La crónica poética del último año escolar #2

Por Alexis Boleaga

Respuesta a Allen Ginsberg

He visto a las mejores mentes de mi generación

destruidas por la estela lunar de sus bocas,

rastros de proyectil certero a los gélidos amperios

en sus cuerpos de sol,

uno tras otro sobre el asfalto,

vistos y no vistos

por ellos mismos,

volviéndose diestros agrupados

de elogios ahuecados,

con la dulzura agria

de lenguas largas,

áridos espectros de amabilidad

precipitada a la fuerza,

¿y para qué?

para mirarse cual niños en su flor de carne sangrada,

primeriza en todo pero experimentada en infinitos

coitos, bebidas y placeres de ensueño.

He contemplado su aullido a la patria, al oficio,

a las vulgares oraciones que conforman la semana.

Quizá habrás de venir a buscar

los amores perdidos,

los ya manoseados entre salvajes sahumerios

que surten los ojos

que ven y no ven

a menos que se trate de su deseo,

la soñada carrera

dejando muertos en vida,

vacíos andantes por pasillos, plazas,

baños hediendo al ansia.

¿Cuándo estará bien caerse?,

si aspirantes convocan en sí mismos las rapiñas,

devoradoras del rumor.

No los condenes por su humanidad

ni su deshonroso actuar,

de mal talante crecí a su lado,

conozco el estado en el cual me encuentro,

la pena por sus maneras

adyacentes a las mías,

exhortando maldades.

“Febril destino del aullido

que quema a los fumadores, bailarines, cinéfilos

y entrometidos empedernidos,

vuélvete guia de voces fragmentadas,

de los prófugos de afables camaraderías”,

no le pido a nadie,

lo digo por no sentirme igual a ellos.

Soy destierro, fósforo perecedero,

delante, atrás, en medio,

señor, las torres me eclipsan,

tengo que irme a la tarde añeja por los años,

cuando el lucero de ese clamor

divisa pasivo a su igual,

no dispuesto a desnudarse

por dos, cuatro, mil hechos lamentados y risibles.

“No nos burlamos de la persona,

sino de sus situaciones”,

me dijo uno traqueteando el metro,

gustoso de la idea de fornicar con mi pasado,

ponerse sobre mi.

“Hazlo caer”, le digo a las colmenas.

Nadie responde al auxilio,

no es agradable al oído.

Entonces me callo.

Detenido bajo ley en funestos augurios,

ceñido de lagunas tras la tormenta,

desecho de pieles durante el tropel,

comerciadas en el festín de vanidades,

con la elegía en mi garganta,

así les gusta humillar,

lóbrega blasfemia, le dices tu

con el porro en la mano y la palabra en la cara,

hundiéndose la tierra bajo tu cuerpo

rumbo a los baldíos

que se pueblan de rafagas, insectos y aves colericas.

Me han arrebatado el refugio estival

durante el verano muerto, húmedo.

Yo me quedo a desearles el fin.

Voy norteado alrededor de sus círculos

bien iguales,

sorteo los árboles.

se extravían esos bocazas

que presumen su glamour

en aras de sentirse menos mutilados,

de no saber que a uno de ellos,

el que se ríe de lo ajeno,

el padre lo dejó y el sustituto lo ve

con desprecio y fingida indiferencia,

que traiciona a su amado con otros hombres;

que otra salta de amante a otro

aun si su autodesprecio la alcanza;

que uno cree ser parte aún si solo les sirve de bufón;

que uno señala a las mujeres

y busca con su mano a los miembros masculinos,

ebrio y con sus ínfulas cegadoras;

que una en supuesta inocencia

censura y llama a desterrar a quien quiere,

convoca, odia y ama

cuando lo necesita,

y siempre será justa y bondadosa

con sus críticas.

Ahora sobrevivirás a sus armas

colmadas de dientes que huelen a sus ausencias

penadas sin inmutarse;

todos quieren saber sus lamentaciones

en el hogar,

inquietos vuelven chiste los huesos perdidos.

Y nadie dice nada

sin una sonrisa pegada a la banca.

Publicado por Paradigma

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