
NOTA ACLARATORIA
Allá por septiembre de 2025, el escritor holguinero Jorge Luis Betancourt escribió sobre un proyecto de libro que hoy, por diversas razones, se transformó en este Balcón a la vista de todos. No lo hago público porque constituye un elogio que recibí y que obviamente agradezco, sino para que sirva como la brújula con la que navegará este espacio.
Todo lo que él escribió sobre la concesión, la mentira pulida, el miedo al rechazo y a los censores, se ha puesto de manifiesto en los meses siguientes. Ha demostrado que tenía razón en esos y otros aspectos.
Por mi parte, me declaro culpable: confieso que seguiré rompiendo deliberadamente con los convencionalismos, mostrando irreverencia al canon, escribiendo como me da la gana, sin ceder un milímetro y sin permitirle a nadie que domestique mi voz, sea quien sea.
Me gustaría dejar claro que no soy aprendiz de ningún escritor vivo, aunque reconozco que en alguna medida influyeron algunos, pero el verdadero influjo llegó gracias a la lectura de escritores que considero mis padres literarios, mis verdaderos maestros y, como consecuencia, a ellos me debo. Yo sé muy bien que no soy un maestro, pero sí tengo una voz reconocible y un estilo muy propio. De eso cualquiera puede darse cuenta.
El texto que hoy pongo a disposición del público lector, lo deposito con la esperanza de que sirva como presentación de mi trabajo literario y también como núcleo fundacional de este modesto espacio virtual.
Así que, como bien definió Betancourt, yo lo suscribo: «Se escribe para molestar».
A quien no le guste mi poética o entienda que es un producto defectuoso o dañado, le pido que, sencillamente, no se detenga a leer y a echar por el caño su preciado tiempo.
Maikel Sofiel Ramírez Cruz
(Sangrado sobre la literatura de Maikel Sofiel Ramírez Cruz)
La hipocresía imperdonable para cualquier creador es la concesión: el quedar bien con el otro que cree tener la verdad absoluta, o con los moralistas y los mojigatos atorados en su mundo ficticio de dogmas y caretas. Esos que imponen sus discursos desde un egocentrismo pacato y vacío. Maikel Sofiel no usa rostros impostados, ni líricas románticas cuando dice o grita al desnudo lo que cree. Logra, tras cada exorcismo con la palabra, ser muy él, con su lanza afilada sobre la herida, abierta ya en el costillar del lector que se atreve a irrumpir el goce de la lectura convertida en acto vil de la vida misma, como materia y sustento de una verdad innegable.
Tragar en seco es como obviar la llama donde arde el hombre en su hueco de mierda silente —porque muchas veces teme—, se reprime para ganar aplausos y diplomas de condescendencia. Renuncia al génesis creativo por ser aceptado en pequeños círculos gubernamentales de «eruditos» en cargos provinciales, sin conocimiento estructural respecto a la selva exterior, que, más allá de la alambrada, existe con hechos imposibles de ignorar, sería una culpa imperdonable.
He leído muchos legajos escriturales de este autor desdichadamente sembrado en apartado rincón de provincia, donde a veces pareciera que las formas y los contenidos literarios no hubiesen evolucionando con el tiempo. Uno lee a varios autores y es como si leyera a uno solo. Es ese más de lo mismo repetido, cuidando no ofender ni con la palabra «seno», «ano», «pene», cosa que desagrada y suena tan falso como la transparencia de las aguas lodosas que inundan cualquier bache de esta isla. En Maikel Sofiel nada tiene límites a la hora de sincerarse y decir como son los gemidos y las eyaculadas sangrientas de su corrosivo (para bien) estilo literario.
El escritor que respete su oficio, ante todo debe ser sincero consigo mismo. Si se autocensura, es mejor se vaya a freír buñuelos, o a mirar el apagón de sus propios límites.
Ser escritor es afilar la punta de lanza y penetrar fuerte lo más sensible del lector. No edulcorar palabras pensando en moralinas extras.
Cuanto más realista se es, más se anima al que lee a seguir metido en los meollos profundos, cuando el escritor lo empuja, embestida tras embestida, con crueldad inusitada de imágenes viscerales. Siempre hay alguno que huye cual garza asustada con la caída de una hojita mierdera, en medio de un silencio pendejo; cuando la verdad más simple es sonar original y no centrado por modas o leyes que a fin de cuentas están hechas por microbios cuyas obras mueren empolvadas en anaqueles con tufo a viejo.
Sin pecar de absoluto, puedo asegurar que estamos ante un escritor fundido en el bronce de una obra irreverente, pero sobre todo innegable. Quien dude, sólo el tiempo dirá si estuve equivocado. Aquí les dejo este libro a los jueces con sus túnicas de envidia, seguros de generar obstáculos. De ellos no se dice ni se dirá nada mientras el siglo avanza y la herida sangra para bien de todos los adoradores de la buena literatura… (Se escribe para molestar)
Jorge Luis Betancourt
La Habana, septiembre de 2025
