Groenlandia, el Mercosur y Europa frente a la ofensiva de Trump

La geopolítica contemporánea atraviesa un momento de ruptura sin precedentes. Lo que en 2019 comenzó como un comentario fuera de lugar sobre la compra de Groenlandia, se ha transformado en 2026 en una crisis de seguridad nacional para el continente europeo. Las recientes amenazas del presidente estadounidense Donald Trump sobre la ocupación o anexión forzosa de la isla danesa no solo desafían la soberanía de Dinamarca, sino que han forzado a Europa a activar protocolos de defensa que hasta hace poco parecían impensables.

Ante la retórica de la Casa Blanca, que justifica su interés en los minerales críticos y el control estratégico del Alto Norte para frenar a China y Rusia, los países europeos han dejado de lado las notas diplomáticas para pasar a la acción.

Dinamarca, respaldada por potencias como Francia, Alemania y el Reino Unido, además de su población, que no quiere intervención de EU, ha iniciado un despliegue de tropas simbólico pero contundente en Groenlandia.

Por ejemplo, como propuestas para que la OTAN, o una coalición puramente europea si la Alianza se fractura, establezca una presencia permanente en el Ártico, Francia ha anunciado un incremento presupuestario de 36 mil millones de euros para acelerar su «rearme estratégico», citando explícitamente la necesidad de ser fuertes en un «mundo brutal» donde los aliados tradicionales se comportan como adversarios.

Ante la amenaza de Trump de imponer un arancel del 10% a los países que se opongan a la «compra» de la isla, la Unión Europea ya diseña herramientas de represalia comercial que marcan un divorcio económico con Washington.

El verdadero peligro de esta rivalidad transatlántica no reside solo en el comercio, sino en el frente oriental. La obsesión de Trump por Groenlandia y su desdén por el derecho internacional están enviando un mensaje de desunión que el Kremlin está capitalizando.

La debilidad de la OTAN, erosionada por las amenazas internas de su principal garante, es oxígeno puro para Vladímir Putin. Mientras Europa y Estados Unidos se enfrentan por la soberanía danesa, la capacidad de respuesta conjunta ante la guerra en Ucrania se diluye. Una OTAN dividida no puede sostener una estrategia de disuasión eficaz; por el contrario, fomenta la idea de que la seguridad europea es un bien negociable, permitiendo a Rusia consolidar sus posiciones ante un Occidente que se devora a sí mismo.

En medio de este caos, Europa ha jugado una carta de supervivencia: la firma definitiva del acuerdo con el Mercosur el pasado 17 de enero. Tras 26 años de negociaciones, éste no es solo un movimiento comercial, sino también una declaración de autonomía ante EU, que tras la Segunda Guerra Mundial había marcado la guía económica de Europa.

Este acuerdo reacomoda las piezas del tablero: Europa mira hacia el Sur para encontrar los aliados que el Norte le niega. Es un paso decisivo hacia la autonomía estratégica, demostrando que Bruselas puede y debe forjar un orden internacional basado en reglas, lejos de la diplomacia de «mafia» que algunos diplomáticos atribuyen a la actual administración estadounidense.

Europa se encuentra en una encrucijada histórica. No puede seguir siendo el «arrendatario» de una seguridad que hoy se utiliza como moneda de cambio para anexiones territoriales. Groenlandia no está en venta, y la integridad de la Unión Europea tampoco.

Es el momento de que el Viejo Continente le ponga un alto definitivo a las pretensiones de Donald Trump. La fortaleza de Europa hoy no reside en esperar la benevolencia de Washington, sino en estrechar lazos con regiones como el Mercosur y en asumir que su defensa debe ser, por primera vez en ocho décadas, verdaderamente europea.

Textos y Contextos / Miguel Alejandro Rivera

Publicado por Paradigma

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