Por Alexis Boleaga
Poemas en CU
Panegírico/Decepción en CU
Al sur fui a caer sobre los muros, recuerdo.
Sobrevivo a las pruebas,
a los ojos avizores,
desconocidos transeúntes,
hermanos de oro
en el camino.
Ahora al sur voy sin origen,
sin raíz en llamas trotantes
de memoria erosionada.
Deshonra, deshonra,
cambié la casa, cambié el color,
ahora se me acaban los años,
sin truco ni comida,
ni orgullo por los alumnos y profesores.
Creo que pienso demasiado
y no me importa
si el césped aguarda mi paso,
mi vergüenza dejada a un lado
al verle la anatomía
a la ciudad contenida.
Brilla la ausencia
durante el triste andar,
las ganas de estar aquí,
siendo azul espíritu ajeno a todo,
al honor de rodearme
de víboras en oriente.
He soñado aquí el repiqueteo del tren
hacia la esperanzadora canción
de bestias fraternales,
aguardando tomar el puesto
de miles y sonreírle
a la escuela, la casa,
inmortal deseo mientras crezco
en las apologías de sus fallas.
Hablo con la dicha de saberme pertenecer
aunque no venga seguido,
de ser el ente del niño guinda
que rebuzna la pena
de mendigar amigos y triunfo.
¡Ah!, pero como quise estar aquí,
infusionarme en la sagrada rectoría,
con el saber fugaz
de no ser de ahí.
Poema en la Biblioteca Nacional
De tus pupilas resbalan serifas
al caer mis dedos sobre
el fantasma plañidero
de tu pecho enloquecido,
sonriendo al batirte el corazón sangrante
bajo un halo de sueños indómitos,
de dorados y azules que augurios
de vientos tórridos llaman al atardecer,
al cierre.
Colmado de alabanzas
me dejaré evocar desde antaños recientes,
dominado en pos del silencio,
viles imaginaciones mías
al transmutar tus pómulos
en montes donde el águila devora a la serpiente,
y los libros se llenan dentro del ataúd castaño
con el arrullo de tu torrente,
cálido, íntimo, no mío,
hacedor del éxodo de verte ir a casa
con quién espera el dulce hechizo
de hombres que parecen morir
por el fútil aroma a tinta
durante el alud del ave
navegante del tragaluz
que pérfida revela mi lecho
en esa llanura de concreto,
laberintos del cielo colmado de rojos
asediantes de nuestro mirar,
bañados en la cordialidad aparente de retablos.
El esqueleto de hierro filtra rectos trazos
mientras su sombra de ballena
dibuja suspiros
al anidar el eco del amado anhelo,
ecografía de eones breves,
cuando imagino el revuelo
de tus cabellos en la unidad gris, aséptica,
cuando muere funesto el confort
de tu sabio humo en la mesa de autopsia
que lleno de páginas y páginas
con el apetito que provoca
la flaqueza tuya,
la flaqueza mía
por pocas atenciones tuyas,
así heredo preceptos
a tus ojos infaustos
en las tinieblas del túnel recorrido,
de los pasillos vacíos siendo uno entre todos,
uno que arranco inmisericorde
y consumo bajo mis brazos.
Encuentro lo simple,
la nada de observarte tan quieto,
tan ausente en salas,
tan callado arriba,
el nível que alcanzo aquí,
no allá,
aguardando por lo prohibido
en tu costillar abierto.
Haikus libres en el Pumabus
I
Anteceden los hierbajos.
Sumergido en la ventana
languidezco.
II
Límpidas nubes
atajan barrancos.
Se asoma la biblioteca a espalda mía.
III
Visiones inmaculadas
se hacen tributo,
y hoscos bajan a la escuela.
IV
Mudos andan.
Gritan el himno cuando cuando conviene:
¡Goya!
V
Maquinales
se elevan monolitos,
círculo escondido abajo.
VI
Retorno a la estación.
Cegado llamo,
no sé a quién.
