Prohibido salir: por las que no pudieron marchar

Group of protesters holding green scarves and signs with messages like women's rights, climate justice, and stand together

Por Brandon Yair Guadarrama Aguilar

Tenía miedo. Empujó a aquel tipo y atravesó la avenida con un único temor, un temor más grande al de un atropellamiento: había sufrido acoso. No es la primera vez que Citlalic siente este miedo.

Citlalic es una joven de 18 años. Cursa actualmente una licenciatura en pedagogía en modalidad sabatina. De lunes a jueves, alrededor de las 4 pm sale de su casa, camina unas cuadras, cruza un camellón y llega a sus clases de uñas, un taller impartido por una señora de unos 40 años. Tras 3 o incluso 4 horas termina la sesión y debe volver a su casa, pero la cálida tarde con la que Citlalic salió de casa y llegó a su destino ha desaparecido y en su lugar un frío constante, llevado por ligeras ráfagas de viento, es quien la acompañará a su casa.

Normalmente no es un problema, pero se está haciendo una obra a mitad de la avenida, impidiendo el flujo correcto del tráfico y, por ende, todos los automovilistas, motociclistas, ciclistas y demás vehículos con ruedas compiten por el paso.

Citlalic tendrá que esperar un poco a que algún conductor ceda el paso, porque sí, el conductor tiene el poder. La situación cambia con dos vistazos: uno hacia el lado izquierdo, que es de donde viene el flujo vehicular, y otro hacia el lado derecho, donde se encuentra un grupo de jóvenes de no más de 20 años platicando entre ellos con lo que se describe como “un tono chaca”, según Citlalic.

Los jóvenes “chaca” se percatan de la joven solitaria en medio de la oscuridad, pero sin estar sola. En ese lugar hay cerca una barbería, una purificadora, una base de taxis y transeúntes que también esperan luz verde para avanzar hacia el otro lado del camellón. Un joven aborda a Citlalic:

—¿Qué onda, güera?, ¿vienes sola?

La joven se mostró incómoda.

—Ya vienen por mí, gracias —respondió con un tono irritado.

Por parte del joven solo siguieron preguntas como: ¿cómo te llamas? y ¿dónde vives? O incluso: “es que me gustaste, vente pa’ acá, andamos a gusto”, justo al tiempo en el que la tomó de su hombro e intentó dirigirla hacia donde estaban sus demás amigos. Citlalic sintió tensión y el golpe del frío aire en su piel.

La niñez de Citlalic no fue muy dulce. Desde que tiene memoria su padre trabaja como trailero en una empresa popular de mensajería y, cuando ella era muy chica, su madre trabajaba como enfermera en algún hospital de Ticomán. Citlalic y su hermano, un año mayor, vivieron varios años encerrados en casa en Cuautepec —una colonia que es pura subida y bajada— y ahí, en alguno de los más empinados cerros, está la casa de Manuel, el abuelo de Citlalic, quien vive en la planta baja junto a su esposa, Ángela. El primer piso es donde vive Citlalic y en el segundo piso vive su tía.

La rutina en la vida de la niña era levantarse casi a las 6 am, ir al colegio y regresar a casa cerca de las 2 pm, donde no sería hasta las 8 o 9 pm cuando su madre llegaría a casa. Cada que tocan la puerta los niños se alegran, pero cuando la abren y no es su madre sienten miedo, pues dentro de un rato serán regañados por romper las reglas: abrir la puerta.

Su madre, Alejandra, prepara comida para sus hijos y la deja en el refrigerador una noche antes, siempre, y llena la casa de letreros con mensajes acerca de qué se puede y qué no se puede hacer. Tienen prohibido bajar con la abuela y subir con la tía, prohibido abrir la puerta; si se aburren deben poner una película.

El abuelo de Citlalic es machista, chapado a la antigua. Crió a Juan, padre de Citlalic, con mano dura y castigos severos. Golpeó a su esposa en repetidas ocasiones y fue alcohólico durante su adultez. El padre de Citlalic es machista, inculcado con la idea de que la mujer debe cocinar y el hombre trabajar, porque es el rol que se debe cumplir respectivamente.

La madre de Citlalic es menos conservadora, pero de igual manera es machista. Dice que si las mujeres no quieren que las volteen a ver es necesario que dejen de utilizar prendas “exhibicionistas”. Según Alejandra, si se pusieran algo más tapado no habría problema.

Guiados por este pensamiento, Juan y Alejandra trataron a su hija durante su niñez y adolescencia como se debe criar a una mujer: aprendiendo a cocinar, encargándole tareas del hogar, comprándole vestidos y tonos de color pastel, libros de princesas y todo muy “femenino”.

No fue hasta que Citlalic creció que se cuestionó por qué su hermano no hacía “cosas de niña” y por qué ella no podía hacer “cosas de niño”. Llegada su adolescencia, Citlalic quiso salir más de casa, principalmente con amistades, pero sus padres se negaron alegando peligro, sobre todo. La joven comprendió desde niña que salir estaba prohibido.

Citlalic ya hace 10 años vive en Ecatepec de Morelos. Ha tenido diversos encuentros relacionados con el acoso, pero en un principio ella solo le llamaba “molestar”, “chingar”, como aquella vez donde caminando por el tianguis un tipo quiso robarle un beso y, al no lograrlo gracias al forcejeo, huyó mientras exclamó: “tas bien buena, no me voy a rendir, mamá”.

