
Por Cristopher Tamayo Herrera
Nací justo a las 12:01 de un jueves 13 de septiembre de 1984: ya desde entonces el mundo me recibió con sus adversidades. Tan solo un año después, también un jueves, entre las 7:19 a.m. y las 7:21 a.m., le tomó a un fenómeno natural dos minutos para destrozar una ciudad. Un terremoto de magnitud 8.1 en escala de Richter, originado frente a las costas de Michoacán y con dos minutos de duración, provocó un sinnúmero de pérdidas humanas y materiales en la Ciudad de México; para ese momento, yo ya contaba con un año de existencia en este mundo, mi cumpleaños, viernes 13 de 1985 día considerado como de la mala suerte, traía consigo -sospecho- el presagio de la catástrofe ocurrida seis días después.
El edificio donde vivían mi padre, mi madre, mis tres hermanas y un hermano, ubicado en la Colonia Vértiz (Narvarte), se derrumbó poco tiempo después de que todos alcanzáramos a bajar de la azotea donde se encontraba el cuarto que el dueño del edificio le rentaba a mi familia. Yo no tengo imágenes de lo sucedido, pero, a mis apenas 12 meses de edad, era otra la memoria que ya se había construido, incluso, desde que estaba en el vientre de mi madre.
A sus 33 años de edad, mi madre, junto con mi padre, ya tenía la responsabilidad de alimentar cuatro bocas, seis contando la suya. Algo que le caracterizaba a mi progenitora era vivir siempre a las prisas, con un nivel de estrés elevado, trabajando extenuantes jornadas en la Comercial Mexicana un supermercado donde hacía cuentas a cerebro, papel y lápiz, y tecleaba fuerte con las yemas de los dedos esas máquinas registradoras mecánicas características de la época. Ella pasó de ocupar el puesto de cajera, al de jefa de cajeras, es decir, tenía a su cargo cuatro hijos y un grupo de cajeras de las cuales era responsable, de los unos la alimentación, crianza, cuidado; de las otras, un funcionamiento eficiente y una contabilidad sin errores. Lo anterior agregaba ingredientes ya a su de por sí estresada vida.
¿Se imaginan?, para cuando ella cumplió 34 años y decidió tenerme -o al menos eso me cuenta-, su cuerpo ya era un caldo de cultivo para todo lo que el estrés y la angustia generan en el organismo. Sin poder interrumpir sus labores durante el embarazo por la vida un tanto precaria que tenían y al seguir viviendo en ese pequeño mundo caótico suyo, fui creciendo dentro de ella, compartiendo el ajetreo diario, la mala alimentación, los enojos, preocupaciones, llanto, cansancio y demás contrariedades que caracterizan a una familia de escasos recursos.
Quizá se pregunten sobre el porqué de este preámbulo, sólo permítanme unas líneas más y llegaré al punto medular de todo esto. Vuelvo entonces con lo que comencé este relato: incluso antes de yo nacer, el mundo preparó un vientre contrariado, donde, al cabo de los primeros tres meses de gestación, se formó en mí esa parte del cerebro que procesa y almacena lo que sentimos, mi memoria emocional, la memoria más importante en la supervivencia de toda especie animal. Uno a uno, cada sobresalto de mi madre se guardó en esta memoria. Al año de nacer (dicen los que saben de estas cosas, un bebé puede reconocer estados emocionales a partir de las expresiones faciales de los demás), seis días después de mi cumpleaños, yo conocí la angustia en la expresión de mi madre quién me llevaba en brazos, bajando desesperada por las escaleras de un edificio que estaba a punto de derrumbarse, al mismo tiempo que apuraba a mis hermanas y seguía a mi padre quién llevaba en brazos a mi hermano de apenas dos años de edad. Esta es, creo yo -y lo confirman los avances científicos más actuales en neurociencias y desarrollo humano- una de las raíces de todos mis males. En otro momento les contaré sobre los vericuetos de mi infancia, adolescencia y juventud, pues, es justo en la vida adulta donde me vine a enterar de los nombres de aquellos fantasmas que han estado a mi asecho durante casi toda mi vida.
—Samuel, puedes pasar al consultorio tres, la Doctora Rosaura te está esperando. Eso dijo la recepcionista, justo a las 13:00 horas en punto de un lunes 11 de noviembre del 2008, día en que me atreví a contarle mis problemas a un extraño, más bien extraña.
—¿Samuel, cierto?, pasa y siéntate en ese sillón…, cuéntame, ¿cómo te puedo ayudar?
La Dra. Rosaura es una mujer de mediana edad, con un buen gusto -a mi parecer- para generar un ambiente agradable en un consultorio. Me llamó la atención que, en lugar de sillas, hubiese colocado dos sillones estilo minimalista, gris claro, de los cuales, elegí el de la izquierda posiblemente por mi mano dominante, “la siniestra”, poco común hasta donde sé. Noté también las paredes pintadas de color menta y se me hizo curioso que solo tuviera su título de especialista en psiquiatría y un reconocimiento otorgado por un instituto algo famoso en la ciudad, a propósito de su labor ética y profesional brindada durante 10 años. Eso me pareció un gesto de verdadera modestia.
