
La concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, la gran figura de la oposición venezolana en las pasadas elecciones de 2024, nos obliga a un examen urgente y profundo sobre el significado contemporáneo de este galardón.
Si bien el reconocimiento de la lucha por la democracia y los derechos humanos es vital, el premio se desmorona moralmente cuando se otorga a individuos cuyo discurso ha incluido, en momentos cruciales, la abierta solicitud o el apoyo explícito a una intervención militar extranjera en su propio país.
Esta postura representa una contradicción fundamental e irreconciliable con los principios más básicos de la construcción de la paz. La paz no es simplemente la ausencia de confrontación interna; es, fundamentalmente, el ejercicio de la soberanía, el desarrollo de la autodeterminación y el compromiso ineludible con la vía no violenta.
Cuando un actor político, por muy justificada que sienta su causa, llama a las armas foráneas, está esencialmente abdicando del principio de la paz a favor de la guerra, la inestabilidad y el caos inducido externamente. Una intervención militar, independientemente de sus propósitos declarados, es el acto de guerra por antonomasia.
Implica inevitablemente la pérdida de vidas civiles, la destrucción de infraestructura y la instauración de una nueva capa de conflicto que rara vez se resuelve con la mera retirada de las tropas.
El comité del Nobel, en tal escenario, envía un mensaje peligrosísimo al premiar a Machado: que la solución a los problemas políticos internos puede encontrarse en la violencia transnacional. Otorgar el Nobel a quien promueve la injerencia castrense sería, de facto, legitimar la guerra como una herramienta aceptable para alcanzar objetivos democráticos.
Pero, ¿qué podemos esperar del Nobel? En 1973, Henry Kissinger fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz por su papel en la negociación del alto el fuego en Vietnam, un reconocimiento tan polémico que dos miembros del comité renunciaron y el cogalardonado, Le Duc Tho, lo rechazó al haberlo ganado junto a Kissinger.
La crítica es evidente: la paz se le otorgó a un arquitecto de la guerra y la muerte. Kissinger fue un promotor de la Realpolitik que orquestó el bombardeo secreto de Camboya, una acción que se estima costó decenas de miles de vidas y que ayudó a desestabilizar la región, sentando las bases para el surgimiento del genocida Jemer Rojo.
Su política exterior se caracterizó por el apoyo a dictaduras brutales en América Latina, incluyendo el golpe de Estado en Chile de 1973. Premiar a un estratega cuyo legado está manchado por crímenes de guerra, desestabilización de gobiernos democráticos y apoyo al autoritarismo, demuestra que el Nobel, en ocasiones, ha premiado la gestión de la violencia más que la erradicación de sus causas.
Además, está el precedente del Nobel de la Violencia Económica: Milton Friedman. Aunque éste recibió el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas, su inclusión en la “familia Nobel” subraya la aceptación de la violencia sistémica. Friedman fue el principal proponente de la Escuela de Chicago, cuyas políticas de neoliberalismo extremo fueron impuestas, a menudo, mediante terapias de “shock” económico.
Estas políticas no son neutrales; son actos de violencia social. La privatización masiva, la desregulación laboral y los recortes al gasto social generan pobreza extrema, desigualdad insostenible y fractura el tejido social, elementos que son la raíz de innumerables conflictos armados y civiles.
Entonces, que no nos digan que Pinochet y las dictaduras de América Latina fueron la paz, que no nos vendan el Nobel como un premio sagrado y veámoslo como lo que es: una estrategia de legitimación del sistema imperialista… No lo dudemos, el Nobel de la Paz 2026 será para Donald Trump, por haberle regalado la Franja de Gaza al Estado de Israel.