O múltiples ocasiones en las que ha sido objeto de “piropos”, no solo de personas de su misma edad, sino de adultos mayores y mujeres. Otra tía de Citlalic, por parte de su madre, dice:

—Pero eso es normal, cuando una está buena va a recibir cumplidos, corazón. Yo a tu edad tenía cada hombre que se me colgaba del pescuezo para que le hiciera tantito caso y tú que ni los pelas, quién como tú.

En una ocasión, Citlalic tuvo que aguantar las muecas de un hombre en el transporte público. El sujeto se relamía los labios y el bigote de lado a lado, causando incomodidad a más de un pasajero. Pasajeros que ni siquiera se atrevieron a intervenir.

—¿Esto se supera, se olvida, se deja atrás, se perdona?

—¿Cómo se me va a olvidar algo así? Si se olvidaran ese tipo de cosas no existirían movimientos y menos se procedería legalmente —dijo Citlalic—. No puedo perdonar a una persona, un ser que se quiere pasar de lanza con las morras. No entiendo la necesidad.

Citlalic ha visto desde niña las noticias y estas presentan la marcha del 8 de marzo como una invitación a la vandalización, a la anarquía, el robo, la exhibición, el hostigamiento y el odio hacia el hombre; así lo muestran en casi todos los medios visuales.

La joven ha hablado con sus padres y quiere experimentar la marcha por primera vez y por sí sola, porque se unirá a un colectivo en el que se encuentra una amiga de la universidad. Por tres semanas las respuestas negativas han sido las únicas obtenidas y, un día antes, le dieron el sí.

Esa misma noche Citlalic pegó un brinco y le agradeció a sus padres por el permiso. Justo cuando se retiraba de la sala, su padre dijo:

—Vas bajo tu propio riesgo.

¿No vamos todos bajo nuestro propio riesgo a todos lados? A la tienda, la verdulería, por un pulque, hacia el colegio, por pan e incluso fuera de nuestras casas. Citlalic decidió pasar por alto el comentario de su padre. Al día siguiente debía verse con su amiga y el colectivo en una glorieta cercana al Caballito.

Citlalic se levantó motivada. Era el día de la marcha y por fin podría experimentar lo que es estar rodeada de más mujeres parecidas a ella, con experiencias similares, personas con las cuales conectar, no porque sea algo de qué hablar, sino porque debería existir empatía real, genuina.

A las 8 am Citlalic ya estaba levantada y vestida desde temprano, pero su madre señaló que aún tenía quehaceres pendientes. Citlalic lavó trastes, trapeó, limpió la sala y ayudó con la comida de ese día.

En punto de las 11 la joven prendió la televisión y prestó atención a las noticias sobre la marcha. Lo que encontró la desanimó: en el noticiero se dijo que la marcha era una fachada, que eran personas compradas y sin buenas intenciones, agitadoras, sin causa clara. Citlalic tenía romantizada la marcha y con la mínima chispa de duda, duda que llevaba arrastrando desde hace unos años, y dudas inculcadas por sus padres, se agobió al no entender bien el sentido de la marcha.

—Ya ves, te dije que puro desmadre van a hacer esas viejas, mejor quédate. Imagínate que te me desapareces por ahí —dijo Alejandra ante la mirada dudosa de Citlalic.

—No ma, yo voy tranqui, o sea, sí hay bloques que son agresivos, pero yo voy en buen plan —dijo la joven.

—Uno nunca sabe con qué tipo de personas se va a topar, hija —respondió Ale.

Siguió una plática, casi discusión, sobre no ir a la marcha. El padre de Citlalic bajó las escaleras y dijo:

—Tienes un buen de ropa sucia, ya te sabes las reglas.

Citlalic entró en cólera, se puso colorada y estalló:

—Solo me faltó una cosa, una sola. Tu hijo luego sale todo el día y regresa bien noche y ni ha hecho su cuarto.

Juan respondió:

—Pero él ya sabe andar en la calle y acaba su quehacer rápido, además corre menos peligro por ser hombre.

Después de una intensa conversación con gritos y ejemplos de distintos temas, Juan decretó que ya no saldría a la marcha. Citlalic calló y miró hacia la puerta, agachó la cabeza y subió tras su padre las escaleras hasta su cuarto. Tomó el bote de ropa sucia, que estaba apenas a la mitad, y bajó de vuelta las escaleras hasta la azotea, donde comenzó a lavar ropa.

Se quitó su pañuelo verde y lo dobló delicadamente para, en un arranque, hacerlo bola con las manos, jalonearlo y mordisquearlo. Se quedó en la azotea unas horas hasta que se tragó su coraje. Después bajó y en la televisión estaba un noticiero.

—Mira, ¿a eso querías ir? Nomás a hacer desmadre por allá. Aparte de que están re feas, pintan bien culero y rallan monumentos y estatuas. ¿Ellos qué les hicieron? Estás mejor aquí en tu casa, mija.

Todo eso mientras Alejandra cocinaba y la abuela bordaba una servilleta de flores rosas.

Citlalic no respondió y fue a la cocina a ayudar a su madre para terminar el almuerzo.

Publicado por Paradigma

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