Por Pepetela / Traducción : Máximo Cortés Coria
Los pequeños Jacalupis, al entrar a la escuela, ya tenían las cualidades y el comportamiento jacalúpico. Eran mucho más grandes que los compañeros y fue necesario hacer pupitres más largos y resistentes. No aprendían casi nada: pasaban todo el tiempo jacareando con las bocas abiertas, para la mala suerte de la Lupi Profesora, que les quería enseñar a leer. Y, cuando eran interrogados, daban pellizcos a los pequeños Lupis para que les soplaran las respuestas.
—Si no me dices, te veo a la salida… ¡jac-jac-jac! —amenazaban constantemente.
En el recreo de la escuela había siempre ajustes de cuentas, con los pequeños Jacalupis queriendo golpear a los otros. Solo que no lo conseguían, pues los otros Lupis eran más vivos y rápidos y escapaban siempre, lupilando de gozo.
Los Jacalupis eran prácticamente incapaces de obtener comida para sí mismos. Primero, los padres eran quienes tenían que subir a los árboles y escoger frutas para ellos. Más tarde, cuando los Jacalupis crecieron en tamaño y en número, fue justo que todos los Lupis recolectaran las frutas y les dejasen una parte para ellos. Pero los Jacalupis, con el tiempo, se hacían cada vez más agresivos y exigentes. Bastaba que un plátano estuviera machucado para rechazarlo. Y amenazaban a sus propios padres Lupis.
—No respetan realmente a nadie —decía la Lupi Profesora, muy triste.
La Lupi Profesora, que estaba casada con el Lupi Curandero, tenía dos hijos Cambutas y un Jacalupi. Sufría mucho porque el grandote no se llevaba con los otros dos y las riñas eran frecuentes en una casa que antes era tranquila. Ni el marido, el Lupi Curandero, que era experto en eso de las hierbas para tratar las enfermedades, podía resolver los problemas familiares.
La montaña dejó de ser el reino de la armonía del tiempo en que solo había dos atributos Lupis. Pero no exageremos: tampoco se puede decir que fuese una sociedad llena de problemas. En el fondo, los Jacalupis solo amenazaban e insultaban. Los otros lupilaban y pasaba que se aburrían. Los Jacalupis dormían al sol y, como tenían memoria de caimán, cuando despertaban ya habían olvidado los conflictos y tenían un hambre tremenda. La comida era abundante y por eso los problemas no se agravaban.
Sin embargo, la situación preocupaba a los Lupis, que se reunían con los sabios al final de la tarde para discutir aquel caso extraño. El Lupi Sabio, el más inteligente y veterano de los Cambutas, no sabía qué hacer. Todos ponían sus ojos en él, a la espera de una respuesta, pero él solo se rascaba la cabeza, avergonzado de su ignorancia. Y estudiaba, estudiaba, encerrándose en su laboratorio con sus ayudantes.
Cuando los primeros Jacalupis llegaron a la edad de poder casarse, aumentaron los problemas. Ninguno de los otros quería un matrimonio con un Jacalupi, fuese macho o hembra.
—¿Para qué? —protestaba una Cambuta—. ¿Para ser explotada por aquel Jacabruto? ¡Y pasar todo el día escuchando sus exigencias de comida, comida… mejor muerta!
Los Jacalupis acabaron por casarse solo entre ellos, lo que resultaba complicado, pues eran pocos y no había una igualdad entre los sexos. Los que no conseguían pareja se volvían todavía más exigentes y revoltosos. Pero solo amenazaban, amenazaban. Y acosaban sexualmente a los de los otros atributos, sin éxito, como ya vimos. No obstante, estos tenían que mantener una cierta vigilancia, pues podría repetirse el intento de violación que el Lupi Distraído sufrió de una Jacalupi, un día que miraba una mariposa.
Cosa distinta de los otros atributos pasaba también con los matrimonios Jacalupis: solo tenían hijos Jacalupis. Y era raro. Como los padres eran incapaces de conseguir comida para sí mismos, no lo harían para los hijos. Los Lupis tenían, pues, esa responsabilidad. Felizmente, los Jacalupis eran pocos y no se reproducían mucho, si no…
—¿Ya vieron lo que sería de nuestra sociedad? —decía el Lupi Pensador a los amigos—. Seríamos esclavos de ellos, teniendo que hacer todo el trabajo que no pueden.
—Y ni se interesan por la poesía, lupi-lupi-lupi —se quejó dulcemente el Lupi Poeta—. El otro día, cuando presenté mi nuevo recital, quedé ronco de tanto gritar. Tenía que berrear para callar los jac-jac-jac de ellos, todos dormidos en la Colina de la Poesía. Propongo… o mejor dicho, prohibamos a los Jacalupis ir a la Colina de la Poesía.
—No se puede prohibir nada —dijo el Lupi Pensador—. Ellos van si quieren. Disfrutan mucho más del sol que nosotros, y en la Colina es donde más hay sol, porque no hay árboles. No se los debemos impedir.
—El Lupi Pensador tiene razón —dijo el Lupi Sabio—. Ellos tienen los mismos derechos que nosotros. Y hay una cuestión práctica: si los impidiésemos, ellos harían lo mismo. No tenemos medios para hacer cumplir una prohibición de esas.
—Es verdad —concordó el Lupi Comerciante, que era un Lupón, diferente de los que habían hablado antes, que eran todos Cambutas.
—Lo que se debe hacer es curarlos —dijo el Lupi Curandero—. Debe ser una extraña enfermedad que los ataca antes de nacer, tal vez desde el vientre de la madre. Si el Lupi Sabio ayuda, podemos descubrir una cura para la enfermedad.
—Podemos intentar —mencionó el Lupi Sabio—. Pero no creo que sea una enfermedad. Me parece una transformación natural, una mutación. Hasta puede que la aparición de los Lupones haya sido el primer paso para esta mutación.
—Oye, no acepto eso —gritó el Lupi Contador, un Lupón y el mejor de los Lupis que sabían contar de cabeza—. ¿Quiere decir que son nuestros descendientes?
—Lupi-lupi-lupi… —tartamudeó el Lupi Sabio—. Todos los Lupis son descendientes de Lupis y se acabó esta historia. Pero tampoco sabemos explicar la transformación que los diferencia a ustedes, los Lupones, de nosotros, los Cambutas. Puede ser esa mutación continua lo que llevó al aparecimiento de los Jacalupis. Pero nadie tiene la culpa de nada, es un problema de todos.
—¿Sin solución? —preguntó la Lupi Profesora.
—Vamos a encontrar una solución —dijo el Lupi Sabio.
Y estaban todos los Lupis ansiosos, viendo al Lupi Sabio y sus ayudantes trabajando con el Lupi Curandero y sus asistentes. Y los años pasaban y no se encontraba un remedio para el problema, ni siquiera una explicación. Pero, a pesar de todo, la vida continuaba alegre y animada en la montaña. Y siempre que se podía se organizaba una fiesta que duraba toda la noche de Luna llena. Cantaban y bailaban, el Lupi Poeta hacía un recital y toda la noche lupilaban. Los Jacalupis iban a la fiesta para comer y después se quedaban jacareando, mientras los otros se divertían.
