Por Diana Colín García
Reflexiones y vivencias de un ex guerrillero
Seguramente muchos lo hemos visto en las calles del Centro Histórico, en especial 20 de Noviembre, comprando o vendiendo su mercancía: peluches, bolsas para dama, carteras y aparatos eléctricos. Su aspecto es inconfundible: un varón de 58 años, moreno y de estura media, lleva grandes anteojos y un bastón que le ayuda a desplazarse, además de una prótesis de brazo izquierdo y una mano derecha conformada por tres dedos, a manera de pinza, que le funcionan tan bien como si fueran cinco. Su nombre: Rodrigo Telón Yucuté.
Han pasado 29 años desde que terminó la guerra civil en Guatemala, conflicto que trajo a esta nación vecina 34 años de dolor y muerte, dejando secuelas imborrables en el cuerpo y alma de varios de testigos sobrevivientes, Rodrigo Telón es un ejemplo de ello.
Oriundo de Guatemala, nació en una comunidad indígena marginada, lo cual le complicó mucho la existencia desde sus primeros años de vida, sin embargo, a pesar de la terrible realidad de este país centroamericano, Rodrigo continúa plantándole cara al futuro. Ya no carga las armas pero no ha abandonado sus ideales.
Rodrigo, platíquenos un poco de usted.
Soy indígena maya, provengo de la región de Tierra Caliente en Guatemala, un lugar con enormes extensiones de tierra siempre en pleito por causa de los ladinos[1], ellos eran quienes se apropiaban de las tierras de los campesinos, por las buenas o por las malas, no se tocaban el corazón para asesinar a quienes se interponían contra sus intereses, además, contaban con el apoyo del gobierno y del ejército guatemaltecos. Ser ladino tenía sus privilegios, si tú ibas a una tienda y eras indígena, era probable que te atendieran al último; pedir trabajo en una finca de ladinos era desesperante, uno debía aguantar malos tratos y poca paga, si un maya se quejaba inmediatamente lo golpeaban o hasta lo desaparecían.
¿Usted llegó a trabajar en alguna de esas fincas?
Sí, durante mi juventud lo hice, muchos antes de que quedara ciego y sin un brazo. En una ocasión los ladinos nos secuestraron a mí, a mi primo y a un hermano por reclamar un pago justo, pues siempre nos anotaban menos cantidad de la cosecha de maíz que entregábamos y así nos daban menos dinero. Cuando protestamos, los capataces nos subieron a una camioneta y nos llevaron a Amatitlán, la ciudad donde viven los guatemaltecos más ricos del país, pensamos que nos irían a desaparecer, estuvimos allí por unos días, no recuerdo cuántos, estábamos custodiados por hombres armados que nos daban de comer una vez al día, al final nos soltaron pero nos amenazaron con matarnos si regresábamos a la finca.
Supongo que esa experiencia representó un duro golpe para usted.
Así es, pero eso fue sólo una parte, el problema agrario en Guatemala año con año se cobraba la vida de miles de campesinos e indígenas, los ladinos mataban a familias enteras y desaparecían comunidades sólo para hacerse de sus tierras. Recuerdo que en 1978 escuché por la radio que cientos de mayas habían sido masacrados por el ejército, esto sucedió en Panzós, un municipio de Alta Verapaz, los terratenientes habían acusado a los indígenas de querer incendiar las ciudades y los soldados dijeron que apoyaban a la guerrilla y debían intervenir para conservar la paz.
Las cosas no andaban bien en Guatemala, el gobierno también prohibió las manifestaciones estudiantiles y les negó las escuelas a los mayas, ellos creían que un indígena ignorante iba a ser menos peligroso que uno educado. Además, muchos campesinos e indígenas pobres simpatizaban con la guerrilla y el gobierno les envió kaibiles[2] para meterles miedo, supe de un muchacho a quien un kaibil lo secuestró y le cortó cuatro dedos de la mano izquierda para que le dijera dónde se escondían los guerrilleros, el joven no le dijo nada pero ya nunca volvió a hablar.
¿Fue así como decidió unirse a la guerrilla?
