
Por: Marcos Pablo López
A veces en todo el día sólo encuentras un pequeño momento para respirar, para ti, para bajar un poco la velocidad del mundo y sentarte en la banqueta del cruce donde es hora de despedirse y partir cada quien a casa, y simplemente dar gracias por estar ahí sentados descansando, conversando muy a gusto acerca de la vida y sus tropiezos, después de una mojada y divertida rodada. Y entonces te das cuenta que valió la pena no sólo el esfuerzo y la mojada por la lluvia, sino el día mismo. Que ese pequeño momento lo salva, te salva, de no vivir sólo como un autómata que se levanta a las cinco de la mañana y vuelve a casa cerca de la medianoche a medio dormir, siempre preocupado y ocupado en cómo llegar a fin de mes.
Ya sólo el líder del grupo y otras tres personas estábamos ahí, disfrutando de la esencia de la noche a esas horas, de su magia, de sus silencios y tranquilidad, de su fauna nocturna. De pronto, uno de ellos dijo que era mejor seguir y llegar a descansar definitivamente después de un baño caliente y algo de cenar. Tezca, el líder, Alan y el Pato tomaron camino rumbo a Barrio Alto. Yo hacia la colonia Zona Escolar.
Una de las cosas que más disfruto de salir a rodar con este grupo en las noches, es precisamente este momento de rodar en solitario rumbo a casa, aterrizando la rodada, con un pedaleo tranquilo, pensando, reflexionando y a veces hasta imaginando algún poema o cantando alguna canción. Por eso me gusta acompañar a Roci y a Ariana a su casa y pedalear ese tramo rumbo a la mía solo, sólo la noche y yo. Pero esta vez, al llegar al semáforo de la farmacia Guadalajara, en Miguel Bernard, extrañamente Ari me dijo que de allí ellas dos se iban solas, “tú te vas con ellos, te vas”. Fue tan extraña y curiosa la forma en que lo dijo que me dejó sin palabras, hasta Tezca se rió y se burló diciendo que ni a Pumba, un integrante recién llegado, que al parecer tuvo la fortuna de encontrar a una chica linda con quien compartir rodada y otras cosas, en el grupo, lo corren así. No supe qué hacer, no me quedó de otra más que reír un poco confundido. Intenté no clavarme ni sentirme mal como casi siempre hago y pensé mejor en aprender a respetar la libertad de las personas, en la libertad de que te manden a la goma, en la libertad de que no les caigas bien, en la libertad de no quererte, en la libertad de no interesarles y así en un montón de libertades en las que fui pensando para distraerme.
Ari es otra de las razones por las que me encanta salir a rodar con este grupo. Después de veinte años cuando me flechó por primera vez en el bachillerato donde la conocí, la volvía a encontrar en este grupo, ahora además de hermosa, buena onda e inteligente, le gustaba salir en bicicleta, qué más podía pedir, qué más podía hacer al encontrarla de nuevo, si no otra cosa más que enamorarme como ideota y quedar flechado estúpidamente por segunda vez. Hay cosas en la vida de las cuales nunca se aprende la lección, y una de ellas es esa, enamorarse, y más aún, de quien no nos corresponde.
En estas y otras cosas iba pensando mientras pedaleaba solo rumbo a mi casa, como también en lo afortunado que fui al rodar hasta los arcos de Naucalpan en la bici que llevaba, una Benotto rodada veintiséis con una transmisión de juguete. Me sentí orgulloso por haberlo logrado con esa bici, y lo mejor aún, sin pincharme ni ningún otro incidente mecánico porque no llevaba ni parches, ni herramientas por si algo me pasaba. Ni siquiera pensaba ir, había tenido un día difícil y estaba cansado, pero como bien dijo Ari esa noche: “mueven más un par de tetas que un par de carretas” pues ahí voy con todo y cansancio, sin mi bici habitual para estás rodadas porque estaba descompuesta, con tal de verla, con tal de estar con ella un ratito.