—Me siento con poca energía casi todos los días, tengo sueño todo el tiempo, me cuesta mucho trabajo iniciar mis actividades, he notado que, como muchas cosas dulces y comida rápida, tomo café incluso por las noches; tengo dolor de cabeza todos los días, a veces es intenso y me dificulta concentrarme en el trabajo.
—Comentaste que eres diseñador gráfico y trabajas desde casa, ¿cierto?
—Así es, no suelo convivir con mucha gente, me siento incómodo. “¿Qué hay de tu estado de ánimo?”, me preguntó la psiquiatra mientras anotaba en una libreta lo que yo le iba describiendo… Mi respuesta, como las que le siguieron al resto de la entrevista fueron siempre breves: me siento irritable, desmotivado, triste, siento temor. Cual lista de supermercado, mencioné una a una todas las cosas que durante casi tres años había estado experimentando, incluso, esa idea recurrente de terminar con mi existencia.
—¿Has pensado en la forma como lo harías?
—Sí, he pensado en ello, por ejemplo, si voy cruzando un puente, me imagino saltando de él en el momento exacto en que un auto fuese pasando debajo, así, en caso de que el cuerpo fracturado y con los órganos reventados por la caída siga con vida, dos pares de ruedas pueden ser útiles para rematarlo. Cuando me encontró en algún edificio alto y tengo la oportunidad de asomarme por la ventana, me imagino saltando a la vez que me cuestiono si la altura es la suficiente para que mi ser quede impreso color rojo en el suelo. En casa, al cortar una manzana, pienso en cortar diagonalmente la parte anterior de mis muñecas -alguna vez escuché que de esa forma es más difícil detener el sangrado- y esperar a que la vida se me escape por las venas. El morir por asfixia no es opción, ahogado o ahorcado, considero, es una de las formas más dolorosas de quitarse la vida, y un tanto lenta; retorcerse mientras uno pende de una soga, terminar con el rostro azul y los ojos con las venas hinchadas, o tener que respirar agua obligado por unos pulmones a los que les falta oxígeno son escenas a las que les temo, aun así, las imagino…
Noté un poco de preocupación en el rostro de La Dra. Rosaura debido, quizás, a las formas en que me imaginaba terminando con mi vida, o más que por las formas, por el hecho de que pensara sobre ello. Después de un silencio de algunos segundos, me preguntó si, además de imaginarlo, tenía un plan para alguno de los escenarios que le describí o si lo había intentado en alguna ocasión. El suicidio, acto desesperado, reflejo de cobardía para algunos, triste para otros, opción que se debe evitar a toda costa. He leído un poco al respecto, mientras que, para un occidental, es la opción última para terminar con una vida aparentemente desesperanzada, solitaria, melancólica; para un oriental, un japonés de antes del siglo XIX, quitarse la vida era una forma de recuperar su honor tras haber cometido alguna falta grave, o de evitar caer en manos del enemigo. El mismo acto, para unos conduce al infierno cristiano; para otros, el camino de redención y reunión con los ancestros… en cualquiera de los casos, yo era incapaz de hacerme daño, también le temía a eso, mi umbral del dolor emocional y físico era bajo, a veces demasiado.
—¿Se imagina a alguien sin un sentido de vida, sin objetivos claros, sin un recuerdo de haberse sentido en paz y satisfecho con quién es y con lo que hace?
—Puedo imaginarlo si me lo describes, Samuel, dime, ¿qué significa todo eso para ti?
—Es un estar atrapado entre un “no soy suficiente” y un temor a la vida que oprime mi pecho. Estoy solo, aislado del mundo, en esta habitación rentada que apenas puedo pagar con mi salario de freelancer, compartiendo departamento con dos extraños a quienes poco conozco; vivo alejado de todos, elegí el trabajo que tengo porque me permite desarrollar los proyectos desde casa, y solo una vez a la semana debo ir a la empresa que me contrató para alguna junta importante. Soy quien -como perro- se queda en casa para cuidarla, como si el departamento necesitase un guardián… El edificio tiene vigilancia y cámaras en funcionamiento las 24 horas. No suelo hablar mucho sobre mí, sobre lo que siento, sabe, me hace ver débil, eso no debe pasar. Mi padre me enseñó a no llorar, yo no lo recuerdo con lágrimas en el rostro, él me decía y continúa diciéndome: “si te equivocas, lo solucionas; si te caes, levántate rápido porque la vida no te espera, tiempo para llorar no hay…”, también tiene otra frase que actualmente ya no cita, pero que en su momento me repetía cada que notaba en mí algún gesto de tristeza o desgano: “no te muestres débil porque se aprovecharán de ello…”.
