a todo mi cuerpo fueron en la primaria. Detrás de la puerta del «4°B» se escondía una presencia inquietante. «Ahí da clases la maestra enojona», atacaban los niños que, como yo, tenían la suerte de no ser parte de su infierno disfrazado de salón de clases. La patrona de aquel lugar era Marta, una señora de unos cincuenta y tantos años, de complexión robusta y una estatura baja. Aunque en apariencia no parecía atemorizante, transformaba a la escuela en una dictadura donde la alegría era inexistente. O eso pensaba.

Un día, la profesora de inglés olvidó devolver uno de los libros que calificó para la tarea. Como forma de favor, me pidió entregarlo a donde pertenecía. La sorpresa me la llevé cuando mencionó el salón de Marta. No podía rajarme, era, sin mentir, uno de sus alumnos favoritos. Me convertí en su predilecto cuando preguntó por qué algunos verbos en su conjugación terminaban con «s». «Porque son en tercera persona». «Excellent, Artur, very good», decía.

Al salir de mi estancia me enfrenté a la enormidad de mi escuela. La forma en la que estaba construida parecía un laberinto repleto de escaleras y pasillos que trazaban caminos ocultos. Alguna vez escuché el mito de que uno de esos corredores te sacaba a un altar dedicado a la Santa Muerte; nunca supe si era verdad. Dichosamente, el aula del 4°B se encontraba de forma adyacente a la mía. Ubicada al término de unas escaleras azules de metal, su puerta forrada de fomi con forma de animales me esperaba con impaciencia.

El tiempo pasaba en cámara lenta, o era yo el que hacía que eso ocurriera caminando despacito. Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate. Mi mano derecha, sudada, apretó la manilla; la izquierda sostenía el libro. Abrí, sin más, el umbral.

Así como Dante invocó a las musas para describir su viaje al embudo infernal, mi persona acudirá en ayuda de Emilio Pacheco y José Agustín para que me permitan narrar con precisión lo que viví. Era un salón pequeño; en esencia, había más niños que niñas, y más bancas vacías que alumnos presentes; eso sí, todos bien ordenaditos y sentaditos. Hacia mi norte yacía Marta sentada en su trono. Mientras más me acercaba, sentía un frío intenso que hacía mis pies más pesados. Como pude, llegué hasta ella. Entre balbuceos y lenguas trabadas alcancé a decir: «Dice la maestra Mary que si le puede entregar este libro a Yotuel». «Niño, no sé quién eres. Primero, toca la puerta, dime de qué salón vienes y pide permiso para entrar, por favor». Esperaba algo más, un regaño más fuerte. Todos en la primaria la miraban como algún lacayo de Satanás; ese simple comentario no podía ser todo el castigo. Aguardé algunos segundos sin moverme, previendo un manotazo, un sape, un reglazo. «Vas, mi niño. Haz lo que te dije».

Salí y toqué la puerta. «Buenos días maestra, vengo del 2°A, ¿me permite entrar?» Me autorizó la entrada. «Dice la maestra Mary que si le puede dar su libro a Yotuel». «Claro que sí, mi niño». Enseguida me mencionó lo importante que era tener esa educación. La pesadilla terminó.

De forma dramática regulé un miedo que carecía de razón de existencia. A partir de entonces, en los recreos ya no veía a Marta con ojos de espanto. Reiteradamente pasé más veces por su salón. Ella, con alegría, daba sus cátedras. Las sobras de aquella zozobra se esfumaron cuando un día la vi defender a una niña que recibió una cachetada de parte de su mamá. Ningún demonio haría eso. Desde mi escritorio, tecleando esta memoria, agradezco su enseñanza. Quién sabe, tal vez si seguía abriendo puertas sin permiso, pude haber entrado, verdaderamente, al infierno.

Publicado por Paradigma

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