No; antes de ser guerrillero me hice miembro de una organización destinada a formar un sindicato, yo y otros compañeros estábamos hartos de los malos tratos en las fincas, por eso decidimos unirnos, queríamos dejar de ser explotados, denunciar los crímenes del ejército, la devolución de las tierras y exigir al gobierno libertad de expresión, a pesar de la noticia que habíamos tenido meses antes sobre la quema de cuarenta manifestantes vivos en la embajada española por parte del ejército.[3] Salimos a manifestarnos varias veces, nos sentíamos orgullosos de habernos coordinado bien para marchar con otros sindicatos, pero las masacres no terminaban y varios líderes sindicales fueron asesinados, por eso decidimos tomar las armas.
¿Cómo fue su acercamiento con la guerrilla guatemalteca?
Por un compañero del Comité Sindical, él me convenció de unirme a la lucha armada, así que él y yo, junto con otros compañeros, partimos en una camioneta hacia Malacatán, allí nos recibió el comandante Sergio, él me hizo cambiarme el nombre y me dio un uniforme verde olivo, también mi primer arma: una calibre 12. Al día siguiente comencé el entrenamiento militar. Debo decir que cuando iba en camino hacia el campamento guerrillero estaba muy triste, días antes mi esposa había parido a nuestra única hija, les encomendé su cuidado a mis padres, pero no me podía echar para atrás, si me hubiera quedado con mi familia tal vez ya estaría muerto por defender las tierras, aunque me dolía mucho, no veía otra salida.
¿Cómo se llamaba la organización a la que pertenecía?
Era la Organización del Pueblo en Armas (ORPA), se fundó en 1982 por el Tío Cruz, del que no recuerdo su nombre verdadero, junto con el comandante Gaspar Ilom, de quien tampoco recuerdo cómo se llamaba,[4] no los traté mucho.
¿Entonces estuvo listo para ir a combate?
No; no podían mandar a primerizos a combate, era muy riesgoso, mientras me entrenaba, también comencé a dar cursos de alfabetización y clases de marxismo a comunidades indígenas y campesinas, era muy productivo, la gente quería mucho a los guerrilleros.
¿Tuvo problemas para entender el marxismo?
Bueno, es que sólo leí a Marx por partes pequeñas, antes de ir a las comunidades recibíamos adoctrinamiento de intelectuales y universitarios que apoyaban la lucha armada, ellos eran quienes nos transferían las ideas marxistas, que de otra forma se nos hubieran hecho difíciles, pues yo sólo tenía la primaria y muchos compañeros ni siquiera sabían leer, pero le entendí bien, pues hablaba de cosas que se viven en la realidad.
¿Duró mucho tiempo en las comunidades?
Algunos meses, después me transfirieron al cuidado de los heridos, como enfermero de la guerrilla hice muchos amigos, eso lo notaría después del accidente que me dejó ciego y sin brazos. Pero al cabo de un tiempo, el comandante Aníbal me llamó para formar un equipo experto en explosivos, nos dieron varios cursos y salí bueno para eso, aprendí rápido a activar y desactivar minas. Cuando estuve listo me trasladaron a un puesto en la frontera con México, allí debía manejar un aparato de comunicación con el que descifraba, con otros compañeros, los mensajes que se enviaba el ejército guatemalteco, allí pasé la mayor parte de mi vida en la guerrilla, era una actividad muy productiva pero también tenía sus fallas.
¿Cómo cuáles?
Una noche nos emboscó el ejército por el descuido de nuestros altos mandos, los militares dispararon contra mis compañeros y asesinaron a varios. Muchos de nosotros logramos escapar y llevarnos a los heridos, nos ocultamos en la selva, pero el ejército nos siguió y comenzó a disparar. Entonces, algunos compañeros, desesperados por nuestra situación desertaron en ese momento, dejaron de disparar creyendo que se salvarían, pero no fue así.
La situación era muy tensa y tuve que huir hacia el monte, entonces algunos de mis compañeros me alcanzaron y me ofrecieron dinero para que les cubriera la retaguardia y ellos poder escapar, querían dejar la guerrilla y olvidarse de todo. Yo no acepté.