Mi padre, ahora un hombre de 53 años, con una licenciatura en Derecho, poco expresivo y muy enorgullecido por su honestidad y rectitud, pese a trabajar en un contexto legal con un nivel de corrupción considerable, me enseñó a seguir las reglas y a realizar mis tareas de la mejor manera: “debes ser el mejor, siempre el mejor que para eso tienes todas las capacidades y recursos”, me decía. Pero la seguridad, su seguridad ante la vida, su resistencia frente a la adversidad, eso… eso no halló forma de heredármelo. En mí habitaba la duda, la inseguridad, el menosprecio acompañado de autoexigencia, la insatisfacción con mi ser y hacer a los que le seguía uno que otro logro invalidado por el perfeccionismo.
—Para ser alguien que habla poco de sí mismo, en este momento, me estás compartiendo cosas muy personales, creo yo, te has abierto un poco…
De algún modo, la psiquiatra me había inspirado confianza, me sentía cómodo en ese consultorio perfectamente ordenado y equilibrado en colores, distribución de espacio, muebles y objetos, no obstante, sentía pena por abrir esa parte de mí, consideraba que no había razón alguna para padecer, “¿qué te falta?, lo tienes y has tenido todo…”, dice mi padre cada que pregunta por mi progreso académico y laboral. La percepción que tiene sobre mí es de alguien estancado, desmotivado, pero sin una justificación razonable para estarlo. La historia, el mundo no me ha dicho que no deba seguir, al contrario, me dice y me ha dicho de varias maneras que persista; ¿oportunidades?, las ha habido, ¿potencialidades?, las hay, no obstante, las dudas siempre aparecen. Oportunidades… claro que las ha habido: mi madre me contó que el embarazo tuvo cierto riesgo, sin embargo, nací, nací un jueves 13 y no un viernes. Un terremoto derrumbó el edificio donde vivía con mi familia, sin embargo, pudimos salir.
En mi infancia tuve un golpe en la nuca, sin embargo, un chipote en la cabeza y llanto fueron señal de que no había muerto donde otros, con un accidente como esos, han perecido. Apendicetomía en mi veintena, sin embargo, una cicatriz de apenas dos centímetros en el costado derecho fue indicativo de la pericia médica. “Tú puedes… eres muy inteligente… eres muy capaz…” frases presentes en las bocas de quienes me conocen. Sin embargo, no obstante, a pesar de, con todo, aun así, dudo…
En al menos 15 años de mi existencia siempre he escuchado eso: “tú puedes”, he escuchado más palabras de reconocimiento sobre alguna característica mía, que críticas negativas, de nuevo, aun así, soy más susceptible de hacerme con las palabras negativas, me hieren, pero sé vivir con ese dolor. Lo extraño de esto son las palabras positivas, me pesan, se incrustan profunda y dolorosamente en mi pecho, quizá porque me conducen -nuevamente- a decepcionarme a mí mismo, perseguido por mis arrepentimientos, ahora y desde hace mucho tiempo, enfrentado a situaciones donde está ese puedes detenido por mi miedo, mis incertidumbres, mis inseguridades. Un puedes que en el presente se vuelve lastre cuando se convierte en un “no lo hiciste”, un ciclo interminable. Es como como una banda de Möbius, como la llaman los matemáticos, si se toma una tira de papel, uno de los extremos se le da medio giro y después los dos extremos se unen, se convierte en un camino donde el punto de partida se convierte en el final del camino para convertirse nuevamente en el inicio, un camino sin fin.
En ese punto de partida está el presente, mi día a día, ese puedes se convierte en un podrías dudoso frente a mis intentos fallidos de cambiar, y se convierte en un habrías podido hacerlo; es un lastre atado a mi espalda que me dificulta subir la montaña, a veces muy alta, del futuro, un lastre que cuando creo que he llegado a la cima, se convierte en un peso que me arroja cuesta abajo repentinamente para solo llegar al inicio. Incluso suena al castigo impuesto a Sísifo por Zeus y Hades: empujar una roca inmensa cuesta arriba, tan solo para verla caer cada que llegaba a la cima, y así, de manera interminable, empujarla de nuevo por la eternidad. Hay una diferencia al mito de Sísifo, soy yo mi propio juez, jurado y verdugo, mi propio castigo. A todos estos males, añadí a su descripción: pérdida de memoria, dificultad para concentrarme, una sensación de vacío, irritabilidad, dolores musculares; una extraña sensación de no estar presente aun cuando mi cuerpo estuviera en el lugar, o de verme como si estuviera fuera de mi cuerpo.
—Además de las preguntas que acabo de hacerte, me gustaría que respondieras unos cuestionarios para complementar la información de la entrevista…
14 horas con 45 minutos, al fin había terminado de vaciarme, abrí mi caja de pandora…
—¿Has escuchado hablar sobre ansiedad y distimia?, quisiera darte mi impresión clínica al respecto de lo que me cuentas…
¿Distimia?, ¿ansiedad?, con que ese rostro tienen mis malditos demonios…