Regresé físicamente aún más cansado, pero mentalmente relajado, eso también me gusta de estas rodadas nocturnas de martes, por qué martes pudiendo ser jueves o viernes, no lo sé, hay otro grupo que rueda los lunes, a ese grupo menos lo entiendo. Como sea, he aprendido a disfrutar estas noches, haciendo una actividad en un día y horario nada común para hacerlo, eso es lo interesante, siempre me ha gustado ser y hacer cosas diferentes.
Para cerrar aún más a gusto la noche, busqué una tienda para comprar una cerveza y beberla mientras me bañaba para ayudarme a dormir rico. Después de encontrar un par de ellas cerradas, me dirigí a una vinatería que sabía estaría abierta en la esquina de Lázaro Cárdenas y Tecnológico, a un costado del reclusorio norte.
Mientras estacionaba la bicicleta, llegó un tipo de unos treinta años, con pants y sudadera blancos, cabello negro y lacio bien aliñado y una bandolera negra cruzada en el torso, manejando una motoneta. Parecía ser una persona tranquila, uno podría hasta imaginar que a esas horas quizás vendría por leche y galletas para su hijo que está llorando.
Nos encontramos en la entrada, como yo llegué antes, me correspondía entrar primero, pensé. Pero él pensaba diferente. “Buenas noches”, saludó tranquilamente.
“Le recomiendo que esperé afuera o mejor aún, que se vaya” dijo de manera muy amable mientras entraba seguro y decidido.
!Ah chinga! A poco sí muchos huevos, me pregunté. En seguida escuché decirle al señor que atendía, un tipo mal encarado que siempre atiende de mal modo, “no lo hagas difícil ni tardado”. Al asomarme, lo vi apuntándole con una pistola.
Un escalofrío me recorrió por completo, dejándome paralizado por unos segundos que sentí eternos. En cuanto pude reaccionar, agarré la bicicleta y de los nervios ni siquiera me subí en ella si no hasta unos metros más adelante. Me encontraba desconcertado. Sólo quería una cerveza y terminar tranquilo el día. Ahora sé que el día no termina hasta cerrar los ojos bajo las cobijas y que en cualquier momento puede cambiar.
De pronto, percibí el motor de una motoneta y el resplandor de una luz aproximarse hacía mí, al voltear a ver, me di cuenta que era el mismo tipo y pensé en lo peor, en que pasaría y me dispararía sobre la marcha para no dejar testigos, era algo sencillo de hacer en la soledad de esas calles a esas horas. El miedo hacía temblar tanto mis piernas que ya ni siquiera pude pedalear, seguí sólo con la inercia que llevaba. Al darme alcance, me sentí desfallecer. Hace unas horas había salido de casa ilusionado y emocionado por estar un ratito con la chica que me trae loco y ahora terminaría el día muerto sobre el asfalto como un perro atropellado a mitad de la calle, y lo peor, sin ni siquiera haberle dado un besito a Ari.
Al estar junto a mí, sin detenerse, metió la mano derecha a la bolsa de su sudadera. En ese momento cerré los ojos esperando un balazo, sentí que la respiración me faltaba y el corazón quería salir huyendo de mi pecho para salvarse. Para mí sorpresa, lo escuché decir con la misma voz amable y serena de minutos atrás: “Tome, y disculpe la molestia, ese viejo me las debía. Comprenderá que usted no ha visto nada.¿Verdad?”. Al escuchar eso abrí los ojos y sentí como el alma me regresaba al cuerpo, me dio un latón de cerveza modelo y se fue.
Llegué a casa a tumbarme en el sillón, me bebí la cerveza de dos largos tragos, ya ni me bañé, seguía desconcertado, ¿cómo sabía ese tipo extrañamente educado que yo quería una cerveza, y además modelo? Al poco rato me quedé dormido.