Supongo que usted tuvo sus motivos para no escapar con ellos.
Claro, yo tenía un compromiso con la causa, mejorando el país la situación cambiaría para mí y los míos, quería hacer de Guatemala un país mejor. Me entristeció que muchos compañeros no pensaran así, no quise ser como ellos. Días después de la emboscada, diez compañeros desertaron de la guerrilla, fue un golpe muy duro pero nadie se opuso.
¿Usted alguna vez pensó en desertar?
Llegué a tener dudas, en los momentos difíciles pensaba en cómo la pasaba mi familia sin mí, llegué a enterarme de que algunos de mis hermanos me maldecían por haberme marchado, pero no podía dar marcha atrás. Sólo me salí de la guerrilla cuando quedé discapacitado por un accidente de mina.
¿Accidente de mina? ¿Cómo sucedió?
Mis compañeros habían preparado una emboscada al ejército, pero dejaron los explosivos a la intemperie, yo intenté arreglarlo, pero tuve mala suerte: resbalé y caí sobre ellos, el accidente me costó la vista y dos manos. Mis compañeros corrieron a auxiliarme a pesar de que los soldados ya los habían localizado, me cargaron en hombros sin importarles las balas, yo les suplicaba me dejaran tirado, pero ellos se negaron. Días después me trasladaron a México a una casa de seguridad, pues en este país existían intelectuales de izquierda y artistas que apoyaban a la guerrilla, en ese lugar inicié parte de mi recuperación pues a la encargada yo no le caía bien, por ser indígena ella no me atendía, esta actitud hizo que me trasladaran a Cuba para salvar los tres dedos que me quedaban en la mano derecha, pues ya había quedado ciego y sin una mano.
Esto, sin duda, representó un duro golpe para usted.
La discapacidad es un proceso, aceptar mi nueva condición me costó bastante, caí en depresión, no sólo por mi salud, sino por mi familia y mi país. Durante mi estancia en Cuba escuchaba las noticias sobre cómo las guerrillas comenzaban a entablar diálogo con el gobierno, las ganancias no eran muchas pero eso no me dolía, sino el hecho de que muchos de mis compañeros de armas comenzaran a venderse, a traicionar sus ideales. Eran entonces los años 80’s. Aquellas condiciones políticas me hicieron quedar en Cuba un tiempo más, después algunos camaradas me ayudaron a regresar a México, pero bajo otras condiciones, en este país comencé a retomar mis estudios, no quise darme por vencido a pesar de todo lo sucedido.
Actualmente ¿qué opina de la situación en Guatemala? ¿Ha cambiado?
Poco, por lo menos ya no hay escuadrones de la muerte, pero sigue habiendo mucha desigualdad social, hubo traiciones dentro de la guerrilla, los indígenas no recuperaron sus tierras, mis padres fueron asesinados por el ejército y no volví a saber de mi hija. Por otra parte, muchos guatemaltecos atraviesan México para llegar a Estados Unidos, con todos los peligros que esto implica, no siento que haya habido algún cambio importante.
Sin embargo, usted sigue sonriendo y con ganas de vivir, actualmente cursa la preparatoria abierta.
Así es, siempre me ha gustado aprender, la prepa abierta me ha traído nuevos retos, creo que si no fuera por la educación, que se me negó en Guatemala, ahorita no hubiera logrado superar todo lo que viví. Además, si algo me anima pese a todas las malas experiencia es haber hecho lo que debía, en ese aspecto estoy tranquilo con mi conciencia, vivo para superarme, conforme a mis ideales.
[1] Así les llaman a las personas ricas y de raza blanca, por lo general terratenientes.
[2] Nombre con el que se denominó a los soldados guatemaltecos de élite, se caracterizaron por su crueldad y violaciones a los derechos humanos durante la guerra civil.
[3] El 31 de enero de 1980 37 personas tomaron la embajada de España en Guatemala y el ejército los quemó vivos en represalia a las protestas, uno de los que murió en dicha tragedia era Vicente Menchú, padre de Rigoberta Menchú.
[4] Se trataba de Rodrigo Asturias Amado, hijo del Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias.
