Temporada de opinólogos

Pensaba en qué escribiría esta semana mientras deslizaba el dedo por las redes. Dudaba entre los inicios de año, los propósitos que duran lo que dura enero y esas ilusiones infantiles que también circulan por estas fechas, cuando de pronto —una y otra vez— la noticia del fin de semana empezó a bombardearlo todo. Instagram, Facebook, X. El mismo tema, insistente, omnipresente.

Era una de esas noticias que mezclan drama, juicio público y moraleja fácil. El plato perfecto para el banquete de opinólogos.

Así que dejé el celular y me puse a leer un libro.

No por virtud. Por cansancio del ruido.

Al día siguiente pensé que el ruido ya habría cambiado de dirección. Pero no. La misma noticia seguía ahí, presentada en decenas de versiones. No nuevas miradas, no nuevos datos: las mismas imágenes, las mismas palabras, las mismas opiniones. Algunas en tono de broma. Otras vestidas de indignación. Unas apelando a la humanidad. Otras quejándose de lo superficial. Algunas pidiendo que nos informáramos. Otras advirtiendo que no creyéramos en las redes.

Todas hablando al mismo tiempo.

Nadie escuchando a nadie.

Y entonces pensé: hace apenas unas semanas nos preocupaba otro tema. Antes de eso, otro. Y antes, otro más. ¿Alguno se solucionó? ¿Alguno duró lo suficiente en la memoria colectiva como para buscar una salida real? ¿O solo se fueron apilando como archivos temporales: cosas que nos dolieron, nos indignaron, ¿nos hicieron opinar… y luego olvidar?

Vivimos, sin duda, en la temporada alta de opinólogos. Gente que adopta posturas con la velocidad de un clic. Que reduce conflictos llenos de matices a encuestas de sí o no. Como si elegir bando borrara al otro. Como si los grises fueran una pérdida de tiempo en un mundo de historias de quince segundos.

La velocidad con la que opinamos es la misma con la que lo olvidamos y el dolor ajeno tiene fecha de caducidad.

La indignación también.

En gran medida, las redes no nos invitan a pensar; nos entrenan para reaccionar. Para opinar rápido, no para investigar lento. Para hablar del tema de moda como si fuera el único importante y tratar los anteriores como si ya estuvieran resueltos solo porque dejaron de ser tendencia.

Opinar se ha vuelto el precio de entrada a la tribu. Un like, un comentario indignado, un “totalmente de acuerdo” funcionan como la moneda con la que compramos un lugar en el grupo. El silencio —aunque sea para leer, pensar o entender— se interpreta como indiferencia o complicidad.

Pero opinar sin contexto no es inocente: es ruido organizado. Amplifica errores, simplifica mentiras y convierte problemas reales en entretenimiento moral.

Y no, no siempre hay que elegir lado. Hay situaciones en las que ambas posturas fallan. Donde el problema no es decidir de qué bando estamos, sino preguntarnos por qué el sistema solo nos deja elegir entre opciones defectuosas. Decir eso incomoda, porque no genera aplausos ni certezas listas para compartir.

Tal vez no necesitamos más opiniones. Tal vez necesitamos memoria. Gente dispuesta a sostener un tema cuando deja de ser popular. A aceptar que no todo cabe en una frase ingeniosa. A entender que no saber todavía también es una postura, aunque no luzca bien en el perfil.

Podemos simplemente estar en contra de ambas posturas.

Podemos elegir negarnos al espectáculo.

Podemos aprender a no convertir cada tragedia en una opinión urgente.

No tengo una conclusión. No porque no piense nada, sino porque concluir rápido es parte del problema. Prefiero dejar esto abierto, incompleto, incómodo.

Mañana habrá otro tema urgente. Pasado mañana, otro. Y así, hasta que el calendario vuelva a cambiar y repitamos el ritual.

Feliz año nuevo.

Felices inicios.

Felices opinólogos.

Suerte con las noticias de este año: ojalá alguna nos importe más que nuestra propia opinión.

Julio Cesar Morales / La sombra del hipopótamo

Publicado por Paradigma

Medio de comunicación dedicado al periodismo literario de largo aliento; nuestras bases son la ética, la veracidad, el respeto a las fuentes y a las audiencias.

Deja un comentario