Lo privado ya no es un lugar

No suelo usar este espacio para hablar de política o del gobierno, al menos no de forma directa. Pero esta semana, después de varios videos, publicaciones y conversaciones, algo empezó a incomodarme más de lo habitual.

No fue una noticia en particular.

Fue la suma.

Como cuando el ruido no viene de un golpe, sino de un zumbido constante que ya no se puede apagar.

La insistencia del gobierno en concentrar información personal.

El CURP con datos biométricos.

El registro de celulares.

Ahora, la credencial universal de salud.

Más allá de estar a favor o en contra, la pregunta que se me quedó rondando fue otra, más básica y más difícil de responder:

¿de qué creemos que nos estamos cuidando?

Ayer por la tarde hablaba de esto con Diego. Se rió.

—¿Te preocupa lo que hagan con tu información? —me dijo—. ¿Y todo lo que compartes en redes? ¿Cada lugar donde estás, lo que comes, lo que te gusta y lo que no? ¿Todo lo que aceptas cuando das “aceptar” a las cookies sin leer? ¿Las suscripciones? ¿Los pagos con tarjeta?

Tenía razón.

Y al mismo tiempo, no.

Porque cuando uno mira con atención, descubre que casi todos tenemos una idea distinta —y fallida— de dónde está el peligro. Como si cada quien se cubriera una parte del cuerpo distinta, creyendo que eso basta.

Está el desconfiado analógico.

No prende la ubicación, no usa banca digital, no sube fotos. Dice que el celular es una trampa. Pero sale todos los días a la misma hora, va al mismo lugar, se sienta en la misma mesa, repite la misma rutina. Se cuida del aparato, pero no del patrón. Camina sin dejar huellas digitales, pero deja un rastro perfecto en el tiempo.

Está el crítico digital.

Desconfía del gobierno, habla de control y vigilancia. Comparte notas alarmantes, hilos indignados. Y al mismo tiempo publica desde el restaurante, etiqueta el lugar, sube la foto del plato, hace check-in y avisa cuándo regresa a casa. Desconfía del poder, pero lo alimenta con entusiasmo. Señala la jaula mientras ajusta los barrotes.

Estamos también los precavidos nerviosos.

Los que cerramos dos veces la puerta.

Los que cambiamos de banqueta porque sentimos que alguien nos observa.

Los que revisamos si el coche quedó bien cerrado.

No compartimos tanto, pero tampoco estamos tranquilos. Vivimos en alerta, como si el peligro tuviera forma humana pero nunca rostro.

Y están los exhibidos voluntarios.

Los que documentan todo. No por vanidad, sino porque ya no conciben la experiencia sin registro. Si no se sube, parece que no pasó. La vida como archivo preventivo, como prueba de existencia.

Todos creemos cuidarnos de algo distinto.

Y casi ninguno está mirando el mismo problema.

No es que nos vigilen.

Es que ya no sabemos cómo pasar inadvertidos.

Pensando en eso recordé cuántas personas he logrado reconstruir solo buscando con cuidado en redes sociales. Fotografías viejas, comentarios aparentemente inocentes, horarios repetidos, lugares frecuentes, amistades constantes.

Y entonces caí en la cuenta.

No hacía falta hackear nada.

Todo estaba ahí. Visible. Persistente.

Como migajas que nadie se molestó en ocultar.

Fue en ese momento que la inquietud cambió de forma, y entendí algo que me incomodó más que cualquier base de datos gubernamental:

lo privado ya no es un lugar.

Es una neblina.

Una neblina espesa, donde creemos ver siluetas conocidas, pero nunca el contorno completo. Donde lo que entregamos parece poco, pero lo que se reúne es inmenso. Una frontera borrosa entre lo que creemos que compartimos y lo que en realidad se deduce. Entre lo íntimo y lo procesado, lo humano y lo estadístico.

Vivimos en un mundo que insiste en vernos todo el tiempo.

No solo observarnos, sino medirnos, predecirnos, ordenarnos.

Creímos que lo privado era un derecho,

y resultó ser apenas una distracción.

Pero incluso en la neblina, hay matices.

Porque no es lo mismo entregar datos a una empresa —con contratos opacos pero revocables— que a un Estado del que no puedes “darte de baja”. Un hackeo a una red social se resuelve cambiando contraseñas. Un hackeo a una base de datos biométricos es para siempre. No puedes cambiar tus huellas. No puedes cambiar tu rostro. El cuerpo se vuelve contraseña definitiva.

Tampoco se trata solo de que nos vean.

Se trata de que esos datos sirvan para predecir, influir, dirigir. Para saber qué compramos, qué tememos, por quién votamos, cuándo somos más vulnerables. La neblina no solo es observada: es un campo de prueba, un laboratorio silencioso donde nadie firmó consentimiento.

Y cuando esto se vuelve masivo, deja de ser un problema individual. La privacidad no protege solo a “los que no tienen nada que ocultar”. Protege a periodistas, a activistas, a minorías, a cualquiera que necesite disentir sin quedar marcado. Una sociedad que sabe que está siendo observada empieza a callarse antes de hablar. Aprende a respirar bajito.

Claro que alguien dirá que todo esto puede usarse para bien.

Mejores servicios de salud.

Menos crimen.

Ciudades más eficientes.

La pregunta incómoda es otra:

¿aceptaríamos ser completamente vigilados si, a cambio, todo funcionara perfecto?

¿Dónde trazaríamos la línea?

¿Y quién la traza, cuando ya no vemos con claridad el suelo que pisamos?

Además, no entregamos datos solo por comodidad. Lo hacemos por fatiga. Rechazar cookies toma diez clics. Pagar en efectivo es cada vez más complicado. Vivir desconectado ya no es una opción romántica: es una desventaja social, laboral, económica. No siempre elegimos exponernos. Muchas veces simplemente nos rendimos, como quien deja de pelear contra la niebla.

Por eso la pregunta inicial quizá estaba mal formulada.

No es quién nos vigila.

No es cuántos datos tienen.

Es que seguimos hablando de control como si todavía existiera un “adentro” y un “afuera”.

Como si aún hubiera una puerta que cerrar dos veces.

Cuando en realidad,

lo privado ya no es un lugar.

Es una neblina.

Julio César Morales / La sombra del hipopótamo

Publicado por Paradigma

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