Por Amaro Prado Kunti
Me gusta vivir amontonada, me hace sentir acompañada, casi puedo decir que es mejor que estar sola. Estar sola no es malo, pero cuando todo lo que conoces desaparece, el aislamiento puede resultar incómodo; por alguna razón, la compañía me hace sentir que existo.
Todo lo que conocía desapareció en el último exterminio: mis amigos, mi familia… hasta los desconocidos que formaban parte de mi vida y que ahora extraño.
Estos nuevos desconocidos que me rodean me quitan la tranquilidad por las noches, como si la gente de antes le diera sentido a lo que soy y me dieran un lugar en el mundo, aun así, sentirme cerca de estos seres extraños es mejor que estar sola.
Ser una pulga no es fácil, hay que succionar sangre todo el día y a veces por las noches, nunca hay descanso para quien dedica su tiempo a esta honorable labor. De vez en cuando, le salen granitos al huésped y se rasca, eso puede significar el luto de muchas familias; sin embargo, y con tristeza lo digo, eso ya es normal en esta pulgópolis tan saturada de mano de obra… por fortuna, o por desgracia, no lo sé, tras la muerte de una colega, en dos segundos ya hay otra compañera ocupando ése espacio.
Soy relativamente nueva aquí. Después del último gran exterminio decidí mudarme a un huésped más seguro para las de mi especie. Las ratas son en mayor medida evitadas por los gigantes, no hay exterminios ni campañas de odio anti-pulgas, estos huéspedes tan asquerosos para todo el mundo son los únicos en no oponerse a nosotras. Aun así, no hay que bajar la guardia, siempre puede pasar algo inesperado.
Otras compañeras hematófagas dicen que no es digno habitar un huésped de estas características, pero, ¿qué me queda?, estar sola no te deja muchas opciones. Dicen que un animal grande podría comerse al huésped y a nosotras con él; sin embargo, prefiero morir devorada junto a mi rata que vivir con la amenaza latente de un exterminio… Quizás me da paz que las probabilidades estén a mi favor ahora que he cambiado de rumbo.
Cuando llegué a este huésped ya había problemas, pero con el tiempo han aumentado de manera preocupante, presiento que algo va a pasar. Las demás no me creen, pero cuando vives en la desdicha, aprendes a identificar las señales y puedes oler la tragedia con bastante antelación. Tengo la fuerte creencia de que el huésped está enfermo, su sangre sabe diferente, las otras pulgas incrédulas dicen que no me he acostumbrado al sabor de los huéspedes de menor nivel, pero sé que algo pasa.
A pesar de todo, hacer amigas no me ha significado un problema; todas estamos en el mismo hoyo. Bueno, algunas prefieren fingir que viven en huéspedes de «mayor nivel» pero todas somos iguales, al fin y al cabo, todas succionamos sangre, reímos y lloramos cuando alguna parte. Las demás que tenemos las patas bien plantadas sobre la dermis, sabemos que es mejor estar unidas.
He visto que los gigantes tienen nombre; sin embargo, las pulgas no lo necesitamos. Nuestro periodo de vida es tan corto comparado al de ellos que no hay por qué molestarse, vivimos y sobrevivimos entre la muerte y el nacimiento. Justo por eso amamos intensamente, razón por la cual sobrepoblamos a nuestros huéspedes con rapidez, es contraproducente si lo piensas, porque cuando somos muchas, viene el exterminio.
Después de todo este tiempo llegó el día: primero, una sacudida; después, húmedad… no había un solo ruido. El latido del huésped se detuvo, mientras algunas nos mirábamos incrédulas, otras comenzaron a saltar del cuerpo, que se enfriaba rápidamente. Por un momento me pregunté si debía quedarme a acompañar al huésped que nos había dado un hogar; sin embargo salté.
Un gato atrapó al huésped y le mordió el cuello; la rata estaba enferma así que no se la comió, creí que su enfermedad sería nuestra perdición pero al final nos salvó. Me convertí en el parásito de ése mismo gato que ahora llamo huésped y el ciclo iniciaría de nuevo.
