Lo que la vida nos arranca

Cuando estaba en la secundaria, murió mi abuelo. No recuerdo cuánto lloré en el funeral. Pero lo hice muchas veces después, cuando me sentaba frente a su casa y veía el terreno baldío donde solíamos jugar. Cada una o dos semanas, él me regalaba un dinosaurio. No sé cuántos llegué a tener. Decenas, quizás. AlgunosSigue leyendo «Lo que la vida nos arranca»