
Seré breve… es posible que critiquen este escrito, considerándolo simple, con poca creatividad y falta de habilidad narrativa, sin estructura ni trama; carente de palabras evocadoras de emociones y reflexiones profundas. El lector hábil se percatará de inmediato de lo improvisado que tiene este texto. Le temo, siempre, casi siempre, a la crítica. Ya puedo escuchar las palabras de los eruditos en letras, el texto, este texto, es desechable. A medida que continúo escribiendo, puedo ver rostros en estas palabras, rostros de rechazo, gestos de desaprobación. Una ceja levantada y una mueca son agujas en mi pecho, clavadas una a una hasta dejar mi corazón cual muñeco de vudú. Curioso… este texto no ha sido leído, pero ya me oculté en la habitación e hice pedazos una a una las hojas que escribí. “No vale la pena, no soy escritor, no uno bueno”, “tienen razón, todos ellos la tienen, debería dejar de escribir”. Eso me decía a mí mismo mientras resquebrajaba mis letras e ilusiones, arrojando los pedazos a la basura. Lo curioso, nadie ha leído aun este texto, el público lector no genera una opinión todavía, pero se siente como si ya hubiese pasado.
Le temo, temo a la vida, me asusta que ella pueda engullirme parte por parte, masticándome lentamente. Puedo sentir sus colmillos hundiéndose en mis extremidades, trozos de piel y músculo son arrancados de mis enclenques huesos dejando tras de sí una estela carmesí.
La vida es eso, un depredador al acecho, una devoradora de almas insaciable. Salir al mundo, existir en él, vivir, es un suicidio… cada día que pasa, cada paso y cada respiración nos acercan lentamente a la muerte. ¡Vaya ambivalencia!, el mismo oxígeno que necesitas papara vivir, es el que puede llevarte a la muerte; producción de radicales libres, le llaman los que saben a ese proceso de estrés oxidativo que envejece la piel, los órganos, el cuerpo entero. Envejecen las ganas, las fuerzas, el amor, los deseos.
¿Qué clase de ser es la vida, que al inhalarla, consume todo? Siglo tras siglo, por eones… ha hecho lo mismo, incansablemente, consumir…
—¿Qué disparates estás diciendo?, ¿acaso me conoces tanto como para afirmar semejantes cosas sobre mí? Espero tengas la evidencia suficiente para culparme de todo lo que mencionaste. —Era la vida respondiéndome ante semejantes ataques verbales—.
—¡Claro que tengo argumentos! —le respondí sin dudarlo—. Te he visto hacer llorar a un pequeño -a muchos en realidad- por quitarle su helado mientras caminaba de la mano de su madre; vi cómo las lágrimas se desbordaban en los rostros de quienes perdieron a un miembro de su familia; escuché hablar de la sensación de abandono provocada por la ausencia de un padre. Veo todos los días en las noticias la desesperación de los que no encuentran a un ser querido que ha desaparecido, el enojo de quienes son despojados de sus pertenencias, el rechazo de quienes no son lo que alguien más dice que deberían ser. Te conozco bien… vivirte es un suplicio y una soledad permanentes, es sentir una angustia por lo que sucederá en un año, dos años, cinco años, el resto de la existencia. Vivir es saber que sufrirás, que temerás, que batallarás por seguir respirando a costa de químicos al final de setenta u ochenta años acumulados, los cuales, son como un sueño, largos en cansancio, breves en alegría. Tú controlas el tiempo de forma injusta, haces sentir que un bello momento es eterno en tan solo unos minutos y que los minutos se perciban interminables en el sufrimiento. Los años son tan breves cuanto toca mirar al pasado y hacer recuento de las vivencias, porque pronto pasan sin darnos cuenta. ¿Qué sentido tiene entonces vivirte?…
—Estás lleno de dudas y temores, ¿acaso has vivido todo aquello que mencionas?, ¿sabes si quiera qué se siente pasar hambre, que tu madre muera, perder una extremidad, tener un accidente automovilístico, un asalto a mano armada, un secuestro?, ¿sabes qué se siente ser responsable por otro ser vivo y decidir si el aparato que le permite respirar, continúa conectado o se apaga?, ¿has sentido en carne propia el deterioro de cada órgano por una enfermedad?, ¿conoces el fracaso? —de alguna manera, la Vida me había escuchado, quizá mis palabras resonaron en lo más profundo de la existencia, no la mía, más bien la suya, la de la vida misma—.
—No soy yo quien provoca el sufrimiento o la alegría de alguien, no soy yo quien tira al suelo un barquillo de helado para divertirse con el llanto de un infante. Es imposible para mí controlar la salud y la enfermedad de los seres vivos; menos probable es que sea yo quien decida cuándo y de qué manera alguien experimenta dolor o felicidad, amor o desamor, lealtad o traición. Si dices todo eso, si me culpas, es porque no me conoces del todo, ni tú, ni muchos otros a quienes escucho decir las mismas cosas, podrías siquiera imaginarte el escuchar todos los días frases como: “la vida es muy dura”, “así es la vida: de caprichosa -como dice una canción-, a veces negra, a veces color rosa…” —no tengo color ni tonalidades—.
A veces me da la impresión de que todos piensan que soy como un camino preestablecido y edificado con un sinnúmero de vicisitudes y algunas alegrías por el que todos, invariablemente, deberán transitar, pero se equivocan…
—Si no es tu culpa, entonces, ¿de quién es?, ¿quién es responsable de tan perverso juego?, —pregunté sorprendido y desesperado ante la voz de alguien o algo que me había respondido. No me lo esperaba…—Solo veo heridas en el mundo, tristezas, sinsabores, arrepentimientos, culpas, añoranzas, melancolías, heridas…
—Escúchate bien, solo puedes ver lo que acabas de mencionar. Me hablas de sufrimientos que, sin lugar a dudas, están presentes en la existencia humana, incluida la de toda especie sintiente, pero, no terminas de entender que no soy yo; me culpas, sufres mi presencia, padeces cada respiro y te angustias por el resultado de cada paso que das, pero también del que no has dado.
—No necesito dar esos pasos para ver, sentir y saber que eres tú la responsable, para afirmar que cargas los males de la existencia. —Hasta este momento noté en mis palabras mucha frustración. La combinación de tristeza y enojo es esa, frustración; también había miedo, pero no por lo ya vivido, sino por aquello que me imaginaba, por lo que creía que pasaría al vivir…; entonces, hubo réplica por parte de ella. Mostró todo su esplendor y toda su fuerza, frente a la cual me sentí insignificante—
—Ahora lo puedo ver, tienes miedo, temes a la incertidumbre, a lo que no puedes ver ni controlar, me temes…, pero debes entender algo, mi existencia, mi ser no están predefinidos; si soy, soy como el agua, soy como cualquier fluido con la característica más bella y esencial de todas: la forma que adquiero, mi forma, mi rostro, dependen del recipiente que me alberga. No soy como existencia fija y limitada, estoy siendo, en cada cuerpo, con cada experiencia y cada día que pasa; no soy, estoy siendo en cada uno de los que deciden darme vida. Soy como la arcilla en manos del alfarero vuelta jarrón multiforme; soy el metal hecho espada que aniquila o el anillo que compromete, hecho por el orfebre. No puedes decir que me conoces, mucho menos puedes culparme por tus inseguridades y fracasos no vividos. No puedes, por mucho que lo intentes y justifiques, hacerme responsable de las heridas infringidas a tu cuerpo, heridas de batallas que aún no has peleado…
Semejante respuesta me dejó sin palabras, sin aliento, petrificado, ¿entonces no era ella la causa de los males de la humanidad?, ¿no era ella la que controlaba todo cuanto acontecía?, ¿qué significa que ella es como un fluido capaz de adquirir la forma del recipiente que la contiene?, ¿qué tipo de recipiente soy?, ¿qué forma tengo?, mejor aún, ¿qué forma quiero tener o que forma he adquirido?, ¿qué tipo de recipiente eres tú?…